Opinión
Una boda ultramarina
Publicada en InfoMelilla el 15 de noviembre de 2007
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.
Remitidos
Hace ya muchos años, una madrugada de finales de octubre, Paco llegó al puerto de Águilas para unirse a la tripulación de un barco pesquero. Mi tío no pertenecía al gremio de los hombres de la mar, pero había acordado con el patrón que le llevara a la otra orilla del Mediterráneo, a la bella ciudad norteafricana de Melilla, tan lejana entonces. Su hermano Juan, mi padre, se casaba con Lola, y la penuria de aquellos tiempos hacía impensable al resto de la familia un desplazamiento a aquellas costas. Después de unos días faenando en los caladeros de costumbre, el barco tocó puerto tras una travesía no exenta de incidentes, y Paco se despidió agradecido de aquellos pescadores. En sus manos, además de la tosca maleta, un ramillete de atunes que le sirvieron como presente para la madre de la novia, la que soñaba en la azotea con su larga trenza al viento, recordó siempre mi padre.
Así comienza la novela que siempre quise escribir pero que ha impedido esta absorbente profesión de periodista. Qué mejor inspiración para ese libro que el origen de mi propia existencia, propiciada por aquella boda mágica que fundió dos continentes, dos mundos y dos amantes.
Aquel jovencísimo médico que se había enrolado en el ejército se casó aquel día con Lola, con Paco como testigo, y de los atunes seguro que daría buena cuenta la familia residente en la calle Castelar, aquella por la que bajaban en días de fiesta con sus largos faldones los temibles gigantones, que, siendo yo una niña, provocaban la frenética huída hacia la casa de mi abuela Dolores según se iban acercando. Los ascensos, un nuevo destino, Madrid. Juan tenía que marcharse a la península y dejar temporalmente a su familia. El olor a brea que lo inundaba todo en el puerto. Cogida de la mano de mi madre, junto a mis hermanos, despedíamos a papá, mientras la sirena del enorme barco blanco tronaba en mis tiernos oídos. Aún puedo oírla hoy desde Toledo, cuando el alma reposa cada noche de la rutina solar. Y llegó un nuevo traslado: Toledo, la gran desconocida, la ciudad misteriosa circundada por el Tajo, la de los atardeceres rosa palo, la del Greco, Marañón, curas y militares, tanto monta, monta tanto...¿qué sabrán todos, Toledo, de ti? Ciudad sobria, cerrada, inexpugnable al forastero, pero que reblandece sus murallas y se torna amorosa cuna para aquellos que llegan a su puerta necesitados de consuelo por las hondas lejanías, como dijo Lorca, por la añoranza de la bellísima ciudad blanca que emerge del mar de las culturas.
Pasaron los años y fueron muchos otros los que, como Juan y Lola, fueron acogidos por esta ciudad en cuyas callejuelas también gastaron sus vidas, en otros siglos, en otros tiempos, moros, cristianos y judíos. Quizá ese poso antiguo de convivencia, de tolerancia, de multiculturalidad que tiene Toledo amortigua la añoranza de los que un día llegaron de Melilla y se resisten a olvidarla. Los mismos que decidieron unirse en torno a la Casa de Melilla -que estos días conmemora su XIV aniversario-, para recordarla a la menor ocasión, y festejarla con música, y comerse sus sabrosos pinchitos con esencia pura de morería ...¡¡que se lo digan si no a su presidente!!… ¿Verdad, José Luís? También Paco, aquel jovenzuelo que un día cruzó el Mediterráneo para acudir a la boda de su hermano, quien nos dejó hace ya diez años, vuelve a Toledo alguna que otra vez en compañía de Eloísa, su esposa, y se une a la alegría de la fiesta melillense. Luego, sobre el embarcadero de la cala más bella del mundo, Calabardina, en un atardecer tan claro que hasta se divisa Mojácar en la lejanía, observa la superficie del agua y piensa en Juan. «Paquico, ¡¡¡qué alegría!!!, ya pensaba que nadie vendría a mi boda».
María José Muñoz García