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Los peligros del silencio (entreacto republicano)
Publicada en InfoMelilla el 29 de julio de 2007
El verano es una esponja que lo absorbe todo. La canícula que llega tarde y violenta de hogueras y rumores, es sin embargo una época en la que se desatan todo tipo de disparates y locuras. El sol parece que actúa de detonante para que en una época dada a la tranquilidad y reposo, se produzcan todo tipo de disparates y locuras. También en política.
Mi maestro e iniciador en la “cosa” política, Jorge Hernández Mollar, señalaba recientemente en estas páginas episodios que han sucedido, para escándalo de las gentes y el regocijo de los profesionales de la agitación. En líneas generales comparto los argumentos del brillante ex-eurodiputado y siempre amigo, y sin desdeñar el tema de los espías -asunto que ronda más la astracanada que la preocupación- sí quiero centrarme en el tema del secuestro de la marginal revista “El Jueves” como consecuencia de una portada escatológica del Príncipe de Asturias y Doña Leticia Ortiz y las profundidades alcanzadas por un insondable silencio de la Institución que representan, y el afloramiento de escribas y tertulianos republicanos. Siempre al fondo, un enigmático gobierno, cuyo presidente se define “rojo”, y aboga por la ética republicana, cosa que muy bien no acierta a explicar, aunque se le entiende -cosa rara- perfectamente.
El señor Conde-Pumpido, Fiscal General del Gobierno -que no del “ Estado”- actuando de forma diligente, cosa que no hace cuando se zahiere a la religión católica o se ataca de forma soez a las más íntima creencias de muchos españoles, ordena al conocido Juez del Olmo a “secuestrar” la revista, y de paso montar un “numerito” político y judicial, en el que interviene de forma confusa el gobierno, aumentando la “melee”, consiguiendo que la portada de marras sea conocida por la población mundial, para oprobio de la Corona y ludibrio de los protagonistas.
Después, se han sucedido una ronda de opiniones de todo tipo, un debate que tiene todo menos de artificial y la creación de una plataforma de municipios en pro de un referéndum sobre la III República a la que se ha adherido el Ayuntamiento de Sevilla.
A este aquelarre ha contribuido el inquieto senador Anasagasti -al que tuve que soportar una legislatura de Diputado y contestarle por unas ofensas que profirió contra Melilla- que ha agredido de forma intolerable a la persona del Príncipe de Asturias. Y luego el silencio de la Casa Real y las imágenes del Rey en un yate.
Con ser grave todo lo anterior, me ha preocupado el silencio de la Institución a la que soy leal por convencimiento, corazón y estudio sereno de la historia. Tengo que decirlo, aunque me duela; si la Corona cree que además de juegos florales entre periodistas, debate cruzado entre tertulianos, va a beneficiarse haciendo “el Tancredo”, se equivoca.
Tengo dicho que este no es un país de monárquicos aunque no se conozca más regicidio que el que cometió un oso devorando al infeliz y olvidado don Favila.
Pero lo cierto es que el futuro de la Corona no puede quedar al albur de sentimientos o prestigios personales. Don Juan Carlos tiene prestigio, entre otras cosas porque se lo ganó a pulso día a día, y paró en seco aquella insania que supuso el pronunciamiento de algunos militares en Febrero del 81 del pasado siglo XX y de unos Guardias Civiles que invadieron el Congreso y luego, abandonados, tuvieron que salir por las ventanas.
Decía que el futuro de la Monarquía se basa en algo más que en esas razones El Príncipe de Asturias no ha tenido la ocasión de demostrar nada de su capacidad para “arbitrar y moderar” las Instituciones, entre otras razones, porque ni siquiera las Cortes han elaborado un imprescindible Estatuto del Príncipe de Asturias, vacío legal incomprensible en una Nación que está organizada en régimen de Monarquía Parlamentaria. Digo régimen y no gobierno porque “régimen” implica la existencia de unos “valores” mínimos que deben cuidarse.
Por eso digo que como el Heredero, está viviendo a la sombra de la recia encina de su Augusto Padre, sin demasiadas funciones conocidas, con demasiadas apariciones en ámbitos ajenos y hasta extravagantes de su importante futura misión, el silencio como respuesta al dislate que he comentado no me parece lo mejor.
La Casa Real no puede estar sólo a que el Gobierno de turno haga unos comunicados más o menos calurosos de rechazo a una afrenta, que podía haber sido tratada de otras maneras. A veces hay que hablar Mejor dicho es menester hablar.
Conviene hablar en estos tiempos inmersos en la espiral de radicalización de la vida política española que ha puesto en marcha el Jefe del Gobierno y en las que se inscriben declaraciones como la del impresentable Anasagasti o portadas como la del “El Jueves”, o la plataforma pidiendo referéndum para traer del ronzal una III República, que volvería a convertirse en sangre, fango y lágrimas.
Como monárquico me preocupa el silencio de la Casa Real y el ensayo de entreacto republicano. Y el Gobierno.