Opinión

A mi Peña Colón (Relato en clave de humor)

Publicada en MeliYa el 5 de diciembre de 2003

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Francisco de Apellániz Sainz-Trápaga, no del portal.

Francisco de Apellániz Sainz-Trápaga

**A mi Peña Colón (Relato en clave de humor) A mi gran amiga Angelines Reus, sobreviviente de aquella gloriosa época.**

Para quienes no conocen la “Peña Colon”, decirles que la encontrarán en la subida a Cabrerizas, pasada la primera rotonda y a mano derecha…y que después de casi cuarenta años, sigue pareciendo lo mismo: Una sociedad musical de las que tanto abundan por la Región Valenciana, hoy, mucho más cuidada y bonita. Y digo “pareciendo”, porque cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia. Mi primer contacto con la Peña Colón, lo hago a través de mi hermano gemelo Pepe, quien me da la clave para dejar de ser un esmirriado pajillero y amariconado coralista, miembro de aquel glorioso Orfeón Padre Vitoria. A partir de ese momento, entro en la elite más hortera y “bien formada” de la juventud melillense. La de los “pechistas”. Los levantadores, los más fuertes y musculosos.

Os cuento. Tanto mi gemelo Pepe, como yo, teníamos grandes cualidades para el deporte y no menos admiración por los deportistas de elite…aunque el único deporte que practicáramos por aquel entonces, además de nuestra afición por la polifonía, fuese la “gran cascada” (nos la cascábamos a todas horas). Mi gemelo, conoce a su preceptor Pepín (gran deportista y levantador de” pechas”), que además de fuerte como un toro, tenía la novia mas guapa del mundo. Tan guapa, que le llamábamos” la hawaiana”. Sus verdes ojos brillaban en la noche como los de los gatos.

Aquel otoño-invierno, mi gemelo sube todos los días a la Peña Colón, con su preceptor Pepín y toda aquella cuadrilla de bestias. Solo tenía catorce años. Es el verano de aquel mismo año, cuando asombra a propios y extraños. Es la viva imagen de “Maciste el Coloso”, en versión hortera de Cabrerizas. Eso sí, los “niños bien” del Club, hijos pijos de papá, a partir de entonces, se abstienen de llamarnos “mariconas cantoras de Viena” y “pelanas”y dado que somos gemelos, hacemos un anuncio de “antes de tomar cola-cao (yo) y después de tomar cola-cao (él)”, que emociona a los secos bolsillos de nuestro progenitor, por aquel entonces, padre de ocho hijos. Y por supuesto, el que suscribe, se apunta de socio en la Peña Colón, para no ser menos.

Es mi propio gemelo Pepe, quien me baja a aquel sótano pestilente, lleno de tíos sudorosos, envueltos en plástico y levantando “pechas” y me dice: Mira, son “pechistas”, como yo. Luego supe que lo de pechistas no iba por aquellos pechos de toro, sino porque hacían “pechas”. Perdón, pesas.

¡¡Mano de santo!! Por treinta pesetas de entonces, la Peña Colon me convierte en un ciudadano normal, cambiando mis hábitos pecadores del levantamiento de nabo por el sano hábito del levantamiento de pesas. Eso si, manteniendo nuestra amariconada afición por el canto coral, gracias a la cual, no llegamos a embrutecernos del todo.

Gracias a mi Peña Colón, llegamos a practicar los deportes más variados. Desde el lanzamiento de peso y jabalina, hasta la práctica del boxeo, para la que nos fichó un suboficial legionario, antiguo minero de Mieres, que superaba sus frustraciones de “alto mando”, administrándonos unas leches, que al descojone de nuestro padre se unían las constantes oraciones de nuestra santa madre, que pasó media vida mirando al Cielo cuando pensaba en sus gemelos. Y es, que no éramos malos. Éramos simplemente jilipollas. Siempre recordaré aquella tarde en que en pleno entrenamiento, mi gemelo recibió el impacto de ese barreno de Mieres, que le puso la nariz mirando a La Meca y los ojos en blanco, mientras sangraba cual gorrino degollado. Aquel animal peludo, ciego de sangre, volvió sus ojos hacia mí para exterminarme, siendo obsequiado por el que suscribe con una patada de karate en sus partes, que le obligó a sujetarse sus doloridas pelotas, ocasión que aprovechamos para “administrarle” una ensalada de leches que nos costaron la inmediata expulsión del gimnasio por falta de disciplina deportiva y “ser unos malos perdedores”. A partir de ahí, nuestros furores deportivos se calmaron y nos dedicamos a compaginarlos con otras disciplinas más productivas.

Aprovecho esta ocasión para el recuerdo más cariñoso a mi Peña, y en especial, a aquella cuadrilla de los “mopris”, que formábamos con Hermo, Ernesto, Pipo, Julio, Paco Camacho y tantos otros.

San Sebastián-Donostia, 2 de Septiembre de 2003. Francisco de Apellániz Sainz-Trápaga