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El Colegio del Buen Consejo está de enhorabuena

El obispo de Melilla y Málaga enaltece la figura de la Madre Carmen del Niño Jesús días antes de su beatificación por la Santa Sede

"Espero que seamos numerosos los que acudamos a Antequera en esta jornada memorable, para dar gracias a Dios por María del Carmen González Ramos, pronto la Beata Madre Carmen".

Publicada en InfoMelilla el 1 de mayo de 2007

Antonio Dorado Soto

El domingo, 6 de mayo, la ciudad de Antequera, y con ella toda la Diócesis de Málaga, van a vivir un acontecimiento de singular grandeza: la beatificación de una de sus hijas, Madre Carmen del Niño Jesús.

Esta mujer verdaderamente grande, que honra a la Diócesis y a Andalucía, nació, se crió y murió en nuestra tierra, en Antequera, hace poco más de un siglo, pero la semilla que sembró sigue dando hoy abundantes frutos evangélicos. Lo saben muy bien los niños, los ancianos y los enfermos, beneficiarios directos de la fe, la esperanza y el amor que inundaron su corazón creyente.

Antonio Dorado, autor del reportaje y obispo de Málaga y Melilla
Antonio Dorado, autor del reportaje y obispo de Málaga y Melilla

Os animo a cuantos podáis, para que acompañéis a las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, un Instituto religioso nacido en nuestra tierra, con el fin de orar con ellas en tan bendita ocasión, de manifestarles el cariño de todos los católicos de Málaga y dar gracias a Dios.

Siguiendo las nuevas disposiciones de la Santa Sede, la ceremonia tendrá lugar dentro de la Diócesis y el Delegado de Benedicto XVI acudirá a Antequera para proclamar Beata a Madre Carmen en el sitio en que ella vivió y murió.

Mediante este acto, que se celebra en la misa, la Iglesia reconoce que esta mujer ha vivido en la estela de las Bienaventuranzas y ha practicado en grado heroico las virtudes cristianas. Es una declaración hecha por el mismo Papa, que de acuerdo con la legislación vigente, pueda realizarse en el lugar en que se inició el proceso que la llevará a los altares. Como la edad y el intenso trabajo no le permiten desplazarse en persona, ha determinado que acuda, en su nombre, al Emmo. Cardenal Saraiva.

Después de un largo y meticuloso estudio de su vida, sus escritos y sus obras, la Iglesia ha visto en esta antequerana a una mujer cabal, que supo poner en juego todos los talentos recibidos del Señor. Tal es el motivo de que ahora autorice a que veneremos su memoria y la tomemos como otro ejemplo luminoso de vida cristiana.

Una más de esa legión de personas que, con la gracia de Dios, pasaron por el mundo haciendo el bien y poniendo de relieve la grandeza de Dios Padre, porque al venerar a los Santos, los católicos sólo pretendemos descubrir la gloria de Dios y lo que es capaz de realizar su amor cuando inunda el corazón de sus hijos.

Para nosotros, tiene la ventaja añadida de que sus huellas son visibles y cercanas en el espacio y en el tiempo. No sólo podemos visitar aún la parroquia de Santa María, en la que recibió el bautismo, sino que el movimiento de amor y de vida a favor de los empobrecidos que puso en marcha, sigue dando frutos en el noviciado, en los colegios y en la Escuela Universitaria de Antequera; en una residencia de Hermanas mayores que hay en Málaga; y en el colegio del Buen Consejo de Melilla. En todos estos centros que han promovido sus hijas, las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, y en muchos otros repartidos por diversos países está presente el buen hacer evangélico de María del Carmen González Ramos, hoy Madre Carmen del Niño Jesús, una bendición de Dios para la Iglesia de Málaga y para todos los que han llamado a las puertas de las casas en las que se continúa su misión.

