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Mocetón.
Daniel Castañeda, 97 años le contemplan
Cuando los cincuentones éramos, en el pasado, niños, íbamos a comprar peces 'gupi' al almacén de papel de Daniel Castañeda, ‘La Española’.
Publicada en MeliYa el 27 de octubre de 2010
Ha vivido tres guerras –Annoual, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial- y ha sobrevivido gracias a su buen humor, aunque no haya pegado un solo tiro. Daniel Castañeda es un fenómeno que luce casi un siglo –está a punto de cumplir 98 años-, que vino de su Granada natal para sentar sus reales y marcar las lindes de su cortijo en la vieja Rusadir. Es un mocetón pícaro y es un erudito señor que, a estas alturas, no tiene que recibir clases de nadie sino, más bien, ofrecerlas.
Sus tres pianos –uno de cola, otro normal y un ‘hammond’- están perfectamente afinados, como su ancestral guitarra que cuelga de la pared de la salita de su anciana –como él- residencia en pleno centro de Melilla, un caserón lleno de historias y de recuerdos. Una pileta llena de agua clara acoge al último pez 'gupi' de su colección. Está junto al piano y muy cerca de la inmensa colección de relojes cuco que posee perfectamente bien conservados.
Cuando los cincuentones éramos, en el pasado, niños, íbamos a comprar peces 'gupi' al almacén de papel de Daniel Castañeda, ‘La Española’: "Claro, malvado, si eran los más baratos y estábais tiesos". Pero no sólo íbamos a comprar peces sino a escuchar con mucha atención las historias de Daniel y sus enseñanzas. Desde el origen de las especies pescaderas hasta su enorme glosario de anécdotas y vivencias. Con Daniel se aprendía y se aprende.
"Me gustan las mujeres", proclama ufano y lúcido. Y le gustan los chistes casi igual que la buena música. Invadimos su hogar de la avenida de los Reyes Católicos y, antes de sentarnos, se sienta él en el piano -el normal- para interpretar 'Dos gardenias' y 'La campanera'. Es casi imposible comprobar cómo un mocetón de 97 años toca tan bien el piano. Con ritmo y compás y, si se le pide amablemente, hasta las canta. Luego, ya en el 'hammond', borda el 'Oh sole mío'. Qué bárbaro.
Tiene en casa algo de martini y de anís, los propone, pero sabe que no se puede pasar aunque, dolencia, no se le conoce ninguna a pesar de que está rozando el siglo de existencia. Bueno reconoce una afección: "Mi única enfermedad es llegar apurado a fin de mes pero es una enfermedad del bolsillo, no mía". Castañeda ve pasar los años con placidez, con la seguridad de haber heccho muy bien las cosas y es "devoto de las buenas amistades, las que te enriquecen, las que te colman".
Hay tiempo, en 97 años, de sufrir y de ser feliz; hay tiempo para confiiar en el ser humano y para desengañarse del ser humano y hay tiempo para interpretar un pasodoble, un bolero o una pieza de ópera. Pero hay que llamarse Daniel Castañeda para que dé tiempo a todo.