Opinión
¡María San Gil no puede ni debe abandonar!
Publicada en InfoMelilla el 27 de mayo de 2008
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.
Remitidos
Hoy, ciertamente, debo confesarles que me siento profundamente decepcionado. Es muy duro para uno que ha puesto su fe en un partido político el ver como, después de dos fracasos electorales consecutivos, cuando se podría pensar que todos intentaríamos aunar esfuerzos, sumar voluntades y agarrarnos con mayor unidad a los valores que siempre han sido el sólido apoyo que ha mantenido a flote al PP; de la noche a la mañana, sin que nadie pueda sospechar las causas de ello, se produce un brusco cambio de orientación que procede, para mayor INRI, de aquella persona en la que todos habíamos confiado, que merecía toda clase de garantías por su aparente buena fé y honradez política y, que parecía reunir todas las cualidades para garantizar un funcionamiento democrático dentro del propio partido cuya dirección ostentaba.
La marcha de María San Gil de la presidencia del PP en el país vasco y su determinación a renunciar a su escaño en el Parlamento vasco puede que sea el punto de inflexión que marque el antes y el después de la historia del Partido Popular. Nos temíamos lo peor ante la aparición de un equipo sin experiencia, carente de las “heridas de guerra” que honran a los líderes de cualquier formación y dotados de esta soberbia propia de aquellos que están convencidos que son poseedores de la verdad absoluta. Esperábamos, no obstante, que el señor Rajoy sería capaz de escuchar las voces críticas que desde todos los ámbitos del partido, a partir las mismas bases hasta llegar a notables dirigentes y simpatizantes, le quisieron hacer ver los inconvenientes de una decisión que ponía en peligro la unidad de la formación y que, por añadidura, daba paso a unas ciertas tendencias que chocaban frontalmente con los principios básicos que siempre han sido la piedra angular del ideario, tales como la aproximación, por tácticas ya ensayadas por el señor Piqué en Barcelona, a los nacionalismos. Claudicaciones que, a ojos vistas, le dan una orientación al partido diametralmente opuesta a la que muchos de los votantes del PP consideramos que deben ser su norte y seña.
No puede ser y es inconcebible que, en poco menos de un mes, se haya aplicado la guillotina política a personas de un fuste, de una valía y de una solvencia tal como puedan ser la señora Esperanza Aguirre (incomprensiblemente blanco de las iras del señor Fraga) el señor Acebes, el señor Zaplana, el señor Mayor Oreja y puede ser que la misma señora Regina Otaola, heróica alcaldesa de Lizarra, siga su misma suerte. El jacobinismo que se ha apoderado de la presidencia del PP sólo parece indicar un miedo enfermizo a ser descabalgado de la poltrona, un terror a que se apliquen los métodos democráticos en el Congreso de Valencia y la necesidad de deshacerse de cualquier oposición antes de que logre conformar una cabeza de puente que pueda poner en peligro la aplicación al partido de las nuevas tácticas y estrategias para llevarlas a cabo.
La prueba de que el partido ha entrado en periodo de auto descomposición es la complacencia con la que el PSOE está viendo la marcha de los acontecimientos. Las alabanzas que el propio señor Zapatero le dirige al jefe de la oposición y lo comedidos que están la señor De la Vega y el inconmensurable Pepiño Blanco, que no puede contener, en sus comparecencias, la satisfacción que le embarga. Hace sólo unos meses una situación como la que tenemos planteada en la actualidad hubiera sido impensable y, si alguien nos la hubiera profetizado, le hubiéramos tachado de desequilibrado y de tonto.
Sin embargo, me niego a aceptar que la situación no tenga remedio y me adhiero como simple simpatizante de base a los ponderados reproches del señor Arístegui, una de las mentes mejor amuebladas del PP, en las consideraciones que le ha hecho al señor Rajoy respecto al trato dispensado a la señora María San Gil. Espero que las cosas no se queden como están y que haya alguien que tenga el coraje de plantar cara y de recoger el testigo para asumir la defensa de los millones de votantes del PP que no podemos acabar de entender como, de la noche a la mañana, hemos caído en manos de sujetos como los señores Lassalle, Feijoo, Soria y mucho nos tememos, o convendria que aclarase su posición, el mismo señor Camps de Valencia. Gallardón se merece una consideración especial por lo rastrero de su comportamiento y por sus veleidades en el campo de la política.
Es obvio que su facultad para el disimulo es nula y que su ambición le puede, hasta el punto de que ha sido incapaz de reprimirse en varias ocasiones en las que se ha ofrecido para ser el número dos de Rajoy. Tiene un fan en don Manuel Fraga que, por lo visto, ya se ha olvidado de cuando era un firme defensor de la unidad de España y abjuraba de los nacionalismos. Lo que sucede con Gallardón es que tiene un pie metido en el bando de la izquierda (sus coqueteos con Prisa son conocidos de todos) y pretende convertirse en el gran chamán de la derecha; esperando que Rajoy se equivoque (que se va a equivocar, porque ya lleva rumbo de caer otra vez en los engaños de Zapatero) para clavarle la puñalada trapera y hacerse con la ansiada presidencia del partido. Mientras, ya se ha asegurado un puesto entre los adláteres de Rajoy, desde donde le será mucho más fácil continuar intrigando, no para mejorar las expectativas del PP, si no las suyas propias, pues de esto se trata.
Se hace imprescindible una coalición de las figuras señeras del partido para oponer un frente común a esta insensatez promovida por un Rajoy desconocido, falto de reflejos y abocado a acabar con el PP. ¡Ojalá que no sea tarde para recomponer el estropicio! Así lo deseo y espero.
Miguel Massanet Bosch