Opinión
El peligro del silencio (Un país alegre y confiado)
Publicada en InfoMelilla el 28 de septiembre de 2007
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Antonio Gutiérrez Molina, no del portal.
Vamos a ver si nos entendemos. Hay que decirlo con toda claridad. Aquí, en esta Nación nuestra, en esta España que ahora, no se le cae de la boca a los miembros del partido socialista, están pasando cosas muy graves; estoy seguro que van a seguir pasando más y nadie respira ni rechista.
Parece como si un sueño de adormidera se hubiese extendido por la población, y asimismo tengo para mí, que todos seremos culpables o al menos cómplices, si no denunciamos lo que aquí pasa, con el beneplácito cuando no con el aliento del gobierno socialista, autoproclamado republicano, beligerante contra la religión católica, decidido extirpador de la libertad individual, gobierno donde toda injusticia tiene cabida y todo desmán su amparo.
Hemos vuelto de las vacaciones tal como nos fuimos. La economía funciona, la política también, el verano ha sido más o menos verano, todos nos hemos relajado. El gobierno se niega a comparecer en el Congreso... Pero ¿quién dijo miedo? ¡A vivir que son dos días!. La euforia que baja en cascada desde las esferas del gobierno del PSOE se derrama por toda España a través de los servicios de propaganda socialista, como un gigantesco huracán de autocomplacencia.
Pero no puedo seguir en silencio. Ya publiqué hace dos meses otro artículo con el mismo título y lo subtitulaba “interludio republicano”. Luego volveré sobre esto. Pero pregunto: ¿va bien España donde para celebrar un pleno municipal se necesita la presencia de la Policía, donde hay ayuntamientos que ni siquiera se han formado por miedo de los concejales elegidos?.
¿Puede ir bien España cuando sus comunidades autónomas exigen Agencia Tributaria propia?. ¿Puede ir bien España, cuando el gobierno impulsa que se mire con revancha hacia el pasado, que se desprecie el futuro? ¿Cómo tiene el gobierno la desvergüenza de decir que vamos bien como pueblo, cuando se queman retratos el Rey, se humilla a la Corona, se pisotea la dignidad del Jefe del Estado en programas de televisión, sin que los responsables de tales desmanes no sean detenidos inmediatamente y llevados en jornadas ordinarias a la primera comisaría, para ir luego en presencia de algún juez que no los ponga en libertad sin cargos?.
¿Puede ir bien España, cuando es la Nación con el segundo déficit comercial del mundo, donde la mitad de la riqueza está invertida en “ladrillo”, con una productividad bajísima, ocupando los últimos puestos en investigación y desarrollo?.
¿Pero no se le cae la cara de vergüenza al Señor Rodríguez Zapatero, al hablar de Educación, cuando se rebaja la calidad de la misma y un holgazán puede pasar los cursos de bachillerato con cuatro suspensos?.
¿Puede ir bien España, donde los partidos nacionalistas mandan más que los grandes partidos y donde el Congreso se convierte en un patio de Monipodio, cuando llegan los Presupuestos Generales del Estado?
¿Puede ir bien una Nación que abomina de la bandera, abuchea al Rey, se le pide pelos y señales en que gasta el dinero que autoriza que gaste las Cortes, y los alcaldes de los pueblos pequeños ganan más que el Jefe del Gobierno?.
Paro, porque el espacio se me acaba sin haber expuesto todas las preguntas que me asaltan.
Decía en el anterior artículo que le tengo miedo a Zapatero. Hacen mal los que lo ridiculizan ó desprecian. Yo no. Creo que es el artífice de un plan perfectamente concebido para subvertir el orden natural de convivencia, arrojar al PP de la vida pública, cambiar hasta la propia idea de Nación –concepto, según él, disartido y discutible-.
Nadie dice nada. Bien. Yo sigo a Julián Marías, al que tanto admiré cuando vivía y admiro más ahora que nos falta. Decía Marías algo que yo he hecho siempre, mote de mi “escudo”: ¡Que por mí no quede!. Y en estas líneas quiero dejar a salvo mi desahogo de conciencia para no verme cercado por el silencio del vilipendio. Y me avergüenzo de los que mansurroneando por un sueldo, tienen el descaro de decir en la barra de los bares que son poco menos que héroes.