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Falta alimentos originó epidemias diezmaron población en s. XVIII

Publicada en MeliYa el 17 de octubre de 2002

EFE

Melilla, 17 oct (EFE).- La falta de alimentos y el consumo de éstos en mal estado fueron el origen de las enfermedades que diezmaron la población de Melilla en los siglos XVIII y XIX, cuando estaba compuesta por militares y artesanos, además de los confinados y desterrados enviados desde la península.

Así lo afirmó hoy a Efe la historiadora melillense Isabel Migallón, autora de un estudio sobre la economía y sociedad en la Melilla de los siglos XVIII y XIX a través de los protocolos notariales del Archivo Histórico de la ciudad, que hoy se hará público.

Fueron los momentos "más duros" vividos por la población melillense, de la que Migallón dijo que "entonces estaba asediada continuamente por mar y tierra, mientras que ahora lo está políticamente".

El suministro alimenticio dependía casi exclusivamente de la península debido al nulo desarrollo de la agricultura entre los muros de la Ciudadela -levantada a partir del siglo XV, tras la incorporación de Melilla a la Corona de Castilla en 1497-, pero muchos de los cargamentos eran interceptados por los piratas berberiscos, por lo que no llegaban a la población.

A ello se añade la dificultad que entrañaba abastecerse "en el campo enemigo", habitado por bereberes, por lo que aquellos melillenses no sólo pasaron hambre, sino que en innumerables ocasiones se vieron obligados a comer alimentos en mal estado, lo que era causa de muchas muertes.

Así se constata en los archivos del Hospital del Rey, repleto de enfermos de "calenturas" que morían sin remedio, por lo que en algunas ocasiones la población se sublevó y se negó a comer partidas de alimentos que, según informes periciales, "no eran aptos ni para las personas más hambrientas", explicó Migallón.

Tocino y carnes en salazón, legumbres y cereales eran entonces la base de una dieta "escasa" que además debía protegerse en almacenes "a prueba de bombas", como el de las Peñuelas, actualmente en proceso de rehabilitación, para evitar que se perdieran en los ataques berberiscos.

Sus casas eran también muy austeras, con mobiliario muy básico, se adornaban con cuadros religiosos y en sus estanterías los libros más frecuentes eran los de vidas de santos y asuntos militares.

La inmensa mayoría de esa población era cristiana y "lo llevaba a gala, lo recalcaba en los testamentos, se presumía de limpieza de sangre y de ser hijo de castellanos viejos, y se dejaban instrucciones precisas para los entierros en función de la cofradía a la que se perteneciese", comentó la historiadora.

La situación sólo mejoró cuando a comienzos del siglo XX el censo aumentó con la incorporación de los militares que participaron en las campañas de Africa, con la población ya expandida fuera de las murallas de la Ciudadela y un sistema de abastecimiento alimenticio más independiente de la península.