Opinión
ZP o el dilema Estado-Nación
Publicada en MeliYa el 29 de octubre de 2005
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Antonio Gutiérrez Molina, no del portal.
ZP o el dilema Estado-Nación
Debo comenzar diciendo que pocas veces he sentido como ahora la preocupación de los ciudadanos por la puesta en cuestión de una serie de conceptos que son la base de nuestro modelo de convivencia y que han servido para garantizar la etapa más prolongada y fructífera de libertades y progreso de nuestra historia. Pero hoy me centraré brevemente en el debate abierto por el Gobierno en lo referente a la consideración de España como una Nación, porque no se trata de un mero juego de palabras o un problema semántico sino de un debate de gran profundidad que afecta a nuestro modelo de Estado. Sobre todo si tenemos en cuenta que la nación española es el resultado de siglos de convivencia que culminan en la Constitución de 1978, gracias a la generosidad y al consenso de los grupos políticos de la época que supieron cerrar viejas heridas y proponer a los españoles un futuro de convivencia en libertad.
Sin embargo, la obsesión por arrinconar al PP, la indefinición y la poca claridad del Gobierno está provocando consecuencias muy graves. En primer lugar, partidos políticos con tendencias separatistas están aprovechando la coyuntura para realizar propuestas atrevidas e insolidarias como se pueden leer en el Estatuto de Cataluña presentado en el Congreso de los Diputados. Y, en segundo lugar, esta situación creada por el Gobierno, está provocando el nacimiento de un clima de inestabilidad institucional muy negativo para la tranquilidad y el bienestar de los ciudadanos.
Porque, pese a que el señor Zapatero quiere frivolizar y minimizar el sentido de las palabras, el término Nación es un concepto jurídico constitucional que va indisolublemente unido a la soberanía y tiene un significado muy preciso en la Constitución Española que no se puede desvirtuar. La Nación es la titular de la soberanía y del poder constituyente, al igual que la patria común e indivisible de todos los españoles. Y la soberanía, tal y como ha señalado repetidas veces el Tribunal Constitucional, no equivale a autonomía, por lo que las Comunidades Autónomas no son soberanas ni se puede pretender que los Estatutos de Autonomía sean auténticas Constituciones. Por eso, porque la Constitución Española es muy clara al respecto, sólo España puede considerarse una Nación.
Pero esto parece que no lo tiene muy claro el Gobierno de la Nación quien todavía no parece haberse enterado que tiene la obligación de defender y garantizar la unidad, igualdad y solidaridad en el conjunto del territorio español. Pero si algo tenemos ya claro del Sr. Zapatero es que sus principales características desde luego no son la claridad de ideas ni el sentido común para afrontar los problemas que surgen a diario. Por ello, la llegada del PSOE al poder ha supuesto la vuelta a la crisis permanente de la Nación española -de la que parecía que estábamos saliendo-, así como el inicio de un grave proceso de debilitamiento del Estado.
Y es el momento en que socialistas y nacionalistas presentan su Estatuto de Autonomía -que no es sino una verdadera constitución catalana-, con la intención de modificar la Constitución Española sin contar con el conjunto de los españoles. Y todos sabemos que los proyectos de reforma constitucional necesitan los tres quintos del Congreso y del Senado, disolver las Cortes y convocar un referéndum. Por tanto, modificar la Constitución mediante la aprobación de un Estatuto de Autonomía que sólo necesita mayoría absoluta, sería una trampa y un desprecio a los ciudadanos nunca visto en una democracia avanzada.
Por otra parte, este Estatuto no sólo es incompatible con la Constitución sino que además define un modelo de sociedad claramente intervencionista, es profundamente insolidario, rompe la unidad del Poder Judicial y acaba con el principio de que todos los españoles somos iguales ante la Ley. Por eso el Congreso de los Diputados no debería tomarlo en consideración.
Pero ya verán que sí se aprueba y pasa a comisión porque, como muy bien señala una conocida catedrática de Ciencias Políticas, "esta es la manera de gobernar de un Presidente que representa la izquierda menos renovada y más anclada en el franquismo, cuya estrategia de enfrentamiento con el Partido Popular le sirve para pactar con los nacionalismos, en aras de una aparente gobernabilidad estatal o autonómica".
Es decir, demuestra su mal talante haciendo lo contrario de lo que hay que hacer, despreciando al PP en vez de propiciar un acuerdo con él para definir el marco y las líneas básicas del Estado que queremos. Y, por cierto, somos muchos los que entendemos que es la única fórmula para detener este enloquecido mecanismo de desmembramiento del Estado que no presagia nada bueno para el futuro de España. Además, bueno será recordar que desde 1978 los dos principales partidos españoles siempre se han puesto de acuerdo en las distintas reformas estatutarias que se han presentado en el Congreso de los Diputados.
Pero el problema es -como leí hace unos días en un periódico-, que con Zapatero "ha quedado abolido el sentido común".
Antonio Gutiérrez Molina Diputado a Cortes del Partido Popular de Melilla