Local
Comienza la Semana Santa de Melilla con el Pregón de Manuel Jiménez Brácenas
Ofrecido el sábado 28 en el Sagrado Corazón de Jesús
Publicada en MeliYa el 30 de marzo de 2009
MeliYa.com
El pasado sábado, día 28 de marzo, Manuel Jiménez Brácenas ofreció el pregón que da comienzo a la Semana Santa de Melilla en este 2009.
A continuación les ofrecemos el texto íntegro del pregón:
A Gregorio Castillo por hacerlo todo posible.
A Javier Calderón, por ser mi Hermano Mayor.
A Pepe Guerrero y Lucas Calderón por enseñarme a ser cofrade desde el Evangelio.
Por orden de la Agrupación de Cofradías de la Ciudad de Melilla, y según indica la Santa Iglesia Católica, siguiendo su calendario litúrgico,
A toda persona de buena voluntad, se hace saber:
Que en el presente año 2009 la llamada Semana Santa de los cristianos dará comienzo el día 5 de abril con el Domingo de Ramos y durante los días siguientes se recordarán y actualizarán los acontecimientos acaecidos a Jesucristo en Jerusalén durante su Pasión, concluyendo los mismos con el gozo de sabernos redimidos del pecado y de la muerte por tan glorioso Señor, el domingo 12 de Abril, solemnidad de la Pascua.
Y para que los cristianos preparen el espíritu para esos días se da a conocer este pregón en Melilla, a 28 de Marzo de 2009.
Ya está Manuel; ya está pregonada la Semana Santa.
Los corazones expectantes, las sayas limpiándose, los portadores tallándose y las camareras revisando los enseres, el alma preparándose a la penitencia y las flores abriéndose. Ya está Manuel, todo está casi a punto. Cada Junta de gobierno se preocupará de que todo salga a la altura de tan insigne Señor, no te preocupes… todo está casi a punto.
Déjame por tanto, que con esta tranquilidad, aproveche este rato para hablar contigo, para contarte lo que pasa por este corazón que tú trajiste a la vida en Ronda y que has madurado como sacerdote en nuestra querida Melilla. Déjame que te recuerde en mis Semanas Santas anteriores y que te añore en las próximas.
Y déjame, Manuel, que comparta este diálogo contigo con este grupo de amigos que nos hemos reunido en torno a ti. Déjame que les abra mi corazón y pueda así llevarles al tuyo, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero .
Muy ilustre Sr. Vicario Episcopal de Melilla
Excmo., Rvdmo. y sobre todo queridísimo, D. Ramón Buxarrais, obispo emérito de Málaga y Melilla
Excmas. e Iltmas. Autoridades civiles y militares
Sr. Presidente de la Agrupación de Cofradías
Hermanos Mayores
Compañeros en el Sacerdocio
Religiosas y Religiosos
Cofrades
Señoras y Señores
Hermanos todos:
Hosanna!
Es el canto que Jesús escuchó un domingo en que decidió entrar en Jerusalén. Y lo hizo como el rey que era: sobre el pollino que el profeta Zacarías anunciara . Jesús iría bajando por el Monte de los Olivos acompañado de los suyos y vería cómo se acercaba a Jerusalén, hacia esa puerta por la que, según la tradición, entraría el Mesías: La puerta por la que él iba a entrar en la ciudad tres veces santa.
Y vería a los niños que cantaban, a los hombres que alfombraban el suelo a su paso, a las mujeres que gritarían con júbilo, a sus discípulos que estarían anticipando la gloria que creían llegaría a su plenitud en esa ciudad.
Sólo Jesús sabía que cada paso que lo acercaba a la ciudad lo acercaba a su dramático fin. Pero ese fin, ya llegaría; el domingo, ese domingo, había que vivirlo con júbilo y alegría. Ese domingo era el pórtico de la salvación que se consumaría pocos días después.
