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El diputado recuerda una faena del diestro gaditano de 1.971

'Aquella tarde de abril', el emocionado saludo de Antonio Gutiérrez Molina al maestro Francisco Ruiz Miguel en su homenaje

Y qué quiere usted que le diga: Yo creo que con aquél miura usted hizo lo que pocos hacen con un miura: lo hizo “bueno”, y aún recuerdo su figura clavada, recta, con que empezó aquella faena, ayudándose por alto, y “sin enmendarse” uno de pecho, de los de antes...

Publicada en InfoMelilla el 8 de febrero de 2007

Antonio Gutiérrez Molina

Verá maestro que yo sólo lo conozco desde el tendido de las plazas de toros. Nunca, sólo desde la admiración, -admiración del paisanaje y del valor-, he cruzado dos palabras con usted en mi vida, quiero decir en mi vida de aficionado.

En estos días, se le va a tributar un homenaje por la muy pundonorosa “Peña Taurina de Melilla”... La “Peña Taurina de Melilla” se parece mucho a usted. Nadie le regaló nunca nada, o y los “regalos” fueron después de arrimarse mucho, para poner la muleta de cara y luego tirarse recto a matar, como un mástil de los barcos del muelle de Cádiz, ese muelle que quiere mirar a las chumberas de Zaporito, lejanos olores de esteros, o de aquellos esteros lejanos, ahora jubilo plateado de nuestras salinas, con antiguos recuerdos borbónicos.

Antonio Gutiérrez y Juan José Imbroda en un almuerzo taurino
Antonio Gutiérrez y Juan José Imbroda en un almuerzo taurino

Por ello puedo hablarle sin coba. Ni usted ni yo necesitamos ahora, cada uno en nuestras parcela de vida, que nos la den.

Pero, por eso quiero enviarle estas líneas, antes de que llegue a esta Melilla, azul, azul purísima de tarde clara, acogedora, hospitalaria, sencilla (a veces es tan “difícil”, de tan sencilla que es), y le lluevan homenajes, fotos, palmadas, en fin todo eso...

Verá maestro, yo me aficioné a los toros, de la mano de dos hombres buenos y cabales: mi padre que me dijo en la plaza de San Fernando, cuando, no sé si sería por el 68 del siglo pasado, y usted debutaba con caballos,: “Niño, este no es un chufla, es un torero”. Y de otro hombre, ilustrado, liberal, gaditano que vino de Santander, y al que escuchábamos en la tertulia del Ateneo de la calle Ancha, el doctor Venancio González.

Los dos le han visto desde el cielo, muchas tardes de gloria. Llegué de la mano de dos pedazos de taurinos, callados, discretos, que ocupaban su delantera de tendido 12, en la antigua Plaza de Toros de Cádiz, con el sombrero, cigarro puro “Álvaro”, que le duraba toda la corrida, dos aficionados que se entendían con sólo mirarse y dejaban dejar caer por los pliegues de sus labios, el desdén, la frialdad o la más tremenda emoción que los aficionados de verdad tienen.

Por eso, porque llegué de sus manos, al lado de ambos quiero recordar cuando le vi cortar, un domingo de Abril, de hace ¡¡36 años!! dos orejas y un rabo en la Maestranza a un miura..., lo recordaré siempre, porque aquella corrida fue la última a la que asistí con mi padre. Murió pocos meses después (ahora veo el billete y veo que es el 25 de Abril de 1971).

La verdad es que don Venancio, mi padre y yo habíamos ido a Sevilla a ver torear, a otro gladiador y gran maestro: Pepe Martínez Limeño. Pero mira por dónde, el maestro de Sanlúcar estaba enfermo, y una hoja volandera indicaba que era usted el que iba actuar en vez de él, con Hernando, el gran diestro, y no sé si también toreaba un matador que se anunciaba como “El Hencho”.

No lo sé. Tampoco quiero mirar el cartel, porque, recordaría a mi padre y todavía, a mis 57 años, me haría llorar. Sí recuerdo, que por delante iba don Fermín Bohórquez –el padre de Fermín, el de ahora- toreando a caballo.

Y qué quiere usted que le diga: Yo creo que con aquél miura usted hizo lo que pocos hacen con un miura: lo hizo “bueno”, y aún recuerdo su figura clavada, recta, con que empezó aquella faena, ayudándose por alto, y “sin enmendarse” uno de pecho, de los de antes...

¿Y luego...? Una estocada, que parecía del maestro Rafael Ortega, en lo alto, y aquel buenísimo miura, al que luego le dieron la vuelta al ruedo cayó fulminado, y en plena ufania general y de justicia, consiguió, las dos orejas y el rabo, y allá que se lo llevaron Paseo de Colón, en volandas, como si fuera un paso de palio.

¡Quién nos iba a decir, que por una sustitución, la Maestranza se rindió para siempre a usted!, exponente del valor, del arte y de la gallardía. Con mucho retraso, pero siempre se llega a tiempo, cuando se trata con gente cabal: muchas gracias por aquella lección de valor, en mi nombre, pero también en el de don Venancio y en el de mi padre, que seguro lo estarán, todavía, comentando en el cielo con San Pedro que, como usted sabe, era aficionado a esto de los toros.