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Antonio Gutiérrez Molina analiza la "derrota electoral" del PSOE en las elecciones al Parlamento de Cataluña

Se produce "de forma acelerada" tras dos años y medio de mandato socialista

Publicada en MeliYa el 5 de noviembre de 2006

Antonio Gutiérrez Molina/ Diputado a Cortes

Dos cosas llaman la atención de la derrota electoral de Rodríguez Zapatero y su partido en las últimas elecciones catalanas. La primera es que se produzca de forma tan acelerada, apenas dos años y medio después de conquistar el poder.

La segunda es que el deterioro de su imagen y la de su partido se produzca mientras la economía del país sigue creciendo a buen ritmo. Ambas cosas resultan relativamente inéditas en nuestra democracia.

La pérdida de apoyos electorales del Partido Socialista de Cataluña (PSC) y la crisis de popularidad del presidente son sobre todo una crisis de confianza. Rodríguez Zapatero da la impresión a una mayoría de españoles de que ni sabe bien a dónde quiere conducir el país ni tiene la capacidad para conducirlo a sitio alguno.

Es en gran medida un problema personal, que empieza ya a verse reflejado en las urnas y, no me cabe duda, que se verá con más profusión de detalles si cabe, en la noche del próximo 27 de mayo de 2007, cuando los ciudadanos elijan a sus alcaldes y presidentes de comunidades y ciudades autónomas, como es el caso de la nuestra: Melilla.

El segundo problema del Ejecutivo es de discurso. Es cierto que hasta ahora el Gobierno ha logrado vencer en todas las batallas que ha planteado, apoyado en última instancia por sus socios más radicales, pero no es menos cierto que todas las batallas ganadas hasta la fecha han sido batallas equivocadas.

El ejemplo más paradigmático está en esos resultados electorales del pasado miércoles, donde los ciudadanos de Cataluña dieron claramente la espalda al Partido Socialista, castigándolo duramente en las urnas.

El problema de fondo del PSOE es que venció en las elecciones del 14 de marzo sobre una situación de excepcionalidad provocada por los brutales atentados de tres días antes. Mantener ese clima de excepcionalidad le exige prolongar desde el poder un discurso radical de confrontación con los sectores moderados de la sociedad, de revisión de nuestra historia reciente y de ruptura de los consensos básicos construidos desde la transición democrática.

Riesgo El riesgo de no hacerlo es que los tres millones de votos más radicales que le dieron la victoria en las últimas elecciones se sientan desencantados y no vuelvan a apoyarle en las siguientes.

Pero el riesgo de mantener ese discurso es que la inmensa mayoría de ciudadanos de este país, que considera la Constitución como un pacto razonable que ha contribuido decisivamente a restañar nuestras viejas heridas y nos ha proporcionado un cuarto de siglo de libertad y prosperidad, está cada vez más asustada con esa deriva radical del presidente.

El tercer problema es que mientras continuamos enzarzados en debates existenciales sobre lo que es y no es la Nación o sobre el sexo de los cónyuges, la gestión de lo cotidiano es un verdadero desastre. La mayoría de los miembros del Gobierno obtienen dos años y medio después de llegar a su cargo un rotundo suspenso.

La impresión es que este Gobierno no se ocupa de los problemas reales de las personas y que cuando lo hace es mejor que no lo hiciese.

Rodríguez Zapatero va a enfrentarse a un difícil dilema en los próximos meses. Por un lado, el escenario electoral que se dibuja alrededor del Partido Socialista no es ni por asomo el que soñó Zapatero cuando animó a Maragall a convocar elecciones anticipadas en Cataluña o cuando creyó que Montilla era un “mirlo blanco” para ganar esas elecciones.

Por el contrario, la situación política ha colocado al Gobierno en un momento de suma debilidad. En estas condiciones podría convocar elecciones anticipadas, pero éstas podrían ser un suicido para Rodríguez Zapatero, pero esperar por más tiempo podría resultar una hecatombe para el PSOE.