Jesús sigue descendiendo, pero ya no es el Monte de Olivos sino que viene Batería Jota abajo. Y su objetivo ya no es Jerusalén, sino el corazón de los melillenses que ansiosos porque llegara la Semana Santa han subido temprano a la querida parroquia de La Medalla Milagrosa para ver salir a Nuestro Padre Jesús del Soberano Poder en su entrada en Jerusalén y María Santísima de Gracia y Esperanza.
Termina la misa en la parroquia y se llevan los últimos ramos de olivo. Me quito los ornamentos litúrgicos y ya estoy dispuesto para comenzar la procesión. La casa parroquial es un hervidero de gente dando los últimos retoques. Todavía no hemos salido y Paqui y las demás ya están listas para preparar los bocadillos. Pepito y Rocío tienen cara de cansados pero les brillan los ojos de satisfacción. Dentro de poco el brillo será de las lágrimas de emoción al ver salir del patio de la parroquia a la Pollinica. Los portadores están listos. Siempre la misma preocupación: “Aranda, Juan Antonio, José Francisco… ¿hay bastantes?” “Que sí, Manolo, que sí hombre, que hoy salimos”
Y sin apenas notarlo me veo arrastrado entre los dos tronos y decenas de encapuchados con túnica roja que rezan conmigo antes de la salida. Cuando doy la bendición elevo los ojos y los veo: es Jesús, montado en un asno, al que acompaña su pollinica; ahí está dispuesto a afrontar un año más su Pasión, dispuesto a comenzar a morir de nuevo por mí para una semana después darme la vida plena.
Y elevo los ojos y la veo también a ella; ¡cómo ha podido cambiar tanto desde que la vi en su capilla!. Ahora, subida al trono, tiene una cara distinta, bellísima, decidida a comenzar, ella también, un año más la Pasión. El manto, verde Esperanza; el rostro, hermosa Esperanza; las manos, oferente Esperanza. Esperanza de los cristianos, Esperanza de Melilla, Esperanza de la vida, que hasta el nombre lo tienes bonito:
Esperanza que ríe su pena, morena, Niña de Gracia llena Y Reina de la “alboreá”
Nos queda un largo camino por recorrer, pero cuando las fuerzas falten, siempre habrá alguien que grite: “Viva la Pollinica”, o algo así, y las ganas de llegar de nuevo a La Medalla Milagrosa renacerán en los que saben que todavía queda mucha Semana Santa por delante, para disfrutar, contemplar, vivir… rezar.
El lunes Santo nos trae una de esas muchas cosas que hacen de nuestra Semana Santa especial. Hoy no se va a una iglesia o casa de hermandad. Hoy Nuestro Padre Jesús ante Pilato está esperando su salida de la Mezquita del Toreo, que se convierte en Catedral de la Sentencia.
“Y, ¿qué es la verdad?” pregunta Pilato antes de lavarse las manos sin saber que la Verdad eres tú, Señor. Y como Tú hoy estás atado, la verdad también queda muchas veces atada. Aquí tienes a unos cristianos que quieren desatarte las manos, Señor de la Sentencia. Aquí tienes unos cristianos que quieren liberar la verdad. En la noche del Lunes Santo todos nos sentimos un poco como Pilato: nos lavamos las manos ante el compromiso, ante la injusticia, ante el sufrimiento de los demás. Ya tenemos nuestras propias preocupaciones, como pensaba Pilato, para preocuparme por ti. Y sin embargo, ahí estás Tú: escuchando la sentencia condenatoria que yo firmo cada día cuando no vivo tu Evangelio. Por eso, cuando comienzas a bajar las escaleras de la Plaza de Toros, mi sentimiento es de culpa, de ser cómplice de tu mal; y necesito acompañarte para que tus manos atadas desaten la verdad de mi corazón.
En el camino me acompañan unos penitentes muy especiales. Son el futuro de la Semana Santa. Ahí va Adrián que no levanta dos palmos del suelo y a las cámaras de televisión le dice que “no se cansa de ir en la procesión porque está muy a gustito”. Y va abriendo camino para que el capataz, que es su abuelo Paco Verdugo, no tenga problema al llevar el trono. “Abuelo” le grita “ten cuidado con la Sentencia que aquí hay un agujero”. Adrián, como otros muchos chiquillos, nos devuelven la ilusión por trabajar por nuestra Semana Santa.
