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Un millar de melillenses judíos celebra la fiesta de las luces, Janucá, conmemoración de la recuperación del Templo de Jerusalén

Los niños tienen un protagonismo oficial durante los ocho días de historia y fe

Publicada en MeliYa el 26 de diciembre de 2005

Documentación

En Melilla casi 1.000 judíos celebran la fiesta del invierno, Janucá, Janukia o la fiesta de las luces, la recuperación del tempo de Jerusalem.

Es una fiesta con marcado carácter infantil que mezcla historia y creencias pero sobre todo, la evidencia de la sempiterna labor de subsistencia del pueblo hebreo y del mantenimiento de sus puntos de encuentro de la fe. El milagro ocurrió allá.

El ciclo anual del calendario judío nos conduce ahora a Janucá, la primera de la fiestas anuales de la trilogía (junto con Purim y Pésaj) que hace confluir las dos grandes vertientes de la tradición judía: la de la creencia en un destino y una especial comunicación con Dios, y la que sostiene un principio nacional ligado al amor por la libertad, el rechazo a las dominaciones extranjeras y la confianza en las fuerzas del pueblo para determinar su propio destino.

Como las otras dos fiestas “nacionales”, Janucá tiene un sustento histórico y un contenido religioso concluyente: en un momento determinado se produce un fenómeno social y militar, y con ese marco se registra un milagro.

La revuelta armada acompaña y posibilita la reapertura del Templo. Y el milagro de las luces confirma la protección de Dios y la posibilidad de continuar el camino de la pureza ritual.

Pero esta fiesta tiene algo de construcción humana y se diferencia de las otras dos: en primer lugar, no es una fiesta bíblica, el Libro de Los Macabeos no fue incorporado al canon hebreo y por lo tanto no tiene valor de palabra revelada.

Su historia es, entonces, en gran forma, “humana”. Pero curiosamente, los religiosos la festejan por un “milagro” cuya recordación justifica ese lugar de privilegio adjudicado y que la llevó a formar parte del calendario mayor.

El milagro La vida judía lleva como elemento fundamental esta combinación de lo divino y lo secular. En ambas caras de la historia de Janucá el milagro y la fuerza se combinan: es un milagro la persistencia del aceite durante ocho días, pero también lo es el triunfo de la revuelta frente al invasor poderoso.

Pero en ambas vertientes de la historia es el valor y la confianza en los principios y el compromiso del pueblo lo que permiten ese triunfo y esa voluntad de recuperar la santidad del Templo. Y es así que, cuando uno se repite que Nes Gadol Haiá Po (un gran milagro ocurrió aquí), la referencia pueda aplicarse tanto para el milagro de las luminarias como al de la victoria de los Macabeos.

Pero también es lícito preguntarse qué parte del mérito les corresponde a los hombres. Dios y el pueblo judío como aliados repiten una y otra vez el milagro del renacimiento, tanto en el fragor del mundo helenístico como en el último y más cercano milagro de la creación del Estado de Israel.

No es extraño entonces que el sector más comprometido con la valoración del pueblo como agente de su propio destino, el movimiento sionista, haya rescatado los aspectos nacionales de la festividad.

La Janucá de nuestros días es una reafirmación de los principios de liberación nacional, construcción de un estado independiente y defensa del pueblo judío ante los intentos de destrucción física o aniquilación cultural.

Aceite Como ya hemos visto en el caso de Purim, Janucá es una fiesta que deja entrar al laico tanto como al religioso, sobre todo en sus costumbres y rituales.

Tal vez sea justamente el carácter mítico de la celebración que permite, como ya hemos dicho, una revalorización del significado de la fiesta y, en esa revalorización, da lugar a distintos sectores de la sociedad israelí o judía en general a manifestar su celebración.

Según los estudios sociológicos de la Doctora Shlomit Levi, de la Universidad Hebrea de Jerusalem, la celebración de Janucá es una de las que más convocan a los laicos en Israel.

La reunión familiar o institucional, el encendido de velas en las casas por lo menos una vez durante la fiesta, la conmemoración gastronómica, sufganiót y frituras varias, convierten el aceite del milagro en algo sensible y al alcance de todos, los regalos de dulces y juguetes, la utilización del tema de Janucá en los medios de comunicación y en los ámbitos empresariales marcan una dimensión paralela en la que la debilidad de los contenidos religiosos pasa inadvertida por la fuerza de los elementos laicos que se desarrollan más cada año.

El invierno y las fiestas de las luces La festividad de Janucá coincide en Israel con el promediar de la estación fría. En el calendario escolar ocupa el lugar de las vacaciones de Navidad del hemisferio norte o las vacaciones de invierno, una pausa en las tareas escolares asociada a los períodos de mayor ausentismo de alumnos y docentes debido a las enfermedades leves del invierno.

En el hemisferio sur coincide con las vacaciones largas de verano, motivo por el cual, al ser las fiestas festejadas fundamentalmente en las escuelas, Janucá es casi olvidada en las casas judías. En Israel, Janucá es la semana de los espectáculos para niños.

Año tras año, en algunos casos con una continuidad ininterrumpida de más de veinte, se ofrece a los niños (y a los padres que deben afrontar esta semana sin clases con el estoicismo esperado de quien tiene que hacerse cargo de la diversión “obligada”) espectáculos musicales, comedias, juegos organizados en los lugares públicos más concurridos, estrenos de cine, competencias, programación especial por televisión.

La temática de estos espectáculos poco tiene que ver con el milagro ni con la historia. Pero eso sí, es una demostración inevitablemente luminosa. El blanco (¿de la nieve?) enceguece a miles de niños en los adelantos televisivos de espectáculos ya tradicionales como Festigal o en los arreglos de los escaparates alegóricos.

Y parece ser que, así como otras culturas desarrollaron sus “fiestas de la luz” en medio del invierno, fiestas que llevaron finalmente a soluciones sincréticas como la del árbol luminoso de los druidas en la sala hogareña del festejo de la Navidad, la “fiesta de la luz” de los judíos se va acercando poco a poco a este sistema globalizado de celebración masiva y de consumo inevitable.

Así como se vio en el siglo anterior en países como los Estados Unidos una creciente convivencia de las Januquiot públicas junto a los árboles de Navidad en las plazas, centros comerciales o edificios públicos, en Israel, donde el árbol de Navidad es una rareza limitada al interior de algunos hoteles, algunas casas particulares o iglesias cristianas, los elementos decorativos alusivos a Janucá van poco a poco saltando las barreras: cada año más papel dorado o plateado, más globos de color, guirnaldas verdes y candelabros más originales y festivos.

Sin olvidarnos, obviamente, de las januquiot públicas de Jabad en los centros de algunas ciudades. Los regalos de Jánuca son más comunes, los envoltorios más vistosos. Las canciones de los anuncios televisivos nos recuerdan que el repertorio de Jánuca es más amplio que el que recordamos de la Diáspora, pero a la vez, nos hacen presente que la convivencia con la fiesta navideña es progresiva.