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Transportes.
La C.O.A., 84 años de servicio a Melilla con vocación de seguir en el tajo
El accionista era Rafael Álvarez Claro –posteriormente alcalde de Melilla- y el general acabaría fusilado años más tarde, hablamos del general Romerales.
Publicada en MeliYa el 8 de octubre de 2011
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La Ciudad Autónoma abre el procedimiento de adjudicación de los servicios de transporte urbano, una cuestión, administrativamente legal y obligatoria pero no hay que perder de vista lo que, a lo largo de 84 años, sí 84 tacos de vida de la Cooperativa Ómnibus de Automóviles (COA) dedicados al servicio de los melillenses y un poco más, cuando esta ciudad era parte del Protectorado. No nació como cooperativa sino como sociedad anónima, OAMSA, lo hizo en 1.927 para desaparecer, por litigios laborales y económicos con su plantilla a comienzos de la década de los 30, vaya tiempos…En plena crisis empresarial –eso sí que era una crisis y no la de ahora- un accionista de OAMSA y el comandante general propiciaron la disposición de un local en la calle del Teniente Aguilar de Mera.
El accionista era Rafael Álvarez Claro –posteriormente alcalde de Melilla- y el general acabaría fusilado años más tarde, hablamos del general Romerales, comandante general de Melilla que vivió la sublevación del 36 pagándola con su sangre por lealtad a la Constitución. No se habían cumplido 10 años de su estancia en Aguilar de Mera cuando la COA tiene que abandonar sus almacenes y compra, por 200.000 pesetas, un local en la calle de Montemar, lo que ha sido ‘Casa Montes Hoyo’.
Nace, pues, la Cooperativa Ómnibus de Automóviles bajo la presidencia de Rafael Gallego, quien junto a dos socios, se traslada a Alemania –vaya tiempos para viajar a Berlín- y compra cuatro chasis con otros tantos motores Mercedes Diesel de cuatro cilindros. Duró poco la alegría porque, el mismo día de la sublevación, el 17 de julio de 1936, el Ejército requisa dos autobuses. La guerra trajo carencias de materiales y recursos y los cooperativistas de la época se convirtieron en auténticos artesanos para mantener rodando a sus autobuses.
Pero acaba la Guerra Civil y comienza la Segunda Guerra Mundial. No había gasolina ni en las lámparas de las casas y hubo que recurrir al gasógeno a través de la combustión de leña o carbón vegetal en depósitos adosados a la parte trasera del bus. Y eran tiempos difíciles porque, al no existir concesiones oficiales del servicio, la COA tuvo que solventar enfrentamientos e incluso sabotajes con otros transportistas que operaban en las líneas del Protectorado.
Han pasado los años, la cooperativa sigue viva, aunque les cuesta lo indecible, ha mejorado su flota y sigue cumpliendo una función social que sólo prestan las cooperativas y, sobre todo, las cooperativas enamoradas de una ciudad de la que son verdaderos especialistas. Quienes vayan a decidir la concesión del servicio de transporte urbano para el futuro están obligados a aplicar criterios legales pero ¿y el corazón?, ¿tiene lugar el corazón en la frialdad de las cláusulas de contratación?.