Que sí, que esto tiene sentido; que sí, que esto merece la pena; que sí, que esto tiene que seguir: que se lo debemos a tantos niños que hoy acompañan nuestras procesiones y sueñan con que mañana ellos serán los que carguen a sus hombros la Pasión de Melilla.
Martes Santo es un día muy especial para los curas. Tomamos un avión temprano y nos vamos a la Catedral de Málaga. Allí celebramos, unidos al Sr. Obispo, la Misa Crismal. Renovamos nuestras promesas sacerdotales y recibimos los óleos sagrados para celebrar los sacramentos durante todo un año en nuestras parroquias.
Se siente uno portador de la gracia del Señor que se hace perfume en estos aceite con que serán bautizados los niños de Melilla, se confirmarán los jóvenes y hallarán alivio espiritual los enfermos. Y cuando aterrizamos en Melilla… a prepararse, que hay que ver al “Humillao”.
Los soldados quisieron burlarse de ti y sin saberlo, de su mofa, hicieron testimonio. Te vistieron como a un rey para reírse de ti y como Rey que eres te presentaste. Eres el “Humillao” pero no porque nadie te humille, sino que Tú mismo, en tu humildad y sumisión a la voluntad del Padre te humillas para hacerte solidario con tantas personas pisoteadas por el poder y la fuerza.
Porque Tú te humillaste concediste dignidad al que es humillado, y tu imagen como humillado nos recuerda nuestro compromiso en la lucha por la justicia social, la lucha contra la droga, la violencia de género, la explotación infantil, los desequilibrios económicos y sociales….
Tú imagen me recuerda, como magníficamente expresó José Luis Blasco, que “te busqué, Señor, durante muchos años y te encontré Humillado, ¡brutalmente Humillado! Mucho más de lo que nadie podía pensar” y “en tus ojitos de niño y tu cara de soldado, vi la humanidad muriendo, muriendo entre mis brazos” .
Tras burlarse de ti, te cargaron con la cruz y empezaste la Vía Dolorosa camino del Calvario.
Señor, qué emoción recorrer tus mismos pasos por Jerusalén cargando también con una cruz, acompañado por todos los peregrinos que el verano pasado llegamos a Tierra Santa. Allí estaba la cruz, esperándonos, y si pensarlo me abalancé sobre ella y en el mismo lugar donde fuiste sentenciado me sentí Nazareno como tú el Miércoles Santo.
Otra vez la Plaza de Toros, otra vez la emoción, otra vez tu rostro… pero ahora cargas con la cruz y los hombres de Melilla desean ponerse bajo tu trono para hacerte de cireneo. “El Nazareno va solo” comenta el capataz. Y es verdad, solemnemente te deslizas por las calles de Melilla con tu cruz a cuestas. “Ayudadme en esta carga, que yo solo ya no puedo; me pesa el dolor de los hombres y el cansancio de los buenos” nos dices con tu cara suplicante. Pero no suplicas que te quiten la carga; suplicas que nos amemos. Esa es la única manera de descargarte del peso de una cruz que aceptas sin reparos pero deseas compartir con quien quiera llevarla contigo.
Nuestro Padre Jesús Nazareno que me has bendecido desde la querida parroquia de La Purísima; Jesús Nazareno que dejas tu sitio al monumento eucarístico, enséñame a ser cireneo, enséñame a llevar la cruz de cada día y a seguirte, renunciando a mí mismo para que pueda salvar mi vida .
