Opinión

Libertad sin ira

Publicada en InfoMelilla el 19 de noviembre de 2010

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

Los que ya tenemos cierta edad recordamos con verdadera nostalgia esta vieja canción que, en la década de los setenta, popularizó un grupo musical onubense llamado Jarcha. Era una época de cambios. La tan denostada, últimamente, transición, se habría camino con dificultad entre los inmovilistas y los que propiciaban la ruptura. Nuevos aires empezaban a respirarse en España y todos nos sentimos motivados y emocionados ante el nuevo horizonte de libertad que se vislumbraba en nuestro país. Para todos estos cambios y nuevas esperanzas, “Libertad sin ira”, no era una canción más, era todo un himno que sintetizaba la ilusión de una generación entera.

Reconozco que escribo estas líneas con cierta nostalgia, y digo cierta, pues la excesiva nostalgia, como todos sabemos, conduce a la melancolía, igual que los empeños imposibles, y tal y como está la situación no debemos caer en la tediosa melancolía pues nos llevaría a la inacción, ni considerar que nos encontramos ante empeños imposibles porque nos dominaría la impotencia.

Nunca pensé que, transcurrido treinta años de este viejo símbolo musical de remembranza de tiempos de libertad, se pudiera convertir en un canto de rabiosa actualidad y un nuevo altavoz que pregonase lo que necesita Melilla.

He vuelto a Melilla con la ilusión de devolver algo a la sociedad que tanto me ha dado en mi larga etapa inicial. Aportar algo a la mejora de la calidad asistencial de los melillenses desde mi trabajo en el hospital y participar en la sociedad civil de forma activa con la creación de un instrumento eficaz y positivo como creo que es Fedesme.

Debo reconocer que esa ilusión inicial se ha visto sorprendida por determinados comportamientos y actitudes, pero especialmente con el temor que he detectado, y algunos hasta me han confesado, en cierto sector social melillense.

Mi impresión, y digo mía porque no me considero en posesión absoluto de la verdad, es que determinada parte de la sociedad melillense está imbuida de un miedo intrínseco a decir algo libremente o a participar de algún acto por temor a la reacción de algún poder fáctico perfectamente identificado.

Ese temor que impregna parte de nuestra sociedad es de dos tipos. Uno, es un temor explícito y provocado por veladas, taimadas o, en otras ocasiones, claras amenazas o advertencias a acudir libremente a una cena o una conferencia. El otro miedo es peor, pues no precisa de nadie para divulgarlo. Es un temor inducido, un temor autoimpuesto, un temor espontáneo, no por lo que le hayan dicho, sino lo que es peor, por lo que le puedan hacer. Es como una autocensura. No digo esto, no acudo a esta cena o no voy a tal sitio por lo que pueda pasar.

Estos temores retratan perfectamente lo que se está viviendo hoy en Melilla en torno a simpatizantes o militantes de un partido político.

He podido experimentar en primera persona cómo gente se disculpaba de acudir a los actos en los que iba a intervenir yo porque expresa y tajantemente así se les había prohibido, mientras que otros, los del temor inducido, se excusaban, con auténtico pánico, por diversas razones: “tengo un hijo que se va a presentar a las oposiciones de bomberos y tú ya sabes…”, “es que mi Asociación recibe subvenciones…”, “perdona, pero mi sobrina tiene un contrato temporal y…”.

Lo peor de esto que les estoy relatando es que no forma parte de la legítima invención literaria sino que son casos concretos, ciertos y con nombres y apellidos. Y a esto no hay derecho. No hay derecho que en pleno siglo XXI se coaccione y se cercene algo tan sagrado como la libertad de expresión, de ideas y se presione a ciudadanos libres para que no actúen acorde a sus creencias o convicciones.

Creo que frente a estos tiránicos comportamientos hay que contraponer la rabia de una sociedad que no debe estar sometida a este permanente amedrentamiento. En democracia hay otra forma de actitud, es necesario que exista otro estilo, más tolerante, más permisivo, más dialogante, menos irascible, menos despótico y menos intervencionista.

Hay libertad sin ira, pero aquella no viene como el maná en el desierto, hay que buscarla, encontrarla, luchar por ella y conquistarla. Es uno de los derechos más preciados que tenemos y estamos en la obligación de ejercitarlo constantemente para que cada vez tenga más músculo y se haga más fuerte en nuestro interior. No podemos hacer dejación de ella ni en las cosas más nimias, pues el que ceja en lo ínfimo, también lo hará en lo grande. No podemos permitirnos el lujo de rendir parte de nuestra condición de persona.

La libertad se conquista día a día, defendiendo frente al poderoso nuestras ideas, creencias y filias, sin hacer apostasía de ellas ante sutiles amenazas.

Por supuesto que hay libertad sin ira, y como decía el grupo onubense: “y si no la hay sin duda lo habrá”. Todo lo que vale cuesta, pero con esfuerzo se puede alcanzar hasta el más remoto objetivo. Como decía el gran Julio César “Nada es tan difícil que no pueda conseguir la fortaleza”.

Fdo. Ignacio Velázquez