Opinión

¿Quién se esconde tras los muros del Vaticano?

Publicada en MeliYa el 2 de junio de 2005

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de José V. Cobo, no del portal.

José V. Cobo

¿Quién se esconde tras los muros del Vaticano?

El occidente cristiano vive en un ruido perpetuo. La modernidad y la opulencia nos embargan y nos alejan de una ética y moral algo más elevada. La figura de Jesús de Nazaret, al que consideramos como hijo de Dios, se ha convertido en un simple símbolo, en una imagen que gustamos de sacar a pasear en festividades señaladas como Semana Santa o Navidad, en ésta lo recordamos como el bebé que fue hace 2000 años y al que cantamos cancioncillas simples de pastorcillos y chocolateros.

Yo hace ya algunos años que comprendí y decidí no adorarlo más ni como bebé, ni tampoco como cadáver sangrante en la cruz. Para mi se convirtió y sigue siendo hoy día el ejemplo vivo, que no muerto, al que quiero parecerme cada día. He descubierto que lejos de los dogmas, ritos, liturgias, sacramentos y rituales que recibí siendo niño y que incorporé a mi vida sin saber ni su por qué ni su para qué, hay algo mucho más grande que pocos alcanzan a ver nublados por ricas vestiduras y aparatosos ritos que nada tienen que ver con el sencillo hombre del pueblo y no de iglesias que fue Jesús de Nazaret.

Pues bien, cuanto más profundizo en sus enseñanzas, cuanto más las conozco y sobre todo, cuanto más las procuro poner en practica, me doy cuenta sin lugar a dudas de que además de ser el mas grande pacificador, ha sido el más acertado visionario que ha dado la historia de la humanidad. En el Sermón de la Montaña de Jesús se haya la más acertada y práctica guía para la vida diaria, sin embargo la propia Iglesia Católica, que se denomina cristiana, no ha dudado en tacharla de utópica, ¿tiene esto alguna lógica?

Jesús visionó en qué se iban a convertir años después de su muerte sus enseñanzas. De ésta forma dejó dicha una frase que todos conocemos y que por suerte ha trascendido hasta nuestros días sin alteraciones, esta es: “No llaméis a nadie rabí, pues uno sólo es vuestro maestro. No llaméis a nadie Padre Santo, pues uno sólo es vuestro Padre que está en los Cielos”. Sin embargo la misma iglesia que dícese cristiana sigue dando títulos jerarquizados a lo que no es otra cosa que su casta sacerdotal: eminencias, excelencias hasta llegar a un Padre Santo. Jesús no tuvo ningún titulo, ni tampoco los concedió. El dijo: “Todos vosotros sois hermanos, y uno es vuestro Padre”. ¿No parece que ya entonces intuyera que los mismos hombres que utilizan su nombre para hacerse notar como sus seguidores, hacen todo lo contrario a lo que el nos indicó?

¿Quien mandó construir templos de piedra para que Dios habitara en ellos? Jesús no. El dijo: “vosotros sois el templo del Espíritu Santo”. Sin embargo por qué se decidió que a Dios hay que encerrarlo en un sagrario rodeado de gruesos y oscuros muros en donde se le puede ir a visitar. Jesús nos aconsejó: “Retírate a tu cámara tranquila, cierra la puerta tras de ti y ora a tu Padre que en lo profundo te ve”. En el pasado por afirmar que Dios vivía en toda la creación, te podía costar el calificativo de panteísta, si no algo más.

Para mí, antes católico practicante, ahora libre-pensador y cristiano libre, las instituciones llamadas `Iglesia´ no hacen más que una burla tras otra de las sencillas palabras de Cristo, una traición tras otra. Por lo tanto y a tenor de los hechos, puedo afirmar sin miedo a equivocarme que en el Vaticano trabajadores en la viña del Señor, no hay ninguno, si los hubiera ya se hubiesen desprendido de sus ricas vestiduras, de sus ostentosos ritos y de sus riquezas en beneficio de los pobres.

Y no somos pocos los que cada día más, pensamos así; ya lo dijo el cardenal Antonio Mª Rouco, cuando afirmó que España se había convertido en un país de apostatas pasivos. Sin ir más lejos el domingo pasado escuché en un interesante programa de Radio, a una mujer sencilla que después de presenciar el lujoso y aparatoso entierro del difunto Papa y posterior entronización del siguiente (Santo Padre), rodeado de eminencias, excelencias y dignatarios eclesiásticos, envueltos en púrpura y oro, daba las gracias por poder dirigirse a Dios en su corazón diciendo únicamente: “Padre nuestro…”

José V. Cobo