Local · Medio ambiente
Parque.
Las sugerentes y hermosas fuentes del Parque Hernández
Por los tres rincones de ese triángulo de oro hay sensaciones diferentes, cada cual se puede imaginar lo que le dé la gana.
Publicada en InfoMelilla el 23 de noviembre de 2011
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Las aguas nocturnas del parque no son las mismas que las diurnas. Hombre el H2O es el mismo, la misma sustancia que se recicla una y otra vez. Se van y vuelven las mismas pero las nocturnas tienen la magia del color. Acompasadamente cambian el croma y se ven preciosas. Se crea en el Parque una fusión de sensibilidad, de cuento -diría yo- como si se penetrara en otro mundo desconocido y estimulante. Por los tres rincones de ese triángulo de oro hay sensaciones diferentes, cada cual se puede imaginar lo que le dé la gana, seguro que acierta, porque las aguas del Parque del general Venancio Hernández tienen un común denominador: Se puede imaginar uno sus deseos con placidez y remanso, aunque las aguas, no. Sin embargo, fluyen con alegría y complicidad.
Para poco remanso, por ejemplo, el géiser que se acerca a la farola conmemorativa de la creación de la instalación ajardinada, sí el de la música. Emerge con poderío a los ajustados sones musicales -que deberían ir cambiando, por cierto, siempre son los mismos temas- y se hace rodear de grandísimos chorros de escolta, es como si fueran los ayudantes del comandante general que rodearon, en sus tiempos, a don Venancio Hernández. Junto a esa panacea de música, color y humedad, se sitúan unos nuevos bancos para la contemplación, el pensamiento o, incluso, para una naciente historia de amor entre tórtolos que, contagiados por el ambiente, se dan su primer beso. Otrora, de ahí nacieron familias felices. Hoy, el géiser, al margen de sus escoltas, tiene dos hileras de acceso que echan agua a un metro, como si se tratara la alfombra roja del medio natural.
El Parque recibe a todos con dos abanicos acuíferos en sus sendas entradas. La del kiosco de 'Emilio' -¿se acuerdan?- y la de la desembocadura de la calle de Villegas, me niego a pronunciar la antigua calle del Teniente Coronel Seguí. Coño, lo he diho. Emergen sus chorritos a la par. Uno de los abanicos abre paso en dirección al acceso a la calle del alcalde don Luis de Sotomayor, grandísimo e inmolado héroe, con chorretes entrecruzados separados por fuentes circulares de sólo una boca de riego, otro abre paso a la plaza de España. En el primer plano, el Parque ha recuperado un símbolo histórico: La fuente de las Conchas. Esa misma fuente, en su versión antigua, y su derredor servía para que los soldados y las modistillas se pegaran un rule de promesa de amor eterno. Ellos con uniforme blanco colonial y ellas con recatadas faldas de colores, todos a resguardo de una naciente y bien mantenida vegetación.
En el centro, alturas intermedias, también con forma de ala de mariposa, a cuatro espacios para recordar al viandante de que está justo en el centro de la eclosión vegetal, que tenga cuidado, que lo que le espera a partir de ahí es el asfalto puro y duro. Estas fuentes existieron hace 100 años pero ahora han vuelto al centro del Parque.