Reportaje

Melilla se viste de grana y oro para recibir a una leyenda viva del toreo, Francisco Ruiz Miguel

El maestro no necesita presentación, y además es de San Fernando, la villa gaditana, famosa por sus salinas; cuna de ilustres cantaores, artistas y toreros geniales, como lo es Rafael Ortega.

Publicada en InfoMelilla el 6 de febrero de 2007

Salvador Ramírez

Melilla se viste de luces para rendir homenajea un torero de época, ser humano excepcional y profesional que ha demostrado en los ruedos hidalguía y valor, Ruiz Miguel, el matador que ha batido todos los records imaginables despachando encierros de los hierros más temidos por la torería: Victorino Martín y Miura, eso son palabras mayores.

Antonio Gutiérrez, Francisco Benítez y Román Criado
Antonio Gutiérrez, Francisco Benítez y Román Criado

El gaditano llega a Melilla para convertirse en protagonista estelar de sus V Jornadas Culturales de Tauromaquia, en las que su amigo y compañero Enrique Romero -'Toros para todos', de Canal Sur TV- también va a recibir cumplido reconocimiento.

Junto a Iker Javier Lara, Ana Romero -presidenta de la Plaza de Toros de La Malagueta-, Pío García Escudero y los sastres Algaba, integran el cuadro de honor de un acontecimiento que ya despierta el interés del ámbito nacional taurómaco.

Francisco Ruiz Miguel no necesita presentación, y además es de San Fernando, la villa gaditana, famosa por sus salinas; cuna de ilustres cantaores, artistas y toreros geniales, como lo es Rafael Ortega.

Su paso por los toros fue como para asustar al más pintado, cada año tenía que 'hacerse cargo' de la camada de Miura, Victorino, Palha, Pablo Romero... y así siempre. Fue el clásico aliado de esos terroríficos astados, ¿cuánto miedo y satisfacciones aguantó su menudo cuerpo?.

Luego, después de deambular por las plazas en plan gladiador y cuando estaba reconocido como una figura, pidió justicia para formar parte de los carteles comerciales; quería matar las corridas de Jandilla, Juan Pedro y Atanasio.

Algún empresario le abrió las puertas, y lo que era un premio merecido se convirtió en fracaso. Su sitio en la profesión era otro, y ese lugar estaba reservado para Robles, Manzanares, Ojeda, 'Espartaco', Ortega Cano..., con los que fue incapaz de competir, regresando con vergüenza y dignidad a su legítimo puesto, entre el respeto de la afición y los profesionales, que veían en el de San Fernando el prototipo de la honradez a carta cabal, donde se mantuvo con firmeza, hasta que le llegó la hora de la retirada.

Despedida en Madrid Cuando tuvo que decir adiós, lo hizo en la plaza que más le había dado, Madrid. Era el final de la temporada de 1989, la última que Chopera regentó Las Ventas. Ruiz Miguel se encerró con seis toros en la más exitosa feria de Otoño que se recuerda.

La tarde anterior, Julio Robles había salido a hombros, mientras que dos días antes era Curro Vázquez el que atravesaba el emblemático marco, como también lo había hecho el jienense Fernando Cámara.

En su postrera comparecencia le sonrió la suerte, se la jugó de veras, y al final logró su sueño de atravesar en olor de multitud la Puerta Grande. Esa tarde se sintió el hombre más feliz de la tierra. Por la noche, se emborrachó con 'su' gente, entre la que sobresalía el obeso banderillero Juan Luis de los Ríos 'El Formidable', junto al picador de toda la vida, Martín Toro, que, retirado el año antes en Zaragoza, no quiso perderse el acontecimiento.

Su postrera e inesperada gesta se produjo la mañana siguiente, poco después de romper el alba, cuando cantaba por soleares en una churrería de la Gran Vía y su presencia 'paró' el tráfico en el corazón madrileño.

Pronto se corrió la voz: "En la churrería de Callao está el torero que se retiró ayer", y todos los 'currantes', que se desperezaban del sueño para ir al 'tajo' quisieron saludar al ídolo, que los invitaba a chocolate y aguardiente, hasta que poco después, de manera espontánea era izado a hombros por los sorprendidos aficionados, entre gritos de ¡torero, torero!, mientras los taxistas tocaban el claxon y algún despistado mañanero que pasaba por allí decía, "pues vaya 'turra' que le deben haber dado, como lleven por ahí toda la noche con él".

Pero el torero era feliz, y ante tanto reconocimiento, con lágrimas en los ojos, se acordó de su difícil infancia, cuando trabajaba de sol a sol en una lechería (como le pasó a Dámaso González); o aquella mañana que, al abandonar el sanatorio, emocionado, enseñaba orgulloso a sus amigos la cicatriz de la primera cornada, hasta que la vio el maestro Rafael Ortega y le contestó: "Eso es un arañazo", y el viejo torero, bajito, gordo y calvo, pero que toreaba como no lo ha hecho nadie, por más mitos que busquen, le enseñó sus destrozadas piernas.

Entonces el joven matador avergonzado tuvo que dejar de presumir, "lo suyo sí que tiene verdad, maestro", y se marchó a entrenar con los torerillos de la isla.

La ciudad de la Mezquita de Toreo, en suma, viste sus mejores galas para saludar a una leyenda viva, el maestro del valor y la honradez, Paco Ruiz Miguel, honorable siempre.