Opinión

Televisión y Basura I

Publicada en MeliYa el 16 de diciembre de 2003

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Elías Gómez F ., no del portal.

Elías Gómez F .

Televisión y Basura I

¿Tenemos la televisión que quiere la audiencia, o tenemos la audiencia que quiere la televisión? A menudo me formulo esta pregunta, y créanme si les digo que la respuesta no es tan sencilla como a simple vista pueda parecer. En España tenemos cinco canales en abierto que emiten a lo largo y ancho del territorio nacional (TVE1, la 2, Antena 3 de Televisión, Telecinco y Canal +). Los programas que normalmente ocupan los primeros puestos en los índices de audiencia, si omitimos cine y fútbol, suelen ser determinadas emisiones que por lo general entran bajo la denominación genérica de programas basura (Gran Hermano, Crónicas Marcianas, A tu lado, Salsa Rosa, etc.). En todos ellos suele darse una serie de contenidos comunes, especialmente el que se ceba morbosamente en la intimidad de personas desconocidas (desconocidas hasta que aparecen en los mencionados programas, u otros análogos), que no hacen ni saben hacer nada especial, ni ostentan otro mérito que su propensión a insultar y dejarse insultar, mérito aderezado en ocasiones con cierto atractivo físico, conocido como telegenia.

En este primer artículo de una serie sobre la televisión basura en España, voy a intentar trazar una brevísima y esquemática historia –totalmente subjetiva- de los hechos más importantes que han contribuido a la aparición de este género televisivo en nuestro país.

El principal factor que se repite en los programas anteriormente citados (y en muchos otros) es la explotación de la intimidad, especialmente la sexual. La llamada prensa rosa, ya sea escrita, radiada o televisada, desde sus inicios hace más de un siglo –en los ecos de sociedad de muchos periódicos y revistas decimonónicos- trataba sobre aspectos más o menos públicos de personas que por su posición o trayectoria profesional eran de mayor interés para el ciudadano que los del resto de los mortales. Por sus páginas desfilaban personas de la realeza y otras dignidades nobiliarias, y a menudo también artistas de renombre, como Carlos Gardel, Rodolfo Valentino o Greta Garbo. No era de extrañar, dado que las casas reales europeas tuvieron antaño una importancia real para la sociedad mucho mayor que ahora, teniendo en cuenta que sus matrimonios, descendencia, e incluso vida social podían tener repercusiones palpables en la vida de los ciudadanos. En cuanto a los artistas, su profesión consistía entre otras cosas en hacerse conocidos, por lo que no es raro que ellos mismos tuviesen bastante interés –como hoy mismo- en aparecer en las páginas de sociedad. Por supuesto, los tiempos han cambiado, y hace cien años no se hablaba, al menos tan explícitamente, de los asuntos de alcoba que conciernen exclusivamente a quienes los tratan, sino de cuestiones que tenían relativa repercusión en las vidas de quienes consumían los productos de sociedad.

Durante la dictadura, la familia Franco ocupó un lugar destacado en muchas páginas de la prensa de sociedad, lo que no debe sorprendernos, ya que además de la importancia de lo que hacía el general Franco para el conjunto del país, la prensa de cualquier tipo siempre es un eficaz instrumento de propaganda política, especialmente en los regímenes autoritarios.

Con la llegada de la Democracia, a la muerte del dictador, llegó la libertad de expresión, y con ella la publicación de revistas que jamás podrían haber visto la luz durante la época de la censura franquista. Tal es el caso de las ediciones españolas de revistas norteamericanas como Playboy o Penthouse y de la española Interviú, en las que se podían ver por vez primera legalmente en nuestro país imágenes de señoras ligeras –o carentes- de ropa, y más tarde, en Interviú, también de señores. A casi todo el mundo, excepto los sectores más reaccionarios de la sociedad, le parecía bien la libertad de prensa recién estrenada, aun cuando los consumidores declarados de las revistas reseñadas indican a menudo que la calidad de los artículos es lo que les impulsa a comprar las publicaciones. De cualquier manera, seas cuales sean las motivaciones, lo importante es la posibilidad de que cada cual haga con su dinero lo que le plazca sin que una cuestionable autoridad moral vele por la limpieza de nuestros pensamientos.

Avancemos unos quince años en el tiempo, encontrándonos en una democracia perfectamente consolidada y una mayor libertad en los medios de comunicación, con la concesión de diversas licencias a entidades televisivas privadas, que venían a unirse a las dos cadenas estatales para hacer la oferta más variada y, en principio, más interesante. La aparición de los canales privados tuvo una consecuencia previsible pero no por ello menos importante para las cadenas públicas: al tener los televidentes mayor capacidad de elección, el monopolio desaparecía, no únicamente en la audiencia de los programas, sino también en los contratos publicitarios de los que los canales de televisión, tanto públicos como privados, recibían gran parte de la financiación. Un anunciante paga más por aparecer un programa que ve más gente (consumidores en potencia), y esto determinó que las cadenas de televisión tuviesen la necesidad de captar al mayor número posible de espectadores posibles utilizando para ello medios que son, como mínimo, cuestionables. Pero esto se deja para un siguiente artículo, en el que intentaremos establecer la tipología de los llamados programas basura.

Elías Gómez F. correo-e: munzter@terra.es