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Los melillenses musulmanes honran la memoria del gran patriarca Ibrahim en el Aid El Kebir

Las familias unidas celebran la Pascua de la generosidad, la concordia, el perdón y la unión

Publicada en MeliYa el 11 de enero de 2006

Salvador Ramírez

Amanece muy temprano en el hogar de los Amaruch, como en los 7.000 hogares melillenses de confesión musulmana. Mientras el cabeza de familia y sus hijos varones se preparan para asistir al rezo del Aid, segundo de la mañana y principal del calendario de El Kebir, las mujeres preparan una tremenda infraestructura para tener todo a punto para la hora del sacrificio.

Unos y otros comen cuscús con leche y alguna pasta antes de ponerse manos a la obra. Se celebra el sacrificio. La historia es conocida y común para las tres religiones monoteístas, aunque con matices. Abraham -Ibrahim, para el Islam- recibe una prueba de fidelidad, Dios mide su entereza como creyente y sus sentimientos como padre: “sacrifica en mi honor al mayor de tus hijos”.

Abraham tenía dos, uno, Isaac, fruto de su matrimonio con la longeva Sarah, otro, Ismael, hijo de una relación mantenida con una sirvienta, Arah, que sin embargo era primogénito del gran patriarca. ¿Quién fue de los dos el llamado al sacrificio?. La historia no se pone de acuerdo.

El caso es que Dios o Alá, que es lo mismo, ya recibió buena cuenta de la fidelidad de su hijo Ibrahim y no quiso que, en absoluto, se consumara la inmolación de su primogénito y le ordenó el sacrificio de un cordero en su honor. Y ahí comenzó todo.

Amaruch conoce la historia y la cuenta a sus hijos y a sus nietos, que ya tiene. Lo espiritual ya ha ocurrido, ahora hay que subir a la terraza de la casa de la calle Poeta Salvador Rueda para cumplir con la obligación que cada padre de familia musulmana tiene, sacrificar al animal.

Nuestro anfitrión, con un té y unas pastas artesanales, antes de afilas los alfanjes, nos dice que “lo mejor es la familia, estar todos juntos y celebrar que tenemos salud”. Hombre, se estila, como en otras religiones, estrenar ropa, hacer regalos: “siempre que se pueda, sí, pero no por obligación, el Corán no lo impone”.

Farid y Chico son los grandes ayudantes de su padre, el señor Amaruch, dueño de El Caracol Moderno, trabajador y melillense: “vivimos en una ciudad maravillosa donde estas costumbres se pueden llevar a cabo con normalidad y, por qué no decirlo, con el apoyo de las autoridades. Tanto la Ciudad Autónoma como el delegado del Gobierno se han portado estupendamente”.

Rachid es el carnicero profesional que ayudará a despiezar el borrego una vez muerto. Antes, Amaruch cumple con su obligación de patriarca que recuerda al gran patriarca: ordena la colocación de la res orientada a la meca, da gracias a Dios -bismislá- busca la glotis del ovino y le abre el cuello de un certero tajo.

“Los cuchillos -dice Amaruch- tienen que estar bien afilados, no es por gusto, es por ahorrarle sufrimiento al animal”. Comienza la sangría y en pocos segundos, el borrego pierde la vida. Y ahí entra en acción Rachid.

Del cordero, a semejanza del cerdo para la cultura cristiana, se aprovecha todo: las decenas de metros de intestino se aprovechan para los callos, el hígado se extrae, sin vesícula porque amarga- para los pinchos, el corazón se come por su gran cantidad de calorías y proteínas, los riñones, según gusto. Hay quien no puede ver los riñones ni de lejos y eso ocurre también en las costumbres musulmanas.

Y luego la carne pura: para pinchos, tallíne, el vapor con verduras en el pote poroso, o cualquier aromático guiso que pueda emanar de los admirables fogones musulmanes. Y poco a poco. El menú de los Amaruch para estos días es pinchos al amanecer con alguna chuleta, vapor al mediodía y preparado a gusto de la madre para rematar la jornada.

Son días excepcionales. Las familias intercambian visitas, regalos y todos, aunque no lo confiesen abiertamente, reservan algún dinero para quienes más lo necesitan. En el intercambio familiar se da la circunstancia que se produce una relación internacional porque Melilla y la vecina provincia marroquí de Nador tienen muchos lazos familiares.

La vida en Melilla queda adormecida. Hay muchos comerciantes de confesión musulmana que cierran, al menos durante las jornadas de miércoles y jueves. Los mercados de la ciudad podrían cerrar perfectamente porque la mayoría de titulares de puestos son musulmanes y la Ciudad Autónoma, consciente de la importancia de la fecha, ha decidido, por primera vez en la historia, cerrar sus dependencias.

Aquella estampa bíblica de Dios y Abraham, de Alá e Ibrahim, se convierte en la cosmopolita ciudad de Melilla en la fiesta de la concordia, la generosidad y el perdón y quien más quien menos vive intensamente la Fiesta Grande, el Aid El Kebir.