Opinión

¿Tenemos garantías de unas elecciones imparciales?

Publicada en InfoMelilla el 21 de febrero de 2008

Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.

Remitidos

Llevamos unos días en que se van reproduciendo con una cierta intensidad la aparición de escritos, manifiestos, declaraciones o proclamas firmadas por los que se autocalifican representantes de la cultura española. Están, como no, en su derecho de expresarse con entera libertad como, por cierto, lo están los representantes de partidos políticos como Rosa Díaz, Dolors Nadal y María San Gil a las que una serie de sicarios, seguramente bien adiestrados por quienes prefieren lanzar la piedra y esconder la mano, les han impedido, a la fuerza, hacer sus mítines en diversas universidades, supuestos templos del saber, acogedores de las ideas y fomentadores de la libre expresión. No obstante, me pregunto ¿cómo unos determinados sectores de la sociedad se ven impulsados a lanzar proclamas poniendo en duda las ideas democráticas de sus adversarios políticos por el mero hecho de ser considerados como de derechas?.

Que yo sepa en estos momentos, en España, estamos regidos por una Constitución (de 1978) que fija los límites de los derechos constitucionales de las personas, les otorga el derecho a expresar sus ideas libremente y a asociarse formando partidos políticos, para poder presentarse a las elecciones al gobierno del país, siempre que se mantengan dentro de los límites democráticos y se respecten los principios constitucionales. Sin embargo, si nos atenemos a lo que se va diciendo en determinados ámbitos políticos, los únicos que están legitimados para asumir la representación de los ciudadanos son los partidos de izquierdas. Y vean ustedes por donde, en estos manifiestos, nadie pone en duda que el PNV o CIU o ERC, partidos que defienden la independencia de sus respectivas regiones, tengan el derecho a concurrir a los comicios aún cuando, entre sus propuestas las hay que atentan directamente contra la unidad de España constitucionalmente imposible de alterar.

Para los que nos preciamos de haber leído bastante sobre nuestra guerra civil, estas actitudes cerriles contra la derecha no son una novedad, antes bien nos recuerdan episodios previos a la república de febrero de 1936 donde se utilizaron idénticos métodos para intentar confundir a la opinión pública por medio de la calumnia, la insidia, la descalificación y la satanización de la CEDA ( el equivalente en aquella época del PP) por parte de un, bolchevizado, PSOE que venía de protagonizar, en octubre de 1934, la revolución de Asturias y Barcelona, precisamente destinada a socavar la República de 1931. No son muy originales, aunque sí muy tenaces, estas izquierdas que utilizan como principal arma su propaganda, sin preocuparse ni poco ni mucho, de que lo que en ella se vierte tenga o no que ver con la realidad, bastándoles que, con sus panfletos, se consiga engañar a aquellos que desean serlo y a sorprender la buena fe de aquellos otros que se confían en todo aquello que ven escrito en letra de molde.

De aquí el peligro derivado de una prensa, unas televisiones o unas emisiones de radio carentes de independencia. El gran engaño que supone que asociaciones de prensa, colectivos de artistas, sectores universitarios y partidos políticos jueguen con su influencia para llevar engañado a un electorado y conseguir con ello desacreditar, mediante trucos propagandísticos, a un adversario que puede ofrecer propuestas valiosas y gobiernos eficaces, pero que se encuentra en desventaja a la hora de poder dar publicidad y llegar a los domicilios de aquellos a los que intenta convencer. Es por ello que, en periodo electoral, se debiera poner coto por los organismos correspondientes, especialmente por la Junta Electoral central, a esta suerte de declaraciones cuajadas de insidias, calumnias y desautorizaciones, sin otro fundamento que el afán de destruir al adversario y, sin más base, que la tergiversación de los hechos y la difusión de falsas imputaciones.

Porque es difícil dilucidar, de entre este conglomerado de artistas, profesores de universidad, cantantes, cineastas, actores y estudiantes universitarios, quiénes están verdaderamente preparados para emitir una opinión razonada sobre otras ideas políticas y quiénes sólo se basan en sus propias tendencias para erigirse en jueces de aquellas. Es evidente que, el ser apto para dirigir el gobierno de una nación, requiere una especialización y unas facultades personales y específicas. No basta, para pronunciarse sobre la bondad o maldad de otra opción política que presenta un programa de gobierno, con ser un buen actor o cantar bien o ser un autor de éxito; en primer lugar, porque para ser un actor no se precisa ser muy culto, ya que basta con tener una buena memoria y facultades interpretativas, lo que no supone en sí estar muy culturizado y, mucho menos, capacitado para juzgar un programa social o económico de un partido determinado. Ni tan siquiera un profesor universitario – la historia ha estado cargada de ejemplos de universitarios que han sido capaces de llevar a la nación a graves dificultades –. Recordemos a Negrín y al mismo Alcala Zamora, presidente de la República, causante indirecto de los acontecimientos que dieron lugar a la Guerra Civil; puede ser la persona más adecuada para saber lo que, en realidad, le conviene a una nación en un momento determinado.

Lo primero de lo que se debe ocupar un gobierno de una nación, es de que se den las condiciones idóneas para que una campaña electoral se desarrolle dentro de un orden, otorgando a cada partido de los que concurren a los comicios las mismas oportunidades de exponer sus ideas; garantizando, con la presencia de las fuerzas de orden público, si fuere necesario, la seguridad y la libertad de los representantes de cada partido para poder actuar donde fueren con total confianza para expresarse con completa independencia; garantizando, a la vez, la libertad de los ciudadanos para asistir a los mítines sin verse coaccionados por aquellos que pretendan boicotearlos. Si los señores Zapatero, Blanco y Rubalcaba – ¿dónde estará recluida la señora De la Vega? ­– en lugar de preocuparse de que la oposición goce de las garantías constitucionales a las que tiene derecho, se dedican a “tensar” los ánimos, a “dramatizar” las situaciones vertiendo insidias contra el adversario político, en lugar de explicar sus proyectos de gobierno; deberemos llegar a la decepcionante conclusión de que nos vamos a enfrentar a una elecciones manipuladas desde el poder, en las cuales se coarta a la oposición para evitar que pueda ejercer libremente su derecho a dar a conocer su programa. Esto puede ser el principio de algo mucho más preocupante; la implantación de un régimen totalitario de pensamiento único. Recordemos aquello que dijo L. Latzarus: “Toda revolución comienza en los idealistas y acaba en los tiranos” No sea que nos ocurra lo mismo.

Miguel Massanet Bosch