Opinión

No éramos tan maricones

Publicada en InfoMelilla el 27 de febrero de 2008

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

Pildorita de la Felicidad

*"Me gustaría ser valiente. Mi dentista asegura que no lo soy."

- Jorge Luis Borges*

Una de las mayores gratificaciones que puede obtener un articulista, que es menos o menos una especie naufrago que arroja mensajes dentro de una botella esperando el milagro de que un desconocido la encuentre, es cuando obtiene respuesta de algún lector. En mi caso recibo en su mayoría cartas iracundas y virulentas de personajes muy pintorescos que me conminan a dejar de escribir e invertir mejor mi tiempo en actividades más productivas, aunque también hay días en los que llegan cartas de lectores generosos que se toman la molestia de enviar uno que otro piropo para subirte el autoestima y el ego hasta la estratósfera. En fin, hay de todo. Y esto viene a cuento porque hace un par de meses publiqué un escrito en el que decía que quizás la última generación de hombres de verdad fue la generación de mi hermano mayor, quienes luego de hacer tal o cual travesura (robo de exámenes, vandalismo escolar, etcétera) aceptaban con todo garbo y hombría las consecuencias de sus actos; nada de lagrimitas, pucheros u otras indignidades para que mami o papi les salvaran el pellejo como ocurría en mi escuela, que era católica, privada y muy exclusiva, y donde antes de cometer alguna travesura de grandes vuelos teníamos la confianza y tranquilidad de contar con póliza de seguro, traducción: la colegiatura estratosférica que pagaban nuestros padres o la posibilidad de hacer alguna donación, como una nueva cancha de fútbol o material para construir un nuevo salón o la nueva sala del director de la escuela, etcétera.

Pues bien, ayer recibí un mail que finalizaba al pie de página con lo siguiente: "Rodrigo, perdóname pero no éramos tan maricones". El mail relataba una historia que ya había olvidado y lo firmaba un sujeto del cual no tenía noticias desde hace casi 20 años.

"¿Quién fue?", dijo el prefecto. Silencio. Los exámenes de inglés habían desparecido. O mejor dicho, la maestra de inglés los dejó olvidados en nuestro salón y luego desaparecieron. "Espero al responsable en mi oficina antes del primer descanso". Nadie acudió. El prefecto utilizó el primer descanso para interrogarnos. "¿Quién fue?", insistió el prefecto. Silencio. El prefecto era un sacerdote de dos metros de altura mal encarado que le metía miedo hasta al más valiente. "No nos vamos de aquí hasta que aparezca el culpable". Silencio. El prefecto siempre obtenía la confesión del culpable o de algún soplón. Sus métodos eran muy variados, y el más efectivo era en el que nos hacía escribir de forma anónima en una papelito el nombre del culpable. Fuimos educados para ser unos Judas. "Veo que no están dispuestos a colaborar". Todas las hojas fueron entregadas en blanco. "Les prometo que el culpable será expulsado", dijo el prefecto. "Se los prometo". Y por primera vez supimos que el prefecto hablaba en serio. "Todos afuera". Nos paró dos horas al sol. "¿Quién fue?", preguntó intentando no pegar un grito. Silencio. "Muy bien, si así lo quieren", dijo furioso. Dimos 50 vueltas a la cancha de básquetbol en cuclillas. Los soplones de cabecera y los revoltosos del salón fueron interrogados. 5 minutos para la salida y el prefecto seguía sin atrapar al culpable. "Vaya, vaya, veo que no están dispuestos a hablar", dijo el prefecto. Y para sorpresa de todos se marchó sin resolver por primer vez un caso. La maestra que no abrió el pico durante todo el interrogatorio y la tortura no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro.

Después de todo no éramos tan maricones. Eso, o por vez primera éramos todos inocentes.

Rodrigo Solís.