Opinión

¿Tenemos miedo a declararnos creyentes?

Publicada en InfoMelilla el 16 de octubre de 2008

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

Es evidente que España ha entrado, además de en una recesión económica de incalculables consecuencias, en algo mucho peor y, si me lo permiten les diría que de casi imposible solución si seguimos en la deriva que desde los poderes políticos vienen, con insistencia machacona, intentando introducir por aquella parte que más le duele a la sociedad y por donde puede hacer más daño, a través de nuestros jóvenes. Para ello no han dudado en utilizar los métodos más torticeros, los instrumentos más sofisticados y los medios más arteros para ir trasmitiendo a una juventud ya golpeada, desde su infancia, por la lacra de los divorcios, la separación de la compañía de los padres, fruto de la llamada “emancipación de la mujer”, y por los efectos demoledores de unos medios de comunicación, especialmente las televisiones, que no cejan de presentarles el ejemplo de un mundo donde los más fuertes, osados, duros y crueles son los que acaban venciendo y presentando, por el contrario, una imagen desnaturalizada de los valores que nos fueron trasmitidos desde nuestros ancestros mostrando la bondad como signo de debilidad; la caridad como ejemplo de estupidez y la templanza como un medio seguro de fracaso en la vida.

Así, ante este penoso escenario de la actualidad moral y ética que domina la mayoría de una ciudadanía, que ha cifrado todas sus esperanzas y proyectos en el bienestar material, en la ausencia de prejuicios y en la filosofía basada en un epicureismo extremo que aparta al individuo de cualquier consideración de tipo moral o ético, le inhibe de experimentar cualquier reacción positiva ante la desgracia del prójimo y le induce a buscar el placer, de cualquier tipo que sea, en los bienes de consumo, la sexualidad, la falta de compromiso para con la sociedad, el consumo de drogas, la delincuencia y la crueldad, si se terciara; para, con el mínimo esfuerzo, conseguir la máxima satisfacción de sus sentidos, relegando al último escalón de la escala de valores la decencia y la preocupación por los demás; muchos de nosotros hemos llegado a preguntarnos si todavía puede existir un remedio para conseguir que, como en tiempos de los cristianos de las catacumbas, aquellos que debían refugiarse en aquellos lóbregos habitáculos, sepulcros húmedos y mal olientes de el subsuelo romano, alguien asuma la cruz de elevar su voz por entre tanta inmundicia relativista, y vuelva a iniciar la tarea que se le encomendó a San Pablo de evangelizar a esta nueva sociedad laica, atea, indiferente o agnóstica que ha encontrado en el nihilismo su filosofía más acomodaticia.

Porque esta pereza de pensar, esta falta de preocupación que hoy gran parte de la sociedad, tiene por lo trascendente; esta indiferencia hacia lo que representa nuestro paso por la vida y lo que sucederá una vez traspasemos el umbral de la muerte, no se casa con la preocupación que la humanidad, desde los primeros tiempos de su existencia sobre la Tierra, ha venido demostrando por su destino final. Es evidente que si nos basamos en el supuesto de que todo se acaba, una vez volvamos al seno de la madre naturaleza, pocas esperanzas de ser felices, de que desparezcan las injusticias de la faz de la tierra y de que cada hombre se hermane con sus semejantes podemos tener porque, si fuera esta toda nuestra esperanza de conseguir lo más gratificante para nosotros no hay duda de que el que, por cualquier medio, incluso matando, torturando o dominando a los demás podría estar justificado dado que la moral y la ética no tendrían ningún fin que los justificase.

Es por ello que es sumamente necesario que, la Iglesia católica, pase a la ofensiva. No se me mal interprete, no se trata de que se vuelva a la Cruzadas ni nada parecido, pero sí parece de todo punto evidente que, en una tiempo en el que pensamientos destructivos y materialistas están socavando nuestras raíces cristianas y existen signos evidentes de que, desde los poderes públicos, no hay una preocupación por que la religión, especialmente la católica romana, sea mantenida; antes bien, se ponen todos los medios para intentar erradicarla y convertir a la ciudadanía en una masa laicista adoctrinada para seguir un determinado credo materialista, ateo y determinista expandido desde los mismos que nos gobiernan; parece que los pastores de la Iglesia deben ponerse en movimiento para adoctrinar a sus feligreses y proporcionarles las armas espirituales, teológicas y prácticas, para que se restituya a los fieles la necesaria revitalización de su fe que les lleve de nuevo a reaccionar ante esta abulia, encogimiento o miedo a demostrarse como seguidores de la doctrina de Cristo. Todavía somos muchos los que, con mayor o menor éxito, cayendo y trompicando más veces de las que quisiéramos, intentamos mantenernos en la práctica de nuestras creencias, aquellas que nos legaron nuestros padres y que nos hacen soportar los avatares de la existencia, confiando en que no todo puede acabar en un mundo lleno de injusticias, miserias, guerras, torturas y desatinos. En realidad, si todo consistiera en unos escaso años de vida, en un tortuoso camino hacia el momento final en que la Parca nos segara la vida con su guadaña; no nos quedaría más remedio que afirmar que estábamos ante la injusticia más grande del Universo y que la labor de la casualidad, el big-bang y todas las reglas de la física cuántica estaban basadas en el más horrible caos imaginable.

Miguel Massanet Bosch