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Lely Muñoz y Miguel Ángel Carmona, cuatro décadas de amor y valentía
Se han vuelto a casar, renovando sus compromisos de amor, respeto y lealtad
Publicada en MeliYa el 1 de octubre de 2006
Lo de María Dolores Muñoz y Miguel Ángel Carmona es una historia de amor y valentía que, oficialmente, con los primeros dichos, aquellos que se dieron en 1.967, dura 40 años pero que, si tenemos en cuenta el momento del total enamoramiento, se eleva a 47.
Se conocieron en el Parque Hernández. Lely era una bonita chavalita de 13 años y Miguel Ángel un guapetón mozo de 15. Antes se paseaba -y mucho- por el parque que legó a Melilla don Venancio Hernández y se hacían fotos en el caballito de cartón de Soria.
Bueno, allí y entones empezó la entrañable historia de los Carmona Muñoz. Luego vinieron Miguel Ángel y Gonzalo. Miguel Ángel es un destacado efectivo de Protección Civil, Gonzalo ha triunfado a nivel nacional porque es un artista como la copa de un pino, pero prefiere su tierra y aquí enseña danza en la Escuela de Música y Danza de la Ciudad Autónoma.
Lely y Miguel Ángel se han vuelto a casar 40 años después. Lo han hecho en el mismo templo, el Sagrado Corazón de Jesús, y ha sido el vicario episcopal, Manuel Jiménez Bárcenas, el encargado de oficiar una conmovedora, familiar y cualitativa liturgia.
El cura Manolo -como se le conoce en ambientes cristianos melillenses- no ha dudado en reconocer que esta pareja de melillenses ha vivido momentos “felices” en su singladura matrimonial, pero también episodios “difíciles”.
Con la vida en sus manos, un entorno familiar óptimo y rezumando alegría por los cuatro costados, a María Dolores Muñoz se le declara otro pretendiente, el cáncer. Pero éste, la enfermedad, no tiene la suerte de Miguel Ángel, porque ha fracasado.
Lely reaccionó como una valiente en el más extenso significado del término valentía. Su familia, también. Los cuatro echaron un pulso al destino y han ganado. El cáncer entró en casa de los Carmona Muñoz como un torbellino y se fue, poco tiempo después, por exhalación, se le expulsó.
La hoy viceconsejera de Sanidad de la Ciudad Autónoma, curada, optó por una de las más conocidas estrategias del Arma de Caballería: la persecución del enemigo vencido, la explotación del éxito.
Ni corta ni perezosa, Maria Dolores Muñoz abanderó, durante muchos años, la Lucha Contra el Cáncer en Melilla y, cuando tuvo que abandonar el cometido social por imperativos de su responsabilidad política, su escudero mayor y siempre enamorado Miguel Ángel, se hizo cargo de una batalla sin fin destinada a mejorar la calidad de vida de los melillenses enfermos de cáncer.
Este es el episodio de amor y valentía de la pareja de tórtolos y ahora vienen los momentos puntuales de cariño y amistad vividos este fin de semana en la parroquia del Sagrado Corazón gracias a la efemérides de Miguel Ángel y Lely.
Merodeaban las nueve de la noche del sábado cuando Miguel Ángel Carmona comparece a las puertas del templo. Elegantísimo -como siempre- con un traje de corte italiano de mucho fuste en tono oscuro aunque no necesariamente azul marino y corbata con destellos de plata, propia para una jornada ceremonial.
¿Nervios?, hombre, a estas alturas pocos pero sí una cierta inquietud. El móvil le conducía puntualmente al punto donde se encontraba Lely, novia que no hizo esperar en demasía a su pareja. Miguel se entretenía con amigos y familiares sin perder ese aire juvenil que le ha caracterizado -y le sigue caracterizando- a lo largo de los años.
María Dolores Muñoz no recurrió a la ostentosa limusina sino que llegó a la plaza de Menéndez Pelayo a bordo del vehículo de un amigo. Iba esplendente, brillante, deslumbrante con un vestido confeccionado por ella misma, precioso, en tonos pastel y recubierto con el tul ilusión propio de la celebración.
El bordado de la espalda con el que Lely obsequió a sus familiares y amigos es una obra de arte, entre lo andaluz y lo románico, tan sobrio como bello y bien trabajado. Tacón alto elegante para una mujer que luce como nadie los encantos de un zapato de salón.
Lely no abusó del maquillaje -casi nunca lo hace- para la ocasión y sólo apuntes de estilo en sus ojos y labios bastaron para la novia brillara como el Faro de Alejandría. El tocado, sencillo, neoclásico pero solemne. Ella no quiso bailar al viento su cuidada melena y optó por el recato elegante.
Los novios se encontraron en la puerta de la Iglesia, entraron del brazo con padrino y madrina, ocuparon reclinatorios destacados frente a Manolo Jiménez, renovaron sus compromisos de lealtad y amor, intercambiaron las mismas alianzas y se besaron, quedando citados por el vicario episcopal para dentro de una década cuando verdaderamente celebren sus Bodas de Oro.
Amor y valentía, familia, respeto... y Dios, arriba, observando -se supone plácidamente, henchido de felicidad- cómo un proyecto que nació bajo su patrocinio hace 40 años vuelve para dar cuentas en el mismo sitio y con la misma fe.
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