Opinión
“Nos importa mucho” (la caza al Rey)
Publicada en InfoMelilla el 2 de octubre de 2007
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Antonio Gutiérrez Molina, no del portal.
Verdaderamente cuesta trabajo pensar que en cualquier Nación de nuestro entorno, de la Unión Europea por ejemplo, sea cual sea la forma de Gobierno que posea, se asistiera al aquelarre que estamos asistiendo en torno a la Monarquía y en concreto a la figura de nuestro buen Rey Don Juan Carlos.
Cuesta trabajo imaginarse que los países más prósperos de Europa -que casualmente son Monarquías- Holanda, Reino Unido, Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo, por ejemplo, asistieran, de la forma que estamos asistiendo, a un acoso contra el Jefe del Estado, ante la tibieza del Gobierno, la indiferencia de las Instituciones o el silencio cómplice o aborregado de los demás.
No es hora de preguntar ahora qué fueron de los besamanos, dónde quedaron los telefonazos a Palacio para pedir fotos personales dedicadas para luego exhibirlas como trofeos, en que quedaron los codazos para estar más cerca del Rey en las recepciones, a que sitio de la conciencia fueron a parar tantos elogios, tanta adhesión, tanto reconocimiento.
Podría preguntarlo, pero es tanta la nausea que me produce ver lo que veo, que prefiero no hacerlo. No tengo ningún inconveniente en reiterarlo una vez más: por encima de cualquiera ubicación política, soy monárquico tanto desde el sentido intelectual como el accesorio del sentimiento o tradición. Por eso, me espanta que con independencia de la chulería separatista, de la quema de las fotos del Capitán General de las Fuerzas Armadas, de los que se declaran antimonárquicos con alegría en los programas bazofias de las cadenas de televisión, con independencia de los que se niegan a izar la bandera de España en los Ayuntamientos pese a haberlo ordenado el Tribunal Supremo, con independencia de preocuparme todo lo anterior y el silencio mansurrón de los que más debieran alzar la voz, me preocupa ese latiguillo que ya he escuchado en muy altas Instituciones, que consiste en decir que todas las injurias que padece el Rey, “es cosa a la que no hay que darle importancia”.
Confieso que cuando oigo esto consigue sacarme de mis casillas. Porque quienes lo dicen son los que se han hecho rico en la Monarquía, precisamente por la concordia y estabilidad del régimen monárquico. Me da asco escuchar eso de que a lo que está pasando no hay que darle importancia y que encima están callados con más miedo que vergüenza, porque carecen de ella,
Me produce asco, la inhibición de los grandes pensadores, de los muchos cargos políticos, de los medios de comunicación, que a la hora que es dicen que “lo mejor es no darle importancia”. Cómo será la cosa que el Cardenal Primado ha tenido que salir pidiendo que se rece por el Rey. Menos mal, porque me producía perplejidad la frialdad de muy altos eclesiásticos, ante la avalancha de calumnias y difamaciones contra SM. , que están donde están precisamente gracias a que las cosas han sido como han sido, y la patochada de proclamar la república en Humilladero, por comunistas y socialistas, ha quedado en eso y en la apertura -con la boca chica- de expedientes de los concejales del PSOE, cómplices de la astracanada.
¿Cómo que no hay que darle importancia a lo que está ocurriendo?. ¡Claro que hay que darle importancia a este ensayo con fuego graneado contra la Monarquía!. Hay que darle importancia, señor Rodríguez Zapatero -que no ha dicho ni mu-, hay que darle importancia porque lo que se está tramando es debilitar la posición del Rey, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, no se olvide, al servicio de intereses inconfesables.
Hay que darle importancia porque la figura del Rey es un obstáculo que se interpone ante cualquier pretensión que desborde el marco constitucional que proclama la unidad de la Patria (sí he dicho Patria, ¿pasa algo?). Por eso digo que nada de lo que está pasando ocurre casualmente. Está todo muy planificado. Alzo mi voz como monárquico, para que al menos, que por mí no quede de poner las cartas boca arriba ante la partida con cartas marcadas que quieren hacernos jugar los cobardes y los sinvergüenzas.