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"El gesto de un buen político", reflexiones de Antonio Gutiérrez sobre el diálogo Ciudad Autónoma- Delegación del Gobierno

"El gesto de la mano tendida (...) honra a quien lo propone"

Publicada en MeliYa el 31 de octubre de 2006

Antonio Gutiérrez Molina/ Diputado a Cortes

A menudo me he preguntado quién salvó más vidas: si el doctor Fleming, genio escocés que a través de la penicilina hizo posible que millones de seres humanos pudieran superar el dolor y la enfermedad, o Kennedy y Kruschev, quienes resolvieron la crisis de los misiles de octubre de 1962 con tan sólo un muerto, el célebre comandante Anderson, como trágico balance, preservando al mundo del holocausto nuclear.

La actividad política, por su propia naturaleza, está sometida al juicio permanente de los ciudadanos. Y ese juicio desemboca, muy a menudo, en veredictos de culpabilidad. Los ciudadanos, particularmente en democracias modernas y avanzadas, como la nuestra, son y saben ser críticos, profundamente críticos, con sus servidores públicos.

Es justo que así sea. A los políticos nos asaltan numerosos riesgos, y la irresponsabilidad y la autocomplacencia son probablemente los más visibles y los más nocivos. Una ciudadanía vigilante es la mejor garantía de que sus responsables públicos serán consecuentes con su responsabilidad, y no se rendirán ante el éxito o la lisonja. Pero es justo también que examinemos la historia.

A comienzos de este siglo XXI se le preguntó a ingleses, galeses y alemanes quién había sido el más grande sus compatriotas. En Inglaterra ganó Winston Churchill, en País de Gales Aneurin Bevan, y en Alemania Konrand Adenauer.

Los tres eran políticos, grandes hombres de Estado, personalidades eminentes. Los tres rindieron grandes servicios a sus conciudadanos. Y los tres, severamente enjuiciados por muchos de sus compatriotas a lo largo de su vida, como debe ser, merecieron finalmente su afecto y su reconocimiento.

La reciente aprobación, por el Congreso de los Diputados, de la Ley de Asistencia a las Personas Dependientes, con el pleno respaldo y acuerdo de las dos primeras fuerzas del país, dos fuerzas que representan a 21 millones de ciudadanos y más de un 81% de los votos emitidos en las pasadas elecciones legislativas, comporta una clara expresión de la capacidad de la acción política para concurrir con eficacia a los problemas e inquietudes de sus ciudadanos, y particularmente de quienes más necesitan del apoyo de los poderes públicos.

Creo significativo, que las grandes fuerzas políticas se pongan de acuerdo cuando los ciudadanos necesitan de la fortaleza democrática que emana siempre de los grandes consensos partidarios.

En El gatopardo, el príncipe de Salina decía que no somos más que "seres humanos en un mundo en transformación". Yo estoy convencido que, entre demócratas, mujeres y hombres de buena voluntad, los motivos para el acuerdo son siempre infinitamente superiores a los motivos para la discrepancia. Y creo que los frutos de la concordia, es decir, de la "conjunción de los corazones", son siempre fecundos para las instituciones, para los ciudadanos, y para el sistema en su conjunto.

Aldo Moro sostenía en uno de sus primeros escritos, apenas liberada Italia, el otoño de 1945, que una de las primeras funciones de la actividad política era testimoniar que la existencia merece la pena. Que la vida es una experiencia bella e incomparable. Lo decía en medio de un país destruido materialmente y moralmente depauperado.

Por eso la política debe saber transmitir valores, jovialidad y optimismo. No "buenísimo" o "ingenuismo", sino fe en la vida, en la naturaleza humana. Un político debe ser un constructor de comunidad. Positivo y firme. De la política, los ciudadanos esperan mucho. Tienen derecho a esperarlo todo.

Por eso las decepciones, cuando se producen, son tan terribles. Pero también tan grandes los logros y las satisfacciones. Hoy el mundo recuerda al presidente Kennedy, y al premier Kruschev, como hombres sin duda llenos de errores y de debilidades, como somos todos los hombres, pero sobre todo como hombres de paz. Salvaron millones de vidas.

Quién sabe si no salvaron a la propia civilización. Así es la política cuando se establece un nítido orden de prioridades que coloca al ser humano concreto en el primer escalón y en el centro. Cuando el servidor público se ocupa de los problemas de ese ser humano concreto, y contribuye a la preservación de sus derechos, al ejercicio de sus libertades, y al incremento de sus oportunidades. Porque la política es una actividad concebida a la medida del hombre, de cada hombre, de todo hombre, y de todo el hombre.

Hoy, los melillenses ya tienen la certeza de que tanto el presidente Imbroda como todo su Gobierno, saben que los ciudadanos son su prioridad. La prioridad de las instituciones melillenses, la prioridad de los servidores públicos, y la prioridad de la ciudadanía.

El gesto de mano tendida al delegado del Gobierno, para hacer política favor de Melilla y de los ciudadanos melillenses, es algo que honra a quien lo propone y que obliga a quien lo recibe. Eso es, de verdad, servir. Para eso estamos en el mundo. Y eso significa, en sentido profundo y, como diría el poeta, "con palabra verdadera", hacer política.