Opinión

Adagio, ma non troppo, señor Rajoy

Publicada en InfoMelilla el 27 de enero de 2012

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

El patricio y filósofo romano Lucia Annea Séneca en su obra Tyhestes hacía la siguiente reflexión: “Es tarde para ser cauto cuando se está en medio de las adversidades”. Si es cierto que es una mal costumbre que una persona actúe con precipitación en la toma de decisiones cuando se trata de temas de importancia y trascendencia, no se puede extremar tanto la prudencia o el temor a equivocarse de modo que pueda producir el efecto contrario al deseado. Nuestro presidente, don Mariano Rajoy, es una persona bien dotada intelectualmente, pausado, enemigo de prisas y precipitaciones y profundamente reflexivo, lo ha venido demostrando durante los años (dos legislaturas) que ha estado al frente del PP y lo sigue demostrando, incluso después de que haya ganado las elecciones legislativas por mayoría absoluta.

Sin embargo, entendemos que entre, las cualidades que debe atesorar un buen gobernante, además de la prudencia y la preparación para el cargo se precisa, en determinados momentos, el tener la agilidad y la facultad de tomar decisiones, de adoptar medidas, de asumir riesgos medidos y de adelantarse a los acontecimientos cuando se prevea que, el esperar a que se produzcan o el retrasarse hasta ver sus efectos; puedan entrañar riesgos irreparables, o de difícil solución para el país y para sus ciudadanos. No se puede hacer de la inoperancia virtud cuando, el permanecer cruzado de brazos, esperando que los demás muevan pieza, pueda significar que se pierden las ventajas de un buen ataque, de una decisión oportuna o de una jugada brillante. Lo que sí es cierto es que entre los votantes del PP está cundiendo un cierto desencanto por los primeros pasos, titubeantes, indecisos, poco coordinados y un tanto inconexos del nuevo gobierno que, en algunas ocasiones, pudieran tener una cierta explicación, debido al cálculo equivocado respecto a la situación real de la economía de la nación, hábilmente camuflada por los anteriores gestores del PSOE; pero que, en modo alguno, por ser previsible, pueden haberles pillado con el pie cambiado. La experiencia la tuvieron en Castilla-La Mancha y en Catalunya, donde la gestión nefasta de los anteriores administradores dejaron unas deudas superiores a las que hubieran sido previsibles de no conocerse el talante y el despilfarro de las administraciones cesantes.

Es cierto y podemos comprenderlo, por aquello de que “No se ganó Zamora en una hora”, que el cúmulo de cabos sueltos que le ha dejado el señor ZP y su gobierno al PP, ha sido tal y de tanta entidad que no es extraño que reine una cierta confusión entre los ministros del nuevo gobierno. Y tampoco, no se llamen a engaño, se trata de actuar con precipitación; pero hay temas que ya debieran de haber sido cocinados con antelación, como es el caso de la improrrogable reforma laboral, un tema que, mucho antes de que se celebraran las pasadas elecciones, ya se sabía que era una conditio sine qua non para que Europa nos tomara en serio y creyera en nuestras posibilidades de remontar la preocupante situación económica por la que estamos pasando. Es posible que, el tema de sentarles las costuras a nuestros Sindicatos, maleados y mal acostumbrados por el trato de favor que les dispensó el señor Rodríguez Zapatero –especialmente en el aspecto de subvenciones –, no sea un plato de gusto para un gobernante, pero los españoles le dimos al PP un cheque en blanco cuando le otorgamos la mayoría absoluta, para que no tuviera que buscar ayudas poco convenientes en el Parlamento, para aplicar las medidas, los tijeretazos, que fueran precisos para enderezar el rumbo de nuestro país.

El señor Rajoy, una persona íntegra, capacitada, trabajadora, honrada a carta cabal y… gallega, a mi modesto entender tiene un defecto que puede que no lo sea para otros, pero que para un gobernante debiera de ser algo esencial. Le falta comunicarse con la ciudadanía, tiene la obsesión de permanecer encerrado en su despacho, seguramente dedicado a importantes temas de estado de gran trascendencia, pero que le impiden que aparezca con más frecuencia ante el gran público; que dedique tiempo a tranquilizar al pueblo, que explique en lenguaje llano y entendible cada uno de los pasos que da o se ve obligado a dar, para sacar adelante a España de modo que inspire moral a la audiencia y la anime a contribuir con su esfuerzo a salir del angustioso trance en el que la crisis y el gobierno del PSOE nos metieron. No es pedir demasiado. Sí, es cierto que los ministros intentan informar pero, en ocasiones, el aspecto subjetivo, el punto de vista personal o las inevitables pequeñas discrepancias entre unos y otros hacen que, como ha ocurrido recientemente, con respecto a las explicaciones contradictorias respecto al posible déficit del corriente año, que para unos se conseguiría alcanzar (4’5%) exigido por Bruselas y para otros no parecían estar tan seguros de conseguirlo. Algo que no hubiera sucedido si Rajoy hubiera aunado criterios.

Ya sabemos que, el Presidente, no es como Dios y, por tanto, no puede estar en todo pero, a mi modesto criterio, puede delegar en sus ministros muchas de las tareas que, forzosamente, se ve obligado a realizar; pero, si hay algo que es imprescindible que cuide personalmente, son las relaciones del Ejecutivo con la ciudadanía. Nuestra crisis está basada: tanto en los problemas económicos, financieros y sociales, con el excesivo paro que padecemos y las graves carencias de nuestras empresas para competir; como, y creemos que es un aspecto básico si es que queremos progresar en la lucha contra la recesión, en la atonía de parte de nuestra población, la situación de pasmo y desánimo de muchos de nuestros empresarios, que no alcanzan a ver el medio de poder hacer frente a la crisis y la general actitud de incredulidad y falta de confianza, de la mayoría de la ciudadanía, en los políticos y en el gobierno. El señor ZP y los suyos consiguieron adormecer a los españoles hasta que los resultados de sus dos legislaturas los despertaron del letargo para encontrarse nadando, en un mar turbulento lleno de tiburones que amenazaban sus vidas y haciendas. El S.O.S que formularon en las urnas, el 20 de noviembre, estuvo destinado a pedir que alguien los sacase del abismo como fuese y pese a quien fuese.

El señor Rajoy dijo que se haría cargo de la coordinación de los ministerios económicos, dando a entender que les daba una particular y preferente importancia a poner orden en nuestras entidades financieras, obligándolas a sanear sus balances y a reformar el sistema de forma que, quizá con fusiones y reducciones del número de entidades, posiblemente demasiadas y de poca fiabilidad (como ha ocurrido en el caso de las cajas de ahorros), nuestro sector financiero recobre la pujanza e inspire la confianza precisas para que, los inversores, vuelvan a prestarnos el dinero que precisamos, a intereses más bajos, de forma que, a la vez, las entidades bancarias puedan retornar a sus negocios de dar créditos a los ciudadanos y a las empresas que tan necesitados están de ellos. La clave de la recuperación está en que las empresas vuelvan a ser competitivas y puedan luchar con la competencia, para lo cual precisan disponer de más circulante, una plantilla más flexible y unos directivos capacitados que sepan dirigirlas. Pero, todo esto, precisa de un componente básico sin el cual va a ser imposible remontar, y este componente se basa en que los españoles recobremos la moral, la fe en nuestros dirigentes y la confianza en su programa, por duro y difícil que nos parezca. Y esto depende del señor Rajoy. O esta es, señores, mi visión de la situación.

Miguel Massanet Bosch