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Denuncia la "catarata" de insultos de los que ha sido objeto Javier Lence

Antonio Gutiérrez Molina recomienda sosiego, diálogo y templanza a los protagonistas de los actuales tiempos políticos

Si no se tiene sosiego ni en la política ni en la relación humana, no podemos exigirle el más mínimo ápice de buenas maneras a los demás, que andan en otras ocupaciones.

Publicada en InfoMelilla el 19 de febrero de 2007

Antonio Gutiérrez Molina

Detesto las discusiones inacabables. Sobre todo cuando nacen lastradas con perdigones políticos en las alas. Al final prefiero tender la mano que volver la espalda ¡Bastantes disgustos me han causado esta actitud, entre adversarios, pero aún mas entre los compañeros de partido¡.

Siempre he sido, o me hago la ilusión de haber sido, una persona de diálogo más que de enfrentamiento. La capacidad de dialogar e intercambiar argumentos en vez de acusaciones mutuas acompañadas por insolencias, está en la base de lo que entiendo por política.

He hecho no sé cuantas veces la apología del diálogo, aún sin haberlo transformado en un fetiche. Porque está claro que dos monólogos no constituyen un diálogo. Más aún y no se me tome por practicar la soberbia franciscana tan al uso: No sólo he hecho el elogio del diálogo sino que lo he practicado ampliamente, y también he tenido la experiencia -de la que cada vez huyo más, del “diálogo de sordos”–.

Tengo que decir que también he dialogado, aunque sólo sea porque ceder a la tentación del enfrentamiento -y a veces, pese a los buenos propósitos, he cedido- lo considero un acto de debilidad.

Viene todo esto a cuento, porque a todos, empiezo por mí mismo, nos conviene sosegarnos en estos tiempos atribulados. Creo, lo digo con toda verdad, que sin él, se dicen y escribe cosas que no corresponden a la altura intelectual del que las plasma. Las cataratas de insultos que le han dirigido recientemente al gerente de mi partido, es un ejemplo de lo que nunca se debería escribir.

Con independencia de todo ello, si no se tiene sosiego ni en la política ni en la relación humana, no podemos exigirle el más mínimo ápice de buenas maneras a los demás, que andan en otras ocupaciones.

El espectáculo lamentable dado en el palco del antiguo Heliópolis por los máximos dirigentes de los clubes de Sevilla es un vergonzoso hecho que debería ser sancionado con el máximo rigor. Los béticos no nos merecemos esto.

Es bueno el debate público entre personas que piensan de manera diferente, porque de otra forma se llegaría al “pensamiento único” y nos encontraríamos, de nuevo, a Orwel -tan desengañado de tantas cosas-, a su “1.984” que debe de ser un libro de cabecera para suprimir euforias y entusiasmos destemplados, que contienen tantas ideologías.

La templanza no tiene nada que ver con los complejos. Yo no tengo ningún complejo en decir, donde haya que decirlo, que por mi formación pertenezco a la derecha liberal española, que a mi criterio, desempeñó y tiene que seguir desempeñando, un papel fundamental en la vida de España, si no queremos una fractura social, que sería lastimosa para todos.

Lo que sí me acompleja es de ser capaz de juzgar a las personas sin conocerlas. Jamás lo he hecho. Tampoco lo haré. A cierta edad cuesta cambiar de opinión. Mucho menos insultarlas. Yo creo que tanto los que representamos –hasta que los ciudadanos decidan otra cosa– algún poder o alguna “autoriítas” para crear opinión, debemos de practicar la templanza.

Creo que para expresar los argumentos a favor o en contra de un “oponente” no es necesario atribuirle patologías mentales, ni hacerle militar –contra su voluntad- en respetables escuelas filosóficas de la antigüedad griega, pero que entre el común de los mortales, tienen un componente peyorativo o injurioso, o concluir lisa y llanamente que uno es un simplón, o que carece de pudor.

Yo al menos nunca me atreveré diagnosticar estas “cualidades” a ninguno que polemice conmigo. Sobre todo si no lo conozco en plenitud o si el conocimiento viene “lastrado” por estereotipos o clichés. Me gusta el debate. No comprendo como hay gentes que se oponen a debatir sobre asuntos de interés general. Así lo digo, aquí y fuera de aquí.

Me gustaría que la templanza imperara y que no cayéramos en la “infernal balumba” –de la que hablaba Campoamor- poeta que tanto gustaba a Cernuda, según ha aprendido leyendo su magnífica Obra Completa que recientemente ha editado RBA Editores con la colaboración del Instituto Cervantes.

A lo que iba para no abrumar: Con independencia de lo que pensemos, es bueno el conocimiento humano, respetar los movimientos, idas y venidas y asistencia a las manifestaciones que tenga por conveniente, porque para eso está el libre albedrío y la existencia de la Monarquía Parlamentaria, sistema que nos ha dado el amparo a todos. ¡Hasta ahí podíamos llegar!. Si viera lo que se siente, cuando ves a una multitud que hace tres años, paseaba calle Alcalá abajo, la foto de uno con la leyenda de “asesino” se comprendería porqué hago hoy mención a la “templanza”.

Por lo demás, a ver si tomamos un café, o podemos charlar, al menos a través del teléfono. Más que nada para quedarme tranquilo de que no soy esquizofrénico, cínico, bobo, o que carezco de pudor.