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El templo hindú de Melilla se convierte en el refugio para los inmigrantes de la India llegados hace unos días

Allí pueden rezar, ver películas y degustar comidas vegetarianas

Publicada en MeliYa el 24 de julio de 2003

EFE

Los alrededor de 60 inmigrantes irregulares de la India que están en Melilla tienen en el templo hindú y en su comunidad un refugio y una ayuda que les hace extrañar menos su tierra, ya que además de rezar, acuden a ver películas indias y a degustar comidas vegetarianas por cuestiones religiosas.

Son punjabis, una casta que no consume carne ni pescado, por lo que el único sitio donde pueden cumplir con los preceptos religiosos alimentarios es en el templo hindú, donde las mujeres de la comunidad les llevan platos como la patata wada (masa de patata y cebolla con especias), el arroz biryani (con verduras), el chutney (salsa picante) o la raita (yogur con cebolla), según informó a Efe el presidente de la comunidad hindú de Melilla, Pishu Bhagwandas,.

Dado que el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla tiene cubiertas sus 480 plazas desde hace meses, los punjabis, que llegaron a Melilla hace unas cuatro semanas, viven en las chabolas levantadas a su alrededor, donde no disponen ni de comida ni de servicios higiénicos.

Aunque la cercana mezquita del cementerio musulmán ofrece una comida diaria a todos los inmigrantes que quieran acudir, ésta se basa en la gastronomía bereber, en la que abunda la carne, lo que contraviene la tradición de estos hindúes.

En el templo de la comunidad hindú, con una patata wada en la mano y los ojos pendientes de una película india en la que abunda la música, estos inmigrantes olvidan por un momento la penuria que han dejado atrás, el sufrimiento del largo camino hasta llegar a Melilla y que ahora deben encontrar un trabajo para reembolsar a las mafias de la inmigración préstamos de unos 10.000 dólares (8.482 euros) con un interés del 30 y el 40 por ciento.

El presidente de la comunidad hindú de Melilla ha explicado a Efe que "si los repatrían, todas sus familias deberán trabajar prácticamente toda la vida para las mafias".

Uno de estos inmigrantes, Gurdeep Singh, de 19 años, asiente y comenta que huyeron de su país en varios grupos en una ruta de año y medio que les llevó a Turquía, Bombay, Marruecos y Melilla, donde "no podíamos imaginar que íbamos a vivir en chabolas, porque nos dijeron que nada más llegar tendríamos un trabajo y que Europa estaba muy bien".

Esas chabolas, un "foco de infecciones" por la falta de agua, higiene y acumulación de insectos, reúnen unas condiciones que los punjabis, pese a su pobreza, "no habíamos visto en la vida, porque estamos rodeados de cucarachas y hasta hemos visto serpientes".

Además, allí tienen problemas de convivencia con los inmigrantes argelinos, que "nos han robado en varias ocasiones" y suelen ser "más violentos" que los pacíficos hindúes.

Por eso en la comunidad y su templo han encontrado "casi una familia y un hogar", personas que hablan su mismo idioma, que se vuelcan en darles todo lo que necesitan que facilitan que "nos olvidemos un poco de nuestros problemas y nos sintamos un poco más como en casa", asegura Singh.

Madhu Manwani y Lachmi Ghanshandas, dos de las mujeres que cocinan para ellos, se sienten conmovidas ante estos jóvenes inmigrantes -ninguno supera los 30 años- y satisfechas de hacer que "se acuerden de su patria cuando están tan lejos de ella".