Opinión

Un fallecimiento manipulado

Publicada en InfoMelilla el 3 de noviembre de 2010

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

El Eclesiástico (XI-28), nos dice: “Antes de su muerte no alabes a nadie”. Aunque la Biblia no es un texto proclive a las bromas o a las frases jacarandosas, mucho me temo que la interpretación de este versículo entrañe un sentido, a todas luces, sarcástico; que viene a reflejar el hecho indudable de que la muerte de una persona viene siempre acompañada, salvo en rarísimas ocasiones, de un enaltecimiento general por parte de deudos y amigos, de las cualidades y bondades del difunto de modo que, incluso aquellos que, en vida, lo consideraban un cretino, un sinvergüenza o una mala persona; tan pronto como la guadaña de la muerte se lo lleva al ignoto lugar donde van a parar los muertos, parece que se ven en la obligación de deshacerse en elogios y floreos hacia la persona del difunto. Ocurre que, esta izquierda progresista que se ha apoderado de nuestra nación, al no tener dioses a los que invocar y a los que encomendar a sus difuntos; al no creer ni en santos ni en beatos a los que puedan pedirles su intercesión por sus compañeros fallecidos, cuando les llega el momento de la muerte y, al no considerar la posibilidad de otra reencarnación en otro mundo ni tener fe en la posibilidad de otro tipo de existencia espiritual y metafísica; se ven constreñidos a asumir la muerte como un final definitivo, un término abrupto sin esperanza y una mera muralla tras de la cual no existe más que el caos absoluto.

Así, cuando alguno de sus miembros les abandona para cruzar, en la barca de Caronte, la laguna Estigia, se encuentran ante un hecho que no saben como explicar, ante el cual se sienten incómodos y, evidentemente, impotentes o inermes, al no tener justificación alguna que les permita darle un sentido a este tránsito de una forma racional, porque, señores, si es que sólo se contempla desde una perspectiva materialista, es evidente que la vida en este valle de lágrimas es injusta, artera, malévola y carente de cualquier explicación lógica, si es que queremos entender este misterio de cómo hay personas a las que todo les sale bien, que consiguen todos sus objetivos, que están sanos y gozan del amor de los suyos, que tienen riquezas o que son más listos, más guapos y más simpáticos que los demás y, por el contrario, las hay que acumulan males, enfermedades, pobreza e infortunios desde que nacieron hasta que la Parca se los lleva al otro mundo. Los cristianos lo explicamos como una prueba por la que tenemos que pasar para ganarnos otra vida, en la que se compensarán estas diferencias y se obtendrá bien por mal, según haya sido nuestro comportamiento en esta vida.

Es por ello que, cuando se produce un acontecimiento luctuoso, como el fallecimiento de don Marcelino Camacho, conscientes de que, según su forma de pensar, el pobre difunto no va a conseguir más que unos metros en el cementerio Civil, para que repose su cuerpo, al menos hasta que la naturaleza descomponga sus restos; sus compañeros de ideología deciden que lo mejor que se puede hacer es intentar sacar provecho político de la oportunidad que les brinda toda la parafernalia ceremonial que se forma alrededor del extinto. Entonces, la maquinaria de la izquierda empieza a mostrar su bien aceitado funcionamiento y comienzan a aparecer, entre coronas y banderas republicanas, los obituarios en los que sus compañeros cantan las excelencias del finado; los políticos que se hacen lenguas de sus grandes méritos contraídos cuando fundó el sindicato de Comisiones Obreras y los beneficio que sacaron de ello todos los trabajadores españoles y, lo que es más importante para cualquier sujeto de izquierdas que se precie, los años que estuvo confinado en una celda por haberse opuesto al régimen del general Franco. Con todas estas medallas no es extraño que, hasta el Gobierno, se haya visto obligado a enviar al señor ZP a abrazar efusivamente a su compañera de toda la vida; los periódicos fieles al Gobierno y los que no ( por miedo a que se los tache de anticomunistas) se han llenado de artículos laudatorios para la figura de don Marcelino y nadie, ni la propia CEOE, su ancestral enemiga, ha querido dejar de salir en la fotografía, para dar muestras del “aprecio” que todos tenían por este señor que se ha pasado años enclaustrado en su casa sin que nadie se acordase de él, sino, acaso, alguno de sus compañeros de los tiempos en los que Camacho celebraba sus mítines de trabajadores, para incitarlos a que fueran a la huelga “¿Os acordáis de Marcelino?, cuando el empezaba a rajar no había quien tuviera huevos de hacerle callar, je,je,je”.

