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Nuestro hombre en Mauritania.
Ricardo Domínguez, ejemplo de solidaridad
Es el máximo responsable del Proyecto de Desarrollo Rural, Medioambiental y Seguridad Alimenticia en Mauritania. Hoy vive en Nuaktchott, capital del país africano.
Publicada en MeliYa el 11 de mayo de 2011
A sus 51 años de edad, el melillense Ricardo Domínguez no se ha cansado de ejercer solidaridad, seguramente porque nació solidario sin saberlo. Su brillante padre, don Constantino Domínguez, funcionario de Hacienda era hombre cabal e interesado por todo lo que le rodeaba. Amaba, investigando, a Melilla y se sabía todos sus vericuetos históricos y conocía a todas las gentes de esta tierra. Murió muy joven don Constantino pero antes de morir dejó escritas y habladas crónicas únicas, como aquella que proclamaba que Melilla pudo haber sido una provincia enorme y reconocida por Abdelkrim, si no hubiese sido por la puntual estupidez de nuestros reponsables de Asuntos Exteriores.
Ricardo ha salido a su padre, don Constantino. Se fue a Sevilla para licenciarse en Geografía Física y para comenzar a engancharse a proyectos solidarios. Es el máximo responsable del Proyecto de Desarrollo Rural, Medioambiental y Seguridad Alimenticia en Mauritania. Hoy vive en Nuaktchott, capital del país africano y desde allí ayuda a quien puede bajo la cobertura financiera y de organización de la Unión Europea. Dirige a un grupo de especialistas tan comprometidos como él y, desde facebook, tenemos noticias actualizadas sobre problemas sociales, esos a los que opta con la sana intención de resolverlos o, al menos, atenuar su grado de daño al ciudadano mundial sin ningún tipo de diferenciación.
Necesita enmascarase en las sociedades que le acogen y participa no sólo de sus problemas diarios sino en sus costumbres y tradiciones seculares. Él es personaje simbiótico en su trabajo diario, es decir, lo da todo. A veces, recibe una sonrisa de agradecimiento o de complacencia y la agradece como si fuera un potosí porque para el melillense, lo importante es la implicación entre los seres humanos, el intercambio sin mayor ambición que la de conocer a un amigo sin saber su origen. Es el mismo que procesionaba allá a mediados de los años 60, como abanderado de la procesión del Domingo de Ramos, en compañía de otro melillense comprometido, Javier de Pro, o el que tocaba música en las filas de la Tuna, encandilando a las niñas.
Ricardo Domínguez, como su padre, don Constantino, es un hombre de entendederas abiertas, siempre en estado de alerta para terminar con situaciones de emergencia, ser humano que lo primero que despierta en su interlocutor es afecto no exento de admiración. Por eso la comunidad internacional deposita ciegamente su confianza en Ricardo, comunidad segura del éxito en materia de objetivos. Le conocen bien, saben que no se equivocan y él, el melillense, lo demuestra con esa sencillez que preside la personalidad de su familia, de toda su familia.