Delante mía va un niño: se llama Luis y de vez en cuando pregunta a su abuelo: “¿Y la Virgen?”. Y Carlos Castañeda responde: “Detrás del Nazareno”, y Luis se vuelve a mirar y ve a la Virgen de los Dolores y ve a su padre que lleva a hombros al Nazareno y que le dirige una sonrisa. Tres generaciones de cofrades unidos en una misma procesión que nos recuerda la importancia de la transmisión de la fe en la familia. Tres generaciones de Semana Santa de Melilla que apuesta por el futuro de nuestra Semana Mayor y lo aseguran con entusiasmo y esfuerzo. Tres generaciones que recuerdan otros tiempos, cuando la Virgen de las Lágrimas salía a hombros de portadores. Hoy tiene que procesionar sobre ruedas y sus lágrimas se derraman por su Hijo y por nosotros, sus hijos, que la hemos olvidado.
“María Santísima de los Dolores”, que tus lágrimas reblandezcan mi corazón endurecido por el pecado, la rutina, la falta de ilusión, el desánimo. Que te pueda prestar mis lágrimas para que sigas llorando por estos tus hijos que necesitan del consuelo de una Madre. Que me clave las uñas en el corazón cuando vea resbalar las lágrimas en tus mejillas y me comprometa a secártelas cambiando de vida, convirtiéndome al Evangelio, testimoniando a tu Hijo, siendo mejor persona, mejor cristiano, mejor cofrade.
Jueves Santo : Día del Amor Fraterno, institución de la Eucaristía y el sacerdocio.
En el oficio de la tarde llega un momento muy significativo para mí: me despojo de la casulla que me pusieron el día de mi ordenación sacerdotal y, de rodillas, lavo los pies a doce miembros de la parroquia como hizo el Señor con sus discípulos. Mientras los lavo doy gracias a Dios por todos y cada uno de estos amigos y me vienen al recuerdo momentos pasados con ellos. Y me alegro en ti, Señor, y te doy gracias porque me llamaste para ser sacerdote. Ayúdame a ser siempre el cura que Tú quieres de mí, sirviendo a la Iglesia de balde y con todo lo mío .
Terminado el oficio realizo la procesión hasta el Monumento sujetando fuertemente sobre mi corazón tu Cuerpo Eucarístico. Adelanto así lo que en breves momentos viviremos en la calle.
El Flagelado, el Cautivo, el Cristo de la Paz: como las tres potencias que llevas en tu cabeza, las tres heridas con las que llegó , tres imágenes de tu Pasión. ¿Quién pasa ante por la avenida, quién después? ¿A quién nombro antes, a quién después?
Del barrio de la Victoria baja el Cautivo, de Santa María Micaela viene el Rocío. Les queda un largo recorrido pero esa cofradía es incombustible. Ellos pueden con todo, y lo saben. Y es que el Cautivo, es mucho Cautivo, y el Rocío, no digamos, y de Gregorio y su gente, ¿qué os voy a decir? Que son muy serviciales, muy entregados, muy enamorados del Cautivo y de la Virgen del Rocío.
Ahí viene María Santísima del Rocío:
Viene a lo lejos Llena de luz Blanca de azahar Y es un reflejo De sol en la “madrugá”
¿Qué tienes Rocío que el Jueves Santo lloras tu pena y en tres días reirás alabando a Dios? Eres tú la que nos anima en la Pasión, la que nos anuncia que el desenlace trágico tendrá un final feliz: el mejor, el triunfo de la vida y el amor. Pero esta noche no; el Jueves por la noche la tristeza embarga tu corazón siguiendo a tu Hijo maniatado. La gente te mira y te reza y te comprende y te acompaña con tu Hijo, con el Cautivo.
Y otro cautivo lo espera más que nadie. Mirad si es grande el Cautivo que todos los años cambia la vida de, al menos, una persona. Un cautivo como él, que ya ha pagado su deuda con la sociedad, es libertado por la Justicia. Es un acto solemne, emocionante y profundamente espiritual. Esa liberación de la que tanto hablamos los curas en nuestras homilías se hace realidad literalmente ante nuestros ojos. El Cautivo ata sus manos para que alguien desate las suyas y viva de nuevo en la sociedad.
