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Un emotivo pregón proclamado por Antonio García Castillo da el toque de salida a la Semana Santa de Melilla 2012
La Iglesia de Santa María Micaela ha sido escenario de un acto solemne donde ha primado el recogimiento, la pasión, la emoción, la nostalgia, la ilusión
Publicada en InfoMelilla el 24 de marzo de 2012
Solemnidad, recogimiento, pasión, emoción, nostalgia, ilusión…, sensaciones todas ellas que se han podido sentir esta noche durante el acto de proclamación del pregón de Semana Santa, preludio de la semana grande de los cristianos, que ha pronunciado un entregado Antonio García Castillo.
Como escenario, la espléndida iglesia de Santa María Micaela, y como espectadores, dos de auténtico lujo, Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima del Rocío, acompañados, eso sí, por numerosos cofrades y autoridades que no han querido ausentarse, como el presidente de Melilla, Juan José Imbroda, el vicario episcopal, Roberto Rojo, el presidente de la Agrupación de Cofradías, Francisco Javier Calderón, entre otros muchos.
Tras la apertura del acto a las 21.00 horas a cargo de Carlos Rubiales y tras la entonación por parte de la Banda de Música ‘Ciudad de Melilla’ de la pieza ‘Pasa el Cristo de la Paz’ de Jesús Cea Samaniego, la pregonera de la Semana Santa de 2011 ha llevado a cabo la presentación de Antonio García Castillo, una presentación cargada de cariño hacia un hombre al que ha calificado de “sabio, sencillo y muy humano”.
Posteriormente, y tras la entonación de ‘Amarguras’ de Manuel Font de Anta, por la Banda de Música, Antonio García Castillo ha comenzado su pregón con estas bellas palabras: “Nos vamos dejando la piel en el camino, los jirones del alma en las aceras y el corazón por las esquinas, sin darnos cuenta y sin pensarlo, creemos que estamos ya curtidos y que tenemos el corazón de piedra para aguantar el sufrimiento, aunque a veces nos duela el corazón, a veces, tantas veces, muchas veces”.
Y así, en tono poético y sintiendo más que nunca su pasión cofrade, García Castillo ha comenzado un recorrido por la semana de pasión melillense, y ha comenzado, como no podía ser de otra forma, por el Domingo de Ramos y su `Pollinica’ a su paso por los umbrales del Parque Hernández y rodeada, dice, “de cantos de alabanza y chiquillería que salta de alegría llevando palmas y ramas de olivo agitándolas al lado de Nuestro Padre Jesús del Soberano Poder”. Y Siguiéndola de cercaNuestra Señora de Gracia y Esperanza, “la Reina de Batería Jota”.
Alabando la figura de la madre de Dios llega el pregonero al Lunes Santo, una jornada en la que las puertas de la Mezquita del Toreo se abren para dar paso a Nuestro Padre Jesús ante Pilato. Un Pilato que, “atormentado como yo, sin entender tampoco nada, toma agua para lavarse las manos y dice: ‘Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!’. Hoy dos mil y pico años después, nos seguimos lavando las manos por presiones, amiguismos, dejadeces, comodidades, egoísmos y seguimos con tantas injusticias porque la Historia que nació en Belén se sigue repitiendo a diario […], porque aún vemos con los ojos de la cara sin esforzarnos por intentar aprender a mirar con los ojos verdaderos que son los que Aquel quiere que miremos”.
Entendiendo que “la Historia de Melilla se hizo Cofrade en el Pueblo, aunque hoy al cabo de los siglos tenga que salir de una humilde y devota Plaza de Toros”, García Castillo recuerda en su pregón que el Lunes Santo también dedica su noche al Cristo de la Sentencia y a su paso acompasado por las calles de la ciudad.
Llega el Martes Santo, Martes de Humillación como lo llama el pregonero, al que recorre un sentimiento de indignación al recordar que “cuando Pilato entregó a Jesús, los soldados del gobernador lo llevaron al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ‘Salve, rey de los judíos’. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar”.
Y la indignación de vuelve pena “porque si los golpes duelen y te salen moratones y te rompen un hueso, ese dolor se olvida, ese hueso pega y ese moratón desaparece, pero si los golpes son en el alma, con el látigo de la humillación, esos golpes quedan toda la vida”.
En este transcurrir de pena llega el Miércoles Santo “del Pueblo”, y García Castillo rememora, como si de un sueño se tratara, la llegada de Nuestro Padre Jesús Nazareno a la Melilla primitiva a bordo de una embarcación y acompañado por frailes que venían a predicar el Evangelio.
No olvida el pregonero la tarde del Miércoles Santo, una tarde que se cubre con las lágrimas de la Virgen de los Dolores, “nuestra Virgen de las Lágrimas”, talla que compara con la mismísima Macarena de Sevilla, porque “si ellos tienen el Barrio de Santa Cruz, nosotros tenemos el Barrio de Medina Sidonia, que no es moco de pavo, casi ná, si ellos tienen los Reales Alcázares, nosotros la Alcazaba, si ellos tienen un río, nosotros también y hasta tenemos la misma terminación en el nombre de la ciudad”.
