Opinión
¡Para lo que me da el convento, las monjas dentro!
Publicada en InfoMelilla el 16 de noviembre de 2008
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.
Remitidos
Tal como están las cosas en España, uno llega a la conclusión de que parece inútil insistir sobre los mismos temas, quejarse de las mismas cosas y recapitular sobre lo que ya resulta evidente para toda la población española, excepto, para aquellos que prefieren ignorar el hecho de que ya estamos en un lugar del mundo donde los pastos se niegan a crecer y, en consecuencia, nuestras vacas están empezando a mostrarse magras como la mojama, exhibiendo sus pieles resecas y acartonadas sobre sus huesudos esqueletos. Por ello y, quizá porque me ha invadido una especie de pesimismo antropológico que me inclina a adormecerme entre utopías y ensueños, he preferido imaginarme que en este país se producía un fenómeno extraño, algo así como una catarsis benefactora en virtud de la cual se producía la desaparición de todas aquellas personas que viven a costa de los contribuyentes, quede claro, de los que se ganan el pan con el sudor de su frente, con su esfuerzo intelectual o con sus habilidades artísticas. ¿Se lo imaginan ustedes? Si, ya sé que no es fácil, debido a que ya nacimos con este mal, como nacimos con el pecado original, sólo que en este segundo caso y gracias al bautismo nos libramos del estigma del pecado de nuestros primeros padres y, por el contrario, no nos ha sido posible quitarnos de encima esta sanguijuela insaciable, esta garrapata de cuerpo descomunal en la que se han transfigurado los sucesores de aquellos caudillos que, garrote en alto, espada flamígera o venablo hiriente, se colocaban al frente de sus mesnadas para afrontar, en primera línea de batalla, el ataque de las tribus vecinas, en defensa de sus mujeres, sus tierras, sus cultivos y sus semovientes.
¡Maldito el día en el que hubo alguien que se subió en un taburete para estar más alto que los demás! Desde aquella tribuna, empezó a explicarles a los que, admirados por el gesto del orador, quisieron enterarse de lo que les decía, de los cantos de sirena del primer aspirante a político. Aquel día fue el primero en el que un humano se alzó por encima del resto de sus conciudadanos para imponerles un criterio, una teoría, un proyecto. Pero no un sistema para mejorar las artes de la caza y la pesca ni tampoco para mejorar la productividad de sus cosechas o la seguridad de sus familias; no, no, este sujeto, al que me estoy refiriendo, fue aquel que aprendió a vivir, sin dar golpe, a costa de los que trabajaban; utilizando la excusa de que era preciso que alguien se ocupara de administrar el dinero de los que se lo ganaban con sus artes, para hacer que otros, a los que les puso el nombre de funcionarios, se ocuparan, a su vez, de gastárselo con liberalidad en pagar a otros trabajadores para que construyeran, edificaran, programaran una multitud de supuestos servicios, siempre ¡en bien de la comunidad! que, una vez terminados y para que pudieran ser usados por los ciudadanos, a cuya costa se habían costeado, tuvieran que volver a pagar para poder utilizarlos. O sea, aquel señor que se inventó aquello de:” la pescadilla que se muerde la cola”.
Claro que todavía la cosa fue a peor cuando, el que vivía sin dar golpe, se dio cuenta de que, además de vivir de gorra, comiendo lo que le entregaban sus administrados, podía hacer algo que le resultaba mucho más rentable, mucho más lucrativo y que, además, tenía la virtud de ayudarle a encumbrarse por encima de los demás. Aquel día se inventó el sisar, el choricear, el trincar, el afanar, el mangar, el merchar y el desplumar, o sea, que surgió la pesadilla del administrador público, el verdugo de los bolsillos y el enemigo público número uno del pueblo: el recaudador de impuestos o, si lo extrapolamos al lenguaje moderno: Hacienda. Y ya se sabe: “hacienda somos todos” si, todos los que pagamos para que otros, a los que se les conoce, además de por otras expresiones que no se pueden reproducir por escabrosas y malsonantes, como políticos. Ellos fueron los que aprendieron a que, con el truco de presentarse como “servidores del pueblo”, “representantes de los colectivos más deprimidos” y “administradores de los dineros de los demás” ( dando por supuesto que cada uno es incapaz de decidir lo que quiere hacer con su peculio) se inventaron toda esta serie de servicios públicos que, para hacer uso de ellos, hay que pagar mil impuestos, tasas, arbitrios municipales, permisos, cánones y otras mil cargas, con las que ayudar a que los políticos y funcionarios se den la gran vida. Un ejemplo: usted se compra un coche, paga sus IVA, permiso de circulación, ( ya me dirá usted que hace con un coche si no puede circular con él) y piensa que ya puede usted circular por donde le parezca; craso error: empiezan por cargarle de impuestos la gasolina ( en España más de un 40%); le impiden circular por determinadas zonas, le hacen transitar a paso de tortuga; no tiene un lugar donde aparcar si no es pagando sus buenos dineros; le hacen revisar el vehículo cada par de años, cobrando sus tasas, como es natural; tiene que pagar una tasa anual por circular y renovar periódicamente su carné de conducción. Y, si usted se equivoca y aparca en lugar prohibido o se excede del límite de velocidad o se equivoca de dirección o se pasa un semáforo o se olvida de ponerse el cinturón o habla por el móvil o no hace seña de torcer a la derecha; entonces siempre surge un agente de policía –de estos que nunca puedes encontrar cuando estás en un apuro porque alguien te roba o te amenaza o te has perdido y necesitas ayuda –; y, sin ninguna contemplación, te pone una multa que te descuajaringa y, por si era poco, te quita algunos de estos malhadados puntos que algún psicópata se inventó para hacernos la Pascua a los conductores.
Rebobino y vuelvo al principio. Y toda esta parafernalia, toda esta protección que nos buscamos un día, para estar seguros, todos estos impuestos que pagamos, toda esta policía, todos estos políticos, todos los parlamentarios, los partidos políticos, los sindicatos, todos estos funcionarios de la Administración, economistas del Gobierno; toda esta gente a la que pagamos de nuestros dineros, señores, ¿para qué nos sirven? Si cuando vienen mal dadas no nos alertan; si cuando asoma en el horizonte la crisis económica, se lo callan; si cuando nos quedamos sin trabajo, escurren el bulto; si cuando precisamos dinero se lo dan a los que más tienen: los bancos; si cuando se nos estafa, porque hemos pagado una cantidad por una vivienda y el constructor quiebra, no se nos echa una mano y , por el contrario, el constructor se va de rositas; si después de habernos acosado a impuestos necesitamos un respiro, para reponernos, es cuando más nos exigen su pago; si cuando más ejemplo de austeridad debieran dar, más muestras de despilfarro nos dan; entonces, señores míos, díganme ustedes por qué repajolera circunstancia, nosotros que somos más, nosotros que somos los que creamos riqueza, nosotros que nos cansamos y tenemos la responsabilidad de cuidar de los nuestras familias, estamos aguantando como borregos que se nos lleve al matadero ( léase ruina) por causa de una pléyade de vividores, incompetentes y aprovechados a los que les confiamos la nación. Yo, si les he de ser franco, me hago cruces de ello.
Miguel Massanet Bosch