¡Qué gran ejemplo, Jesús Cautivo, que Tú te pongas en el lugar de un preso!. ¡Qué gran lección! Si puedes hacer que un recluso recupere la libertad, ¿no vas a tener poder para liberarme de mis pecados? El Evangelio se hace realidad de forma asombrosa en ese momento y recuerdo tus palabras: “Nadie te condena, yo tampoco. Vete y no peques más” . Y te vas, Cautivo de nuevo a tu barrio, llevándote la condena del preso y mi pecado perdonado.
El padre Javier no tiene apenas tiempo de terminar el oficio del Jueves Santo y ya está llamando a la puerta del patio de La Milagrosa para que salga el Flagelado. –Javi, que no llueva este año-Nuestro Padre Jesús de la Flagelación y Nuestra Señora del Mayor Dolor dejan La Medalla Milagrosa y bajan a enseñarnos la Pasión en carne viva.
Moisés pidió ver el rostro de Dios y Yahvé le concedió sólo ver la estela que dejaba a su paso y su espalda, la espalda de Dios . El Flagelado también nos muestra la espalda de Dios: llena de los latigazos de nuestro egoísmo, del flagelo de nuestra soberbia. Apoyado en su columna nos pide que seamos la columna de amor donde los hermanos encuentren apoyo ante el azote de la vida. El Flagelado ofrece su espalda a los que le golpeaban y lleva nuestros dolores, soporta nuestros sufrimientos .
Me llama la atención el dedo índice de la mano izquierda del Flagelado. Mientras su cara y su cuerpo traslucen el dolor, ese dedo parece que te está señalando. “Por ti” -dice ese dedo salvador- “por ti me entregué” . Y esa entrega fue por amor, por el amor más puro que nadie, nunca pudo imaginar. Jesús Flagelado se sigue entregando cada Jueves Santo, nos sigue señalando y amándonos, y a cambio, nosotros añadimos nuevos latigazos a su maltrecha espalda:
uno, por mi falta de compromiso, dos, por olvidarme de la Cofradía el resto del año, tres, por mi desidia en el trabajo cofrade, el cuarto, por mi indiferencia ante el hermano el quinto, por la no participación eclesial, el sexto, por mi insolidaridad siete, por no ser instrumento de tu paz …
Y así hasta completar los nuevos treinta y nueve latigazos con los que condeno a Jesús en mi vida.
Y después llegas Tú:
Bello hasta más no poder, digno como nadie conoció, regio como te corresponde, majestuoso, elegante… llegas Tú que traes la luna cuando es preciso .
Tú que has sido mi compañero durante cinco años que viví en esta parroquia; Tú que te reflejas en el Sagrario donde día a día he puesto mis alegrías y penas; Tú que te has introducido en el cáliz al celebrar la Eucaristía; Tú que con los ojos cerrados ves mejor que nadie mi corazón.
Llegas Tú, Señor de la Avenida, Amor de la luna llena, Galileo de la noche de Melilla, Hijo de la Soledad, entraña del Sagrado Corazón, Tú: Cristo de la Paz.
Cómo no voy a quererte si has sido mi consuelo y mi gozo; si me has dejado abrazarte junto a mis hermanos cofrades para descolgarte de tu capilla. Cómo no voy a quererte si en el duro momento de la despedida fue tu mano cogida a la mía la que me dio ánimo; cómo no voy a quererte si uno de los varales de tu trono se llama “Pepe Guerrero”, si tu capataz lleva mi mismo nombre, si Salva López es tu cireneo, si la Junta Joven te ha portado, si vas con los hermanos de mi cofradía… cómo no voy a quererte si con tus brazos abiertos abarcas toda mi querida Melilla; cómo no voy a quererte si siendo el más grande no te importa parecer el más pequeño.
Además se me nota: “cuando el Cristo de la Paz sale de la Plaza Menéndez Pelayo, el cura se pone ancho, se le hincha el pecho y no puede menos que sonreír” me ha dicho alguno. Se me nota, qué le voy a hacer: ahí está, ese es el que da sentido a mi vida, el que se subió a la cruz, el que “sobre un árbol abrió sus brazos bellos y muerto se ha quedado asido dellos, el pecho del amor muy lastimado” . Ahí está, ese es mi Cristo, mi Cristo de la Paz.