Y así, casi sin darse cuenta, el pregonero se adentra en el Jueves Santo “Jueves de crucifixión y llanto, Jueves de Jesús Cautivo, Jueves del Mayor Dolor, Jueves de Flagelación, Jueves de Rocío y Paz y jueves de la Caridad”.
Jueves, en definitiva, con un Jesús Cautivo, Cristo de los presos, y una María Santísima del Rocío, Madre de los enfermos, como protagonistas de una tarde dura “como dura es una flagelación, tarde del mayor dolor, pero al final de la jornada, cuando caiga del cielo el rocío, reinará la paz”. Pero antes de que esto suceda, Melilla vivirá uno de los momentos más emocionantes de su Semana Santa, porque “el preso está ya en la Avenida, frente al Cautivo, y va a ser liberado. ¡Qué paradoja! Tú, Cautivo, vas a liberar a otro cautivo. El Amor, hecho Jueves Santo, se compadece de las cadenas humanas y libera y perdona.¿Y a ti, quién te libera de tu Cautividad Eterna? Déjame que te suelte esas amarras de tus manos, Cautivo Nuestro, para que puedas perdonarnos con tu bendición”.
Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, recuerda el pregonero, “el Señor de Cabrerizas”, el Flagelado “baja camino del Calvario atado a la columna y la tarde se desangra de rabia en cada latigazo” que es contemplado también por Nuestra Señora del Mayor Dolor, “la Virgen del manto rojo” como él la llama.
No se olvida Antonio García Castillo del Cristo de la Paz que, una vez en las Puertas del Sagrado Corazón y clavado en una cruz “de dolor y angustia, rompe la noche con siete palabras: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Y llega el Viernes Santo, “Viernes que pide Socorro, Viernes de Cristo Yacente, Viernes de muchos Dolores, Viernes de la Santa Piedad y viernes de la Soledad”.
Una jornada, señala el pregonero, “de dolor, de llanto, de quejío y espanto” con Nuestra Señora de la Piedad que “lleva a Cristo en su regazo, inerte porque se ha muerto en la Cruz ajusticiado”.
Sigue la noche del Viernes Santo cargada de dolores con un Cristo del Socorro arropado por una larga noche y copado por una gran pena. “Camina solo y perdido buscando sin encontrar consuelo, con la mirada en el cielo suplicando compasión. Avanza y vuelve sobre sus pasos, grita a la eternidad y le contesta el silencio, deambula por las calles sin llevar un rumbo cierto. Viernes de la Dolorosa, viernes de la Soledad, y viernes del Hijo yerto.”.
Avanza la noche y sale al paso, envuelto en un silencio sepulcral, el Santo Entierro, Cristo Jesús Yacente o ‘Cristo acostaíto’ como García Castillo lo llama, que avanza por la Avenida “entre aromas de incienso”.
Y cuando llegan las once de la noche “y cae la tupida noche”, el pregonero recuerda cómo “Tres golpes de aldaba dan, Tac, Tac, Tac. ¿Quién va? Un alma que necesita piedad. ¿Qué desea? ¡Que salga la Soledad para que Cristo la vea!”
¡Silencio! Que se apague la Avenida, que viene la noche herida porque se ha muerto el Señor y se mastica el dolor en esta hora temida. El redoble de tambor conmueve a la cristiandad porque va la Soledad llorándole al Redentor, traspasado el corazón por un eterno puñal y oigo en cada varal un susurro de oración. ¡Silencio! Que la calle es hoy capilla, el templo de la Pasión y un suspiro de emoción de la Sole de Melilla.
Transcurrido el Viernes Santo y acabado el Sábado de Gloria llega el Domingo de Resurrección, y aquí recuerda Antonio García Castillo que es día de alegría porque “Él, el más grande, el Cristo del Soberano Poder que entró triunfante en Jerusalén, el Cristo de la Sentencia, el Humillado, el Flagelao, el Cautivo de mis amores, el Nazareno del Pueblo, el Cristo chiquito del Socorro, de las buganvillas, y de las murallas del Pueblo y el Cristo enorme de la Paz. Él, digo, ha resucitao”.
Y esa alegría también es compartida por “La Virgen Blanca del Rocío, La Esperanza de Melilla, la Virgen de las Lágrimas que ya no llora, la Dolorosa del Mayor Dolor, La Piedad nuestra y de los militares, la Soledad turbada del Pueblo y la Sole de Melilla, ole, ole y ole”. Y tras el Encuentro “el Señor de Cabrerizas lleva de nuevo el legado eterno” mientras la Virgen Blanca del Rocío “se va mirando en su Hijo y se lo lleva a su Casa de Hermandad, guardaíto en su alma para que no se lo quite nadie, para que no se lo vuelvan a quitar”.
El acto ha concluido a las 22.30 horas con el Himno de Melilla interpretado por la Banda de Música.