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Melilla se entrega al encantamiento del Mercado Medieval que embruja las murallas y plazas de El Pueblo
Miles de ciudadanos se enseñorean en un recorrido cargado de puestos, atracciones y novedades
Publicada en MeliYa el 1 de julio de 2006
Pocos enclaves conocerán las gentes de Acción Calle tan apropiados como Melilla la Vieja para montar su mercado medieval y pocas gentes -eso lo reconoce el jefe, Ángel Barrabés- que, como los melillenses, se impliquen tanto en la iniciativa.
Melilla Medieval, como gusta enunciar Juan José Florensa, es una realidad, se ha hecho un clásico del verano, y -estaba previsto- 2006 es el año del crecimiento y la consolidación. El Pueblo es -como fue- una ciudad medieval sus vecinos de toda la vida pasan a ser medievales y hasta ciudadanos de otros barrios han comprado o se han confeccionado atavíos renacentistas para firmar el fenómeno de la participación.
Algún día, lo reconoce el presidente de la Fundación Melilla Ciudad Monumental (FMCM), José Vallés, tanto él como Pepe Imbroda y Miguel Gutiérrez tuvieron una idea y esa idea cumple su tercer año en la vieja Ciudadela.
Desde minutos antes de las ocho de la tarde del sábado, cientos de paisanos, enclavados en las dos orillas del antiguo río de Oro, hoy Avenida del Rey, esperaban el tránsito de la familia medieval. Con media hora de retraso -antes, en el Medievo, no había relojes- partió la caravana de ilusión y magia desde la plaza del Comandante Benítez.
Y ahí empezó el espectáculo que ha de durar tres jornadas. Cetreros, encantador de serpientes -y vaya bicha- sbanderatori llegados de la bota de Europa, danzarines, equilibristas, asociaciones musicales, todos bien pertrechados se fueron a Melilla la Vieja.
El presidente de la Ciudad Autónoma, Juan José Imbroda, que corta la cinta, como es norma, encabeza el despliegue institucional que se sorprende con la muestra de aparatos de tortura instalada en las estancias de Santa Ana, Cuerpo de Guardia y mazmorras. Espectacular, propio de los más aguerridos Caballeros de la Orden del temple.
Y, tras la exhibición de abanderados, equilibristas, músicos y portaestandartes, viaje al ensueño. Las plazas de Aljibes y Estopiñán, Santa Ana, hasta casi la mismísima batería y faro, el despliegue de mercaderes, artesanos, posaderos, levantapiedras, cortadores de troncos, tiovivo infantil a base de fuerza y maña, apenas podía verse porque han sido miles -a estas alturas, en el prolegómeno, de melillenses que han disfrutado del mercado medieval.
Quedan 48 horas para que saltimbanquis, comediantes, profesionales invictos de la animación, recojan bártulos. Mientras tanto, Melilla aspira aquel perfume que la pituitaria de la Historia aún conserva, aquel perfume tan real como épico, que trajo, en el siglo XV, don Pedro de Estopiñán y Virués.