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Entrevista -imaginada- con don Pedro de Estopiñán y Virués en Guadalupe: "yo no he violado nada ni a nadie en mi vida"
"Recuerdo que tras dos días y pico de navegación, desde Sanlúcar de Barrameda, con viento cruzado, vimos, al fin, el promontorio y pudimos acercarnos para desembarcar".
Publicada en InfoMelilla el 15 de septiembre de 2007
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Guadalupe, Campos de Extremadura, 16 de septiembre de 2007. Hemos querido conversar con el fundador de la Melilla española, don Pedro de Estopiñán y Virués. Le encontramos sentado plácidamente repasando unos escritos de la Casa Ducal de Medina Sidonia y atiende con amabilidad la visita de Infomelilla. Son las siete y media de la tarde.
-Hace 510 años que a estas horas, más o menos, desembarcaba usted en Melilla. Ha pasado tiempo. -Ha pasado mucho tiempo pero parece que fue ayer. Recuerdo que tras dos días y pico de navegación, desde Sanlúcar de Barrameda, con viento cruzado, vimos, al fin, el promontorio y pudimos acercarnos para desembarcar. Fue duro, no lo niego.
-No le pillaba de sopresa la travesía. -No; es verdad. Tres meses antes estuvimos dos capitanes del Ducado y un contador para ver de qué manera podíamos zarpar y desembarcar. Me llamó la atención lo majestuoso de la roca y sus facilidades para echar pie a tierra y aconsejé a mi Señor de emprender aventura para combatir piratas, que era lo propio de la época.
-Se dice, don Pedro, que llegó usted a Melilla con 5.000 hombres a sus órdenes y una gran flota de naves. -Pues se dice mal. A Melilla no llegamos ni un millar. Es cierto que vino mucho barco pero nada de fragatas o goletas. Veníamos a bordo de faluchas, laúdes, lanchones y la capitana que no pasaba de corbetín. Ya sabe usted que las historias, si no son épicas, no son historias.
-Llega usted a Melilla. ¿Por dónde desembarca y qué se encuentra?. -Llegamos a esta hora más o menos, hace 510 años. Soplaba en ese momento un fuerte viento del Este -ustedes le dicen ahora Levante, pero es Este- y teníamos complicado echar hombres y material por la playa (ahora es la Dársena de Pescadores) así que apovechamos una perfecta y encalmada entrada de la mar -Galápagos- que atenuaba las embestidas del temporal. Esa noche echamos a tierra mucha madera y todos los hombres, varamos la flotilla y al día siguiente acabamos la faena por la playa. No había ni nada ni nadie en Melilla.
-¿Ni siquiera casas, algún poblador?. -No, nada. Había ruinas -acaso antes alguna gente antigua pobló el promontorio- pero debió hacer tiempo bastante porque sólo encontramos, eso, soledad y, pese al estío menguante, frío, mucho frío.
-Y se preparan ustedes para dar la sorpresa edificando una fortaleza urgente. -Es una técnica que teníamos asumida desde la toma de Tarifa, donde Guzmán el Bueno -que, por cierto, lo tienen ustedes en el escudo de la ciudad-perdió a su hijo. Se trata de crear una estructura insólita que metiere miedo al posible enemigo y que sirviera de defensa bastante. Eso hicimos pero enemigos había pocos.
-¿Cómo son esos primeros días de la Melilla española?. -Malos, hasta que nos pudimos comunicar con nuestros vecinos. Sepa que veníamos con lo puesto. Mucha madera, mucho arcabuz y más espadas pero poca comida. La primera noche fue eterna por aquello de los trabajos de fortificación pero los días que la siguieron no fueron mejores. Al cabo de dos semanas, exhaustos, conocimos a nuestros vecinos, nos entendimos y en muy pocas ocasiones faltó legumbre o vianda en la guarnición. Gente muy buena.
-¿Tiempos de guerra?. -No. Sé por ustedes, los periodistas, que luego, al paso de los años, hubo guerras, mucha sangre y mucho muerto. Hasta que yo abandoné Melilla no hubo refriega alguna, salvo los casos que pudieran darse hoy. Malos entendidos, envidias, algún cuerno inesperado pero jamás guerra de frente a frente. Las gentes de los alrededores comenzaron a vivir con cierta dignidad. De la pobreza más descarnada, algunos pasaron a ser comerciantes, abastecían a la España amurallada y no había motivo alguno para cruzar aceros.
-Nos vamos a reunir en la Plaza que lleva su nombre el lunes para celebrar el aniversario de su llegada a Melilla. ¿Llegada o conquista?. -Les agradezco mucho que lo celebren, es un honor. Y sólo fui un capitán contador -ni siquiera soldado ejemplar- y no podía esperar que cada año se acordasen de mi persona. Plantea usted que si llegada o conquista. Yo no he conquistado nada, me he limitado a clavar el pendón de Castilla en tierra despoblada y estéril. No hubo sangre aquel 17 de septiembre de 1497. Bueno, sí que la hubo. La hubo en las caras de dos gañanes embarcados en un falucho que se midieron a puños por un puñado de higos pero eso fue toda la guerra que ocurió.
-Fíjese, estos días algunos hablan de 'violación' para referirse a su llegada a Melilla... -Yo no he violado nada ni a nadie en mi vida. He sido oficial del Duque de Medina Sidonia y servidor de Su Majestad El Rey y, entre mis obligaciones, no estaba ni mucho menos violar nada, mucho menos entre mis devociones. Comprendo que lo que ustedes llaman política abra campo grande a la fabulación cuando no al exabruto pero, no, aquel millar de hombres a quienes conduje para hacer Patria de España no se caracterizó, precisamente, por vulnerar moral alguna. Lo único que he incumplido de mala forma es mi deber de padre de ocuparme de mis hijos y de mi dueña, a los que siempre he querido, pero Isabel, Fernando y mi señor Duque tenían otros planes para Pedro de Estopiñán.
-¿Cómo ve a Melilla, al paso de más de medio milenio, don Pedro?. -Me encanta. Bueno, esa ciudad no tiene nada que ver con lo que nosotros hicimos en la roca. Tengo que agradecerles que conserven las viejas murallas, pero da gusto ver cómo se ha extendido. Le decía antes que nuestros vecinos y nosotros aprendimos a convivir, aunque fuera por el comercio y el mutuo interés. Fíjese, medio milenio después compruebo que esa semilla ha germinado, que la ciudad que yo fundé como española es una preciosa mezcla de aromas y costumbres, que todos los ciudadanos tienen atendidas servidumbres que los estipendios no están mal. Vaya, que me siento muy satisfecho de aquel desembarco en la Ensenada de los Galápagos.
-¿Quiere usted, don Pedro, añadir algo más?. -Sí. Melilla ha pasado por muy malos tránsitos. Lo del infeliz sultán que colocó a 30.000 almas frente a la muralla de la Marina para darse de bruces contra el valor de los españoles melillenses; lo del traidor Abdelkrim que esquilmó a 12.000 almas a principios del pasado siglo; lo de la sempiterna apatía de los distintos reyes para con las necesidades de la ciudad...pero mi ciudad ha sabido superar todos sus peores avatares a base de patriotismo, abnegación, trabajo y unión. Sigan ustedes así, que no hay peligro que les pueda. ¡Ah! y vengan a visitarme, de vez en cuando, a Guadalupe.
-Gracias, don Pedro. -Ha sido un placer. Hasta el año que viene.
Un trabajo de Salvador Ramírez