Opinión

¿Podrían sobrevivir las autonomías siendo independientes?

Publicada en InfoMelilla el 18 de marzo de 2008

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

Hay algo que me es difícil comprender por mucho que me esfuerzo en ello. Hasta ahora, desde que los Reyes Católicos lograron la unificación de España, parece evidente que este conjunto de provincias que han venido constituyendo nuestra nación han venido funcionando bastante bien en sus relaciones entre unas y otras. La mano de obra que sobraba de algunas se trasladaba a otras donde hacía falta; los productos de los Altos Hornos de Vizcaya se enviaban a Madrid o Barcelona para que allí se transformaran en coches o en grúas y las naranjas de Valencia se han repartido por todo el resto de la piel de toro para que las saboreáramos todos los españoles. Todas las veces que, durante los pasados siglos, se han querido inventar, por algunos ilusos iluminados, argumentos para que alguna de las regiones se enfrentara a las demás el invento ha producido el efecto contrario al deseado, en el sentido de que donde había paz ha habido guerra y donde las personas se entendían a las mil maravilla con sus vecinos, han empezado a surgir tropiezos, mal entendidos y resquemores. Los ejemplos los tenemos en los inventores de patrias como Sabino Arana o Rafael Casanova (cuya figura fue recuperada por los políticos e intelectuales de la Reinaxença para apoyar sus reivindicaciones catalanistas) o aquellos que, justificándose en pretendidos derechos dinásticos, como los Carlistas, pretendieron hacerse con el poder causando un mar de sangre y sin otro resultado que empobrecer a la nación e impedir su desarrollo normal.

El hecho es que, basándose en pretendidas reivindicaciones lingüísticas, en manipulados agravios regionales y en pretendidas injusticias derivadas del centralismo, se ha instaurado en diversas autonomías una corriente independentista que, si se inició en dos de ellas ( País Vasco y Catalunya), lleva camino de extenderse como la tinta en un vaso de agua, con el peligro de que se expanda a todo el territorio nacional. Comunidades como Galicia han entrado ya en el conjunto que ha hecho de la lengua un arma arrojadiza contra el Estado y se están radicalizando hasta extremos de que, tanto la bandera como el idioma patrio, se han convertido en los objetivos de las iras de aquellas personas que, sólo hace unos años, hubieran estado dispuestas a dar su vida por ellas. El obvio que estos cambios no han surgido por generación espontánea, ni que se han cocinado en los hogares de los gallegos o catalanes de a pie; no, señores, todo esta maquinación es fruto de una planificación bien sincronizada para dar al traste con la nación y con el sistema actual, que tan bien nos ha ido a los españoles pero que, sin duda, no responde a los proyectos que albergan algunos desaprensivos para convertir a España en un conglomerado de pequeños estados fáciles de manejar, dependientes por fuerza de las ayudas externas, porque solos no tiene posibilidad alguna de sostenerse en un mundo donde manda cada vez más, por mucho que se intente desacreditarla, la globalización. Una Europa de naciones nunca se puede convertir, porque sería ingobernable, en una Europa de pequeños territorios cada uno con su propia lengua, cada uno con su carencias y cada uno con su especial sistema de gobierno.

Si dentro de Europa no tenemos ninguna posibilidad de sobrevivir, como conjunto de pequeños estados, no digamos lo que nos esperaría ante las ansias expansionistas de los reinos del norte de África. Si los del Islam, empezando por Marruecos, ya nos han hecho saber sus aspiraciones sobre el Al Andalús, cuando saben que todavía somos una nación cohesionada y con un ejército capaz de defendernos, ya se pueden imaginar ustedes lo que les sucedería a una Andalucía independiente, pobre y dependiente económicamente del resto de comunidades más ricas. No es aventurado decir que pronto la labor iniciada por Don Pelayo en Covadonga quedaría convertida en agua de borrajas, con un Mohamed VI crecido y muy probablemente apoyado por Francia, nuestra proverbial enemiga.

Lo que es evidente es que, por el camino de la fragmentación de España, la solidaridad que la Constitución de 1978 estableció para que las provincias ricas pudieran ayudar a las más pobres, para que se consolidara el mandato constitucional de que todos los españoles tengamos los mismos derechos y deberes, que nuestra nación busque un mejor reparto de riquezas y que, cada español, tenga las mismas oportunidades de buscar trabajo en cualquier parte de nuestra nación; queda automáticamente sin efecto. Desde el momento en que cada autonomía tenga su autogobierno, pueda imponer a sus ciudadanos sus propios impuestos y administre lo recaudado para el consumo interno de la misma, queda claro que las más ricas se van a quedar con su riqueza y las más pobres continuarán alimentando su pobreza. Y esto no lo desdice ni CIU ni el BNG ni el PNV.

Tampoco sería entendible que cada autonomía legislase por su cuenta o que tuviese sus propias reglas financieras o que crease su propio ejército o estableciese sus propias aduanas cuando, precisamente, en la UE lo que se está pretendiendo – hay que reconocer que, hasta ahora, con poco éxito – es eliminar todas las barreras administrativas y legales entre las distintas naciones que la integran. ¿Cómo se puede compaginar esta atomización de administraciones, dentro de una misma entidad suprarregional, con la legislación comunitaria? No creo que fuera posible, como me temo que tampoco la CU aceptaría una España multiestatal en su seno. Lo cierto es que ya se nos han advertido en varias ocasiones por nuestras singularidades en actuaciones económicas y por nuestras formas poco ortodoxas de comportarnos en materias de competencia de la Comunidad. No creo que ni lo de Kosovo ni el ejemplo de Irlanda del Sinn Fèin, sean los más apropiados para que tomemos ejemplo de ellos, salvo que pretendamos hacerles el juego a los iluminados que no dudan en poner en peligro el bienestar de los españoles para conseguir sus fines espurios. ¡Claro que, visto lo visto, se puede esperar cualquier cosa de esos que nos gobiernan!

Miguel Massanet Bosch