Opinión
Algo más que palabras: Una de comisiones bancarias
Publicada en MeliYa el 13 de enero de 2005
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Víctor Corcoba Herrero., no del portal.
Algo más que palabras: Una de comisiones bancarias
El poder de las entidades crediticias es tan alto que hacen de nosotros, ciudadanos de a pié, muñecos de trapo. Algunas ya estudian el cobro de dividendos por sacar nuestro propio dinero del cajero fuera de su horario comercial. Ya se sabe, tacita a tacita... A mí siempre me ha parecido que las comisiones son un verdadero ladronicio, aparte de una injusticia mayúscula, puesto que paga más el que menos tiene en su haber. Son los amos de nuestros bolsillos. A tenor de su camino alcista recaudador, las denuncias de consumidores les importan un rábano. Ya lo advirtió Shakespeare: El dinero vale por veinte oradores. Ciertamente, si el peculio va por delante, todos son caminos abiertos y palmaditas a la espalda de tranquilidad. Pero si uno vive de un sueldo, lo normal es tener que hacer muchos números para que el presupuesto familiar cuadre y las deudas se salden con los nervios aplacados. Contaré, pues, una historia propia que me ha quitado el sueño varias noches.
La cuestión es como sigue: Necesitaba hacer un pago de treinta mil Euros para la entrada y señal de un piso. Al igual que todo hijo de vecino, acudo al banco en el que tengo domiciliada la nómina, cientos de recibos y algunos ahorros, fruto del sacrificio de apretarme el cinturón más de lo debido Con el dinero disponible, en cuenta corriente, pensé en tres alternativas: llevármelo en el bolsillo –un amigo ligado a las fuerzas del orden me advirtió que no lo hiciese por precaución al robo callejero-, hacer una transferencia bancaria a un banco distinto – valía tanto como una mudanza mobiliaria- o llevarlo en un cheque. Opté por esto último, pensando que un papel timbrado no tendría apenas gastos. Pues sí, ciento cincuenta Euros. Ante la sorpresa regresé a la entidad e hice cola nuevamente –casi de una hora- esta vez en atención al cliente. Se pueden suponer el cabreo soportado, ante tan absurda pérdida de tiempo.
Lo más que conseguí, tras el desespero de la espera, fueron unos regalos: bolígrafos y calendarios, una tarjeta comercial de una señorita muy sonriente, que me recordaba la de ZP, y un guiño más de hipocresía que de caridad, acompañado de un cumplido: ya veremos si la próxima vez podemos hacerle una rebaja, hecha la advertencia de que pregunte antes por ella. Por sus hechos anteriores creo que tiene pensado hacerme algún plan de seguros o algo así. ¿A cambio de mejor trato comercial? No sé. Quizás si. ¿Eso no es chantaje? Como puede suponer el lector, acudí a otras entidades en busca de auxilio ante futuros pellizcos. Amén de comprobar lo farragoso que resulta cambiarse de banco, más que de casa, sin los consabidos gastos e imposibilidad de algunos productos de llevármelos, no tengo más remedio que seguir de sufridor. Además, después de la visita a todas las entidades crediticias, tengo mis serias dudas. Pienso que el que no te la da a la entrada, te la da a la salida. Realmente estamos vendidos al poder de la banca. Se ponen las botas a cuenta del mismo de siempre: el currito que acude a trabajar a las ocho de la mañana.
Víctor Corcoba Herrero Escritor