Ahí está, Cristo Rey en su trono que es la cruz: la belleza hecha Pasión, el Evangelio hecho hermosura. Ahí está el corazón emocionado, la noche de luna llena y el Cristo de la Paz entrado en la Avenida al compás de “Campanilleros”:
Pasa la Gracia Pasa la Paz Pasa el Amor Pasa Melilla Pasa Cristo mi Señor
Para el sacerdote el Viernes Santo comienza con un momento especialmente intenso. La oración postrado en tierra recordando el momento de la muerte del Señor. La lectura de la Pasión según San Juan va seguida de la adoración a la cruz: es el único momento en que la Iglesia permite a los cristianos adorar algo que no sea la Santísima Eucaristía. El árbol de la cruz nos recuerda lo inmerecido por nuestra parte del gran sacrificio de amor que hizo Jesucristo y pone en evidencia las limitaciones de nuestro amor ante tamaña entrega.
Cuando termina el oficio espero que llegue el momento cumbre de esa noche: ver a la Señora en la calle. En la plaza Menéndez Pelayo me encuentro con un amigo que, como yo, está ansioso porque lleguen las once de la noche. Decidimos irnos juntos a ver los desfiles procesionales de las cofradías hermanas. Mi amigo está muy débil y tiene que apoyarse en mi brazo. Muy despacio nos dirigimos hacia la Plaza de Toros. Mientras caminamos voy contándole chismes y anécdotas de Melilla a mi amigo para que se ría un poco y olvide por un rato los males que tiene. Al pasar por la puerta del Parque Hernández mi amigo, con sus pocas fuerzas, aprieta mi brazo con emoción contenida.
- Ahí vienen, Manolo.
Los que vienen son ellos: un grupo de hombres, vestidos de oscuro que caminan deprisa, se diría que incluso nerviosos; son ellos, “los de la gomina”, mis hermanos de Cofradía que acaban de recoger al Hermano Mayor y se dirigen hacia el Sagrado Corazón. Y mi amigo, entre risas y alguna lágrima, les hace bromas. Y ellos se alegran de vernos y nos emplazan para dentro de un rato.
Mi amigo y yo seguimos hacia la Plaza de Toros. No se quiere perder la salida del Santo Entierro, como si con ello estuviera presintiendo y aceptando el suyo propio. Y comienza la solemnidad de la procesión.
El protocolo de la procesión oficial da empaque y sobriedad. Marcelo lo tiene todo preparado y ya sale el Cristo del Socorro, Cristo de las buganvillas abriendo el desfile procesional. Todos han trabajado mucho, pero dejadme que nombre con cariño y agradecimiento el trabajo de las queridas Carmela y Tere. Un trabajo callado y discreto, no sólo este día de procesión sino todo el año de forma incansable y magnífica en la iglesia del Pueblo. No lo dudéis: sin ellas, ese pedazo de historia de Melilla no se conservaría como es debido.
Recuerdo la emoción al entrar con ellas en el Santo Sepulcro de Jerusalén, de celebrar la Eucaristía al lado del Calvario y de cómo nos acordamos allí de nuestro Santo Entierro de Melilla. Ese Jesucristo muerto que, en palabras de Carlos Castañeda, no acaba de cerrar los ojos como si se resistiera a dejar de ver Melilla. Y me viene a la memoria aquel beso que, recordando los versos, di a la losa del Santo Sepulcro:
Quedeme y olvideme, El rostro recliné sobre el Amado, Cesó todo y dejeme Dejando mi cuidado Entre las azucenas olvidado.
María Santísima de los Dolores en su Soledad llorará a su Hijo muerto por las calles de Melilla y en la esquina de General Pareja con la Calle O’Donell se parará debajo de un mirador desde el que Paco Pérez Álvarez y su esposa Lupicina le rezarán con lágrimas en los ojos y emoción desbordada. Y en silencio la colmarán de piropos y alabanzas, y su corazón cofrade se entregará de nuevo a la causa del Evangelio.