Espero que seamos numerosos los que acudamos a Antequera en esta jornada memorable, para dar gracias a Dios por María del Carmen González Ramos, pronto la Beata Madre Carmen, una mujer que se santificó en medio de las alegrías y las penas de una existencia sencilla, en la que supo descubrir la presencia amiga de Dios. Una mujer que buscó apasionadamente el rostro de Dios en su niñez, en su juventud, en su difícil matrimonio, en su viudez y en la vida religiosa.

La alegría que nos embarga a los católicos de Málaga ante la beatificación de Madre Carmen del Niño Jesús es también un fruto de la Pascua que estamos celebrando. Jesucristo, en vísperas de su retorno al Padre a través de su muerte y su resurrección, les había prometido a los suyos la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos en todos los tiempos y lugares. Desde entonces, sus seguidores, transformados, fortalecidos y guiados por el Espíritu, anunciamos el Evangelio con obras y palabras.

Es lo que hizo María del Carmen, en su Antequera natal: se dejó inundar por elEspíritu que recibió en el bautismo y encontró siempre en Él una fuente inagotable de fe y de amor para imitar en todas las situaciones de su vida a Jesús de Nazaret, superar las dificultades y revestirse de los sentimientos de Cristo. Su grandeza no consiste en que haya realizado grandes inventos o haya deleitado con sus creaciones artísticas, sino en que pasó por el mundo haciendo el bien y curando las heridas de sus hermanos.

Tuvo la fortuna de dejarse acompañar espiritualmente por el padre Bernabé, un Capuchino que supo inculcarle tres aspectos básicos de la espiritualidad franciscana: la capacidad de esperar en el Señor “sin apagar el espíritu”, la devoción a la humanidad de Jesucristo tan característica de los hijos de San Francisco de Asís y la búsqueda de Dios entre los pobres.

Su niñez, su adolescencia y su primera juventud, transcurridas en el seno de una familia acomodada y cristiana, le ayudaron a forjar su recia espiritualidad, que llevó a su padre a confesar: “Mi hija es una santa”. Y como tal “santa”, una mujer libre, pues lejos de aceptar el matrimonio que le habían preparado, se casó por amor con un hombre once años mayor que ella, que no era del agrado de los suyos y le hizo sufrir mucho.

Viuda Pero los caminos de Dios son desconcertantes y, precisamente en el sufrimiento, se desarrollaron en grado heroico, su fortaleza, su confianza en Dios, su entrega total, su paciencia y su bondad, las mismas virtudes que, ya viuda, seguirá desarrollando en el servicio humilde a los pobres. Este testimonio ganó el corazón de su marido, que, en los últimos años de su vida, se convirtió y supo agradecer a Dios y a su esposa tanto amor. Siguiendo la recomendación de San Pedro, le convenció “no por las palabras, sino por la conducta”.

Cuando quedó viuda, impulsada y sostenida por la fuerza del Espíritu, centró su mirada en la humanidad de Jesucristo, que “pasó por el mundo haciendo el bien”, y se propuso seguir sus huellas. Primero, como miembro de la Tercera Orden Franciscana; y más tarde, fundando el Instituto religioso de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, para la educación de la infancia y juventud, y para atender a los ancianos y enfermos más necesitados, como enseña el Evangelio. De ahí el nombre de Franciscanas de los Sagrados Corazones. ¡Siempre, tras los pasos firmes de San Francisco de Asís: la humanidad del Señor, simbolizada en los corazones de Jesús y María, y la vida pobre!

También aprendió de Él a bucear en la existencia de Jesús como modelo de vida para sus seguidores. Descubrió que Jesús de Nazaret fue el “hombre para los demás”, cuya existencia reflejó en cada detalle y cada instante que “Dios es amor”. Precisamente por ello, porque un cristiano se distingue por el amor y el amor procede de Dios a través de su Hijo, fue muy devota de la Eucaristía y comulgaba a diario, pues como escribió Juan Pablo II y ha recordado Benedicto XVI, “participando en el sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga con el amor de donación de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida” (SC, 82). Y como vemos, también en su caso, tras una vida de entrega abnegada a los demás, hay una vida centrada en Dios por el sacramento de la Eucaristía.