Es la hipocresía de la gente. Son estas formalidades de las que se valen aquellos que quieren hacer de la muerte de una persona honesta con sus ideas y honrado en su modo de vivir, un ejemplo político para utilizarlo con motivo de su óbito, para hacer una propaganda post mortem del difunto, pretendiendo elevarlo a la categoría de “santo” del comunismo. Porque hay que reconocer que, don Marcelino Camacho, fue una persona que no se dejó comprar y preocupada por el tema obrero; pero nadie puede negar, y menos los que tuvimos que bregar con CC.OO en tiempos de la transición, que sus métodos operativos, su sistema de demonizar a los empresarios y la forma en la que se sacaban de la manga supuestos abusos empresariales para airearlos a los siete vientos y poner en entredicho la honra de muchas personas, cuyo único pecado era el de ser un empresario que se preocupaba por la pervivencia de su empresa. Deberían, todos estos que se deshacen en elogios por su “obra”, revisar todas las empresas que tuvieron que cerrar gracias a las huelgas salvajes provocadas por el sindicato CC.OO; debido a su intransigencia, sectarismo y a los métodos coercitivos que utilizaron para obligar a los empresarios a pagar unos salarios que, más tarde, se ha demostrado que España no estaba en condiciones de asumir. Las consecuencias las hemos vivido cuando nuestras empresas no han podido competir con las del extranjero debido a sus elevados costos de producción. La lista de industrias que tuvieron que bajar la persiana gracias a la actividad, meramente política, del sindicato comunista, bastaría para poner en entredicho la eficacia que, con tanta ligereza, se le ha atribuido a la obra de don Marcelino y a los beneficios que reportó su sindicato a la clase obrera.

Basta mirar hacia unos meses atrás para poder valorar el impacto negativo que la cerrilidad de los dos sindicatos nacionales, con sus chantajes al Gobierno y con su intransigencia ante la anunciada reforma laboral, han causado a la economía española; en gran parte, a causa de su falta de flexibilidad negociadora, a su empecinamiento absurdo en no reconocer una situación de grave crisis, anteponiendo su egoísmo para obtener más prestaciones del Estado y, a cambio, apoyarle en todas las actuaciones irresponsables del gobierno de ZP; hasta que han conseguido llevar a nuestro país a una situación límite, de la que no vamos a reponernos en varios años; suponiendo que consigamos llegar a un tiempo en el que seamos competitivos y que nuestras empresas consigan las cotas necesarias de productividad de sus plantillas. Me causa tristeza que los despojos de una persona, que vivió de acuerdo con unos valores, equivocados o no, se utilicen por tirios y troyanos como un medio de exaltación de una determinada idea política, cuyos efectos se ha demostrado que solamente han causado miseria y pobreza en aquellos países en los que se han implantado. Lamentable la demostración de entrega y servilismo de algunas instituciones del Estado, que mejor hubiera sido que se hubieran abstenido, dada su responsabilidad ante todos los españoles. Pero así vamos, de tropiezo en caída, sin que le veamos fin a esta agonía que parece que se está convirtiendo en endémica. En todo caso espero que, el buen Dios, en su infinita misericordia, haya querido rescatar del cementerio civil el alma de don Marcelino. Así lo espero y lo deseo.

Miguel Massanet Bosch