Mi amigo y yo hemos ido caminando despacio hacia la Avenida buscando a La Piedad. Allí está ella: una mujer como todas, que se ilusionó con traer a su Hijo al mundo, que lo parió, lo crió, le enseñó a rezar y a ser un hombre de bien, que se sintió orgullosa de Él y que lo quiso más que nadie con absoluta entrega y generosidad sin límites. Y ahora lo sostiene en sus brazos como hizo tantas veces cuando era pequeño; pero ahora es un hombre adulto y el aliento se le ha escapado de los labios.
El que era la Vida yace sin vida en brazos de su Madre que acepta la voluntad del Padre mientras los puñales profetizados atraviesan su corazón . Y la vemos alejarse camino de la parroquia castrense bendiciendo a su paso a todas las madres que sufren y se entregan por el bien de sus hijos.
Ha llegado la hora y mi amigo y yo entramos en el Sagrado Corazón. Es el momento de la oración y la de mi amigo es más intensa que nunca. Ya no tendrá fuerzas para acompañar a la Señora todo el trayecto, pero intentará ir con ella mientras pueda. Sabe que el año que viene, quizá no pueda estar con ella, y efectivamente el año siguiente estaremos llamando todos al teléfono de mi amigo, y él, desde un hospital lejano vivirá su última procesión de la Soledad en este mundo. La siguiente la verá desde el Cielo.
Mi amigo cofrade, ya lo sabéis, se llama Ángel Morán, pregonero de honor; y como dice mi Hermano Mayor, Kiko Calderón, hoy está en el mejor de los palcos escuchando a este indigno pregonero que no puede más que recordarle con cariño, reconocimiento y gratitud por su sabiduría, su fe, su espíritu de sacrificio y lucha y sobre todo por su amistad. ¡Gracias Ángel!
Rumor de pisadas en la oscuridad del templo, silencio roto por la letanía, la noche sosegada, la música callada y tres golpes de aldaba que resuenan en el alma y que debe ser lo más parecido a llamar a las puertas del cielo .
La lanza atravesó el pecho del Crucificado , el velo del Templo se rasgó y las puertas del Sagrado Corazón se abren de par en par para que salga ella. Sobre orquídeas que no eclipsan su belleza, azabache de ropa, dispuesta a afrontar la madrugada remota .
-“Miradla”- dice el Hermano Mayor mientras los portadores la bajan por los escalones de la iglesia.- “Miradla”. Como si pudiéramos apartar la vista de ella, como si tuviéramos ojos para algo más que no sea ella. “Miradla” y cientos de ojos en la plaza ven cómo la Señora de Melilla sale a bendecir nuevamente la ciudad con sus lágrimas.
“Soledad ¿por quién preguntas sin compaña y a estas horas?. Soledad, ¿qué pena tienes, que pena tan lastimosa?” “Voy a decirle a Melilla que aquí llevo la corona de espinas de mi Hijo. Que es para ti, Melilla; que si mi Hijo la llevó en la cabeza, yo a ti, Melilla, te llevo en el corazón”.
Y Melilla lo sabe. Y Melilla no deja sola a la Soledad. Y allá va con ella, rezando el Rosario. Yo voy también mirando siempre su manto y escuchando a mis hermanos de Cofradía responder a mi plegaria, Lucas Calderón a mi derecha y Pepe Guerrero a mi izquierda. ¿Es que se puede pedir más esa noche?
Y en el callejón de la Soledad, Melilla se hace con la Soledad y pasa quién quiera, sin importar ni siquiera la religión, a soportar sobre sus hombros el amor de la Virgen. A mi me deja su sitio Miguel Calderón y Mari Ángeles no olvida guardarme un clavel para clavarlo en el corazón.
