Opinión
"Florita la trompetera"
Publicada en MeliYa el 3 de enero de 2004
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Francisco de Apellániz, no del portal.
Francisco de Apellániz
"Florita la trompetera"
Relato en clave de humor dedicado a mi colega de foro Gutifarras.
De todos es sabido que hay un periodo en nuestra más tierna niñez conocido científicamente como “fase oral” y que es tan determinante en el desarrollo integral del bebé que sus secuelas pueden hacerse sentir, al pasar la adolescencia y la madurez. Yo, sin ir más lejos, al ser gemelo (que no mellizo), tuve que compartir todo con mi hermano. Compartimos tetas, biberones, chupetes y hasta pañales. Mi madre, aunque pobre, era muy apañada y nos hizo unos pañales dobles que cumplían el doble objetivo de evitar humedades y limitarlas. Me explico: Mi gemelo y yo, éramos tan considerados que procurábamos “no cagarnos el uno en el otro”…por lo que pudiera pasar. Aún así, nuestra fase oral fue tan compartida y nos supo a tan poco, que, con el transcurrir del tiempo, nos amorrábamos hasta a los picaportes de las puertas. Succionábamos todo lo que se pusiera al alcance de nuestros anhelantes labios. Mi madre, mujer de profundas raíces cántabras utilizó siempre la misma expresión para tranquilizar a nuestro padre cuando preguntaba por los gemelos. Siempre decía: “Tranquilo, están mamando a la chona”. Eso quería decir que estábamos en el umbral del sueño, chupando una teta imaginaria y ni que decir tiene, con expresión de mamones. Debo aclarar que la “chona” es el nombre que recibe la gorrina por esos pazos.
Florita, era una de los nuestros. Hija de un Cornetín de Ordenes del Tercio, heredó de su padre la afición por la corneta y aunque era dura de oído, le atraía (como a nosotros) todo lo que sobresalía. Al hacerse mayor, la afición se le agudizó, y le dio por el sexo oral, convirtiéndose en una adicta trompetera (hoy les llaman come-ciruelos). Para más coña, casó con un acaramelado dulzón, que en vez de espermatozoides, fabricaba leche condensada “al baño Maria”. Afortunadamente, para aquel pobre varón, a Flori le detectaron a tiempo una diabetes “Melitus tipo uno”, que le imposibilitó la ingesta de azúcar. Solo le permitían “amorrarse” cuando entraba en hipoglucemia. Esa fue su perdición. Abusaba en exceso de la insulina para provocarse “bajones”y en uno de aquellos, estando en plena faena succionadora, le vino el “impulso”, comiéndose (literalmente) la tranca de Dositeo, su abnegado esposo.
La pobre Flori, termino sus días en la cárcel por antropófaga y como autora de un delito tipificado en el Código Penal, como de “mutilación nabal”, siendo bautizada cariñosamente por las otras reclusas pobladoras del trullo, como “la bocaditos”. ¡¡Que locos tiempos aquellos!!
Francisco de Apellániz