Opinión
De Navidades y de Fiestas de Invierno
Publicada en InfoMelilla el 24 de diciembre de 2009
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.
Remitidos
Cualquiera que se haya interesado mínimamente por la Mitología, habrá oído hablar de las Saturnales. Saturno fue un dios romano que primero luchó contra Júpiter, que perdió la batalla, que fue encarcelado en el Tártaro y que luego, así eran las cosas entre los dioses, parece que se reconcilió otra vez con el rey del Olimpo. Al parecer, fue él quien enseñó a los hombres el cultivo de la viña del que tanto nos hemos beneficiado la raza humana. En este mes de diciembre los antiguos romanos acostumbraban a celebrar las Saturnalias con una curiosa tradición: durante estas fiestas se invertían las posiciones sociales, o sea, los esclavos daban órdenes a sus amos y estos debían obedecerlas, incluso sirviéndoles la mesa. Este comentario viene a colación con unas nuevas tendencias, fruto de la llamada laicización de la sociedad española que, al parecer, resulta ser que, para aquellos que se han propuesto desterrar de España cualquier vestigio de la religión católica y eliminar cualquier signo que la pudiera recordar ( veamos la reciente propuesta de eliminar los crucifijos de las escuelas), les molesta, se sienten incómodos y les buscan los tres pies al gato que se sigan denominando Navidad la fiesta cristiana en la que conmemora el nacimiento del niño Dios. No cejan en su empeño, estos paganos de pacotilla, de intentar saturnizar esta celebraciones de tan arraigada raíz cristiana y que tantos siglos viene celebrándose en todas las naciones de mayoría cristiana – no sólo las católicas – de intentar desacralizarlas, desproveerlas de su faceta espiritual, trufarlas de prácticas mundanas y de diversiones pantagruélicas, para que así les sea más fácil despojar, a estas fiestas tradicionales, de una de sus características fundamentales: la reunión de toda la familia, el acercamiento de las personas que se quieren y la reconciliación de aquellos que se han distanciado entre sí que, con motivo de estas fiestas entrañables, olvidan rencillas, suavizan fricciones y se tienden la mano unos a otros.
Es evidente que, para aquellos que promueven el aborto, que alaban como doctrina única el relativismo, que no quieren aceptar más religión que su propio bienestar, su egoísmo antropológico, su epicureismo materialista y su carencia de metas metafísicas; el hecho de que existan quienes creen en algo trascendente, un lugar innominado que traspase los límites de la materia, donde las injusticias de esta Tierra sean compensadas; para que no queden entronizadas las fuerzas del mal como vencedoras del bien; les causa malestar, les presenta problemas con su conciencia y les patea el hígado ver que existen personas alegres y esperanzadas que piensan que esto sólo es un mal trago que hay que pasar, haciendo el bien, para luego recibir una justa compensación. Por supuesto que cada cual es libre de pensar lo que le de la gana y de hacer de su persona lo que le plazca pero, eso sí, respetando las ideas, creencias religiosas, las costumbres y tradiciones que forman, no sólo un pensamiento determinado, sino el acervo cultural trasmitido de generación en generación durante miles de años. Si hay regiones que piden su completa autonomía basada en determinadas singularidades costumbristas, lingüísticas, tradicionales e, incluso, culinarias; a nadie debería de chocarle que los católicos reclamemos el respeto absoluto a nuestros valores religiosos. Si hay quien desee celebrar sus Bacanales en lugar de las Navidades ¡que lo haga, en hora buena!, pero que no pretenda cambiar, de un plumazo, una tradición milenaria sólo porque no le resulta agradable que la familia se reúna sentados a la mesa, con guirnaldas en las lámparas y escuchando villancicos; cosa que, por cierto, se celebra así en muchas de las naciones del mundo civilizado, incluso en los EE.UU. del señor Obama.
Y ya que estamos en ambiente navideño y hablamos de la religión católica creo que ya sería hora de que estos señores socialistas que nos gobiernan, en lugar de criticar a los obispos porque defienden la vida de los nasciturus, o meterse con el Papa por cualquier nimiedad con la que puedan ensañarse, sería mejor que se refirieran a la gran obra de Cáritas Diocesana, una institución que en el 2008 ha prestado ayuda, nada más y nada menos, que a 800.000 necesitados. Una cifra que ha estado a punto de desbordarlos pero que, gracias a la ayuda de la Jerarquía eclesiástica y de los fieles católicos, ha podido superarse para ser capaz de atender a semejante multitud. Tampoco olvidemos otras obras parroquiales o de instituciones religiosas que han contribuido a crear y mantener comedores para indigentes, cada vez más concurridos, no sólo por los habituales sin techo, sino por esta nueva generación de pobres vergonzantes creados por la crisis, en la que han quedado incluidas personas que mantenían un estándar de vida aceptable y que, por las vicisitudes de la vida, se han visto obligadas a acudir a la caridad de dichas instituciones.
Sería conveniente que organismos como los Sindicatos o estos progresistas de izquierdas, que tanto claman contra los ricos y los empresarios, nos explicasen qué es lo que hacen ellos, aparte de protestar contra la derecha, para ayudar a estas personas necesitadas. Es muy curioso ver a los señores Méndez y Fernández Toxo pedir milagro a la patronal y, al mismo tiempo, observar lo poco que se implican los sindicatos en el tema del desempleo y lo ajenos que se encuentran respecto a buscar la forma de generar empleos, en lugar de pedirle al Gobierno que siga subvencionando el desempleo para lo cual no han dudado de ponerse de acuerdo con el Ejecutivo para que aumente los impuestos lo que, como es sabido, siempre repercute especialmente sobre la gente trabajadora de la sufrida clase media. Otra cosa que me tiene muy intrigado es saber de lo que viven, quién les paga, cómo se las arreglan para trasladarse de una nación a la otra, quién les da las consignas y cómo es que siempre sean los mismos, todos estos levantiscos, agresivos y desmandados protestones, que acuden a todas las cumbres políticas, que se manifiestan en cualquier evento político y que se oponen, sistemáticamente, contra “el calentamiento global” o sobre “la globalización”, tomándose sus actuaciones como si se tratase de una fiesta, en la que está permitido destrozar mobiliario urbano, enfrentarse violentamente a la policía y luego lamentarse de la “brutalidad de las cargas policiales”. Son una sangría para los ciudadanos, como lo son los 300.000 liberados que trabajan en los sindicatos (perdón, me equivoqué: que pululan por los edificios sindicales) mientras los empresarios se ven obligados a pagarles sus salarios, incluso primas de producción, sin que den golpe ni aparezcan por el tajo de trabajo.
Y todos estos, junto a la señora Pajín, que cada vez que habla en un mitin muestra su faceta de sindicalista, pero le falta, sin duda, demostrar que, en verdad, sabe de lo que está hablando; puesto que sus intervenciones públicas se pueden calificar por su carencia de rigor, su absoluto sectarismo y su incapacidad absoluta para hacer otra cosa que marear la perdiz ante una audiencia preparada, de antemano, para aplaudir todo lo que les digan mientras sea contra el PP, los curas y los empresarios, los tres cocos de la izquierda socialista. Pero, señores, estos son los que quieren borrar del calendario las Navidades para implantar de nuevo las Saturnalias paganas. Enhorabuena.
Miguel Massanet Bosch