“Camareras de la Soledad, qué guapa va este año”. Sólo le veo la cara cuando el elegido para desagraviar a la Virgen hace oración nuestros sentimientos. Y ella, la Señora, lo escucha atentamente, y pareciera como si las lágrimas se secaran por un instante al sentirse confortada por las palabras de consuelo. Y su cara reluce de amor a toda la Avenida que le ha abierto trecho como una candelaria viva con esas miles de velas que le indican el camino hasta nuestro corazón.
“Vámonos, Señora, que la madrugada está al caer. Vámonos, Señora, que el sábado se nos viene encima. Vámonos, Soledad, que estamos amenazados de Resurrección. Vámonos rezando para el Sagrado Corazón que Carlos Grandal ya te está esperando para cantarte:
Salve Regina”
Día extraño el de Sábado Santo. La parroquia está cerrada todo el día recordando aquella losa que selló el sepulcro donde Jesucristo yacía muerto. Pero al igual que en aquel sepulcro la muerte estaba empezando a germinar en Vida eterna, en el interior de la parroquia ya huele a Resurrección. El interior de la parroquia es un bullir de gente que quiere colaborar para que por la noche todo esté dispuesto:
“¡Aurora, que hay que limpiar las alfombras! ¡Isa, que hay que raspar la cera de los candelabros! ¡Dorita, que brillen los vasos sagrados! ¡Silvia, que las flores estén bien puestas! ¡Marías de los Sagrarios, sacad el mejor mantel!”
Todo es poco para lo que se va a celebrar esta noche. Y cuando vela a vela la oscuridad nocturna de la iglesia se va rasgando por la luz que portamos cada uno, la luz que es Jesucristo, la sensación de alegría, de gozo, de Resurrección no cabe en el alma. Y cuando todas las luces de la iglesia son encendidas y las campanas repican y se canta el Gloria, no cabe más que sentir que Cristo ha resucitado y que nos invita a comenzar de nuevo, buscando ser mejores personas y la felicidad que tanto ansiamos y además nos merecemos.
El gozo se desbordará la mañana del Domingo de Resurrección cuando de La Medalla Milagrosa salga el Resucitado con sus ojos elevados al cielo y sus pies firmemente asentados en el suelo bendiciendo a toda Melilla con la paz. ¡Qué gozo, qué alegría! Que en la Plaza de España vamos a ser testigos del encuentro que los evangelistas nos negaron: el de Jesús Resucitado con su Madre, la Virgen María, que este día se llama Rocío, pero que es también Esperanza, Lágrimas, Mayor Dolor, Dolores en su Soledad, Piedad y Soledad. Y la plaza es un hervidero de gente que quiere participar de la alegría de ese encuentro; y ya no hay tensiones, y ya no hay nervios, y ya no hay agobios sino felicidad y alegría porque otro año más hemos podido ver, sentir, vivir nuestra Semana Santa. Y Melilla entera se alegra y la ciudad sonríe, y desde el puerto la brisa nos renueva el alma, y desde Cabrerizas la luz nos embriaga los sentidos, y desde el Real la vida nos invita a sonreír, y desde el Bario de la Victoria nuestros miedos son liberados, y desde la Avenida en sentido común nos dice que no hay ciudad más hermosa, más abierta, más alegre, más respetuosa, más integradora, más acogedora, más feliz que la Ciudad de Melilla, que el Domingo de Resurrección ha visto a su Señor, rival del sol, vencedor de la muerte y del pecado redentor.
Ya está Manuel; ya te he contado lo que quería. Ahora te pido por este pobre cura que quiere ser siempre amigo y servidor tuyo, que quiere ser reflejo de tu amor. Y te pido por ellos, la buena gente de Melilla, ellos que te quieren tanto. Escúchalos, no los dejes desamparados. Atiende a sus súplicas, renueva sus ilusiones, fortalece su esperanza, aumenta su fe y hazlos fuertes en el amor.
Y a vosotros, mis queridos amigos, os deseo una inmejorable Semana Santa, pero sobre todo deseo la bendición de Dios sobre vosotros y vuestras familias.
HE DICHO
Manuel Jiménez Brácenas