Opinión
Televisión y Basura IV
Publicada en MeliYa el 22 de diciembre de 2003
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Elías Gómez F ., no del portal.
Elías Gómez F .
Televisión y Basura IV
Finalizamos con éste una serie de artículos dedicados a examinar nada científicamente el fenómeno de la televisión basura en España (también conocida, España, digo, como este país). El presente es el menos objetivo de todos.
Hicimos un breve repaso, en los artículos anteriores, a una historia endógena de la televisión en los últimos tiempos, sin atender si la evolución presentada podía, acaso, responder a criterios externos. Dicho a modo de pregunta: ¿Ha cambiado la sociedad, influyendo en la marcha que han seguido las emisiones televisivas?
Está claro que, avanzando el tiempo, nuestra sociedad tiene una conciencia cada vez más clara de su propia libertad. Y no me refiero solamente a la libertad legal, sino a la moral. Moral es una palabra que procede del latín mores, que como es conocido significa “costumbres”. Creo que con un ejemplo se comprenderá lo que digo: sacarse los mocos de la nariz en público no es ilegal; sin embargo, la mayoría de nosotros se abstendrá de hacerlo por miedo a sufrir el rechazo de nuestros semejantes. Esto guarda relación, a mi entender, con la evidente diferencia entre el número de personas que afirman seguir fielmente los documentales de La 2 de la sobremesa y las personas que realmente los ven y disfrutan. Pero esto ha cambiado últimamente. Cada vez más gente dice aburrirse con la lucha por la vida en las sabanas africanas, y cada vez más gente afirma sin pudor alguno –ni necesidad de él, dicho sea de paso- que no pasa una noche sin ver a Sardá y su cuadrilla. Esto es deseable, a mi entender, ya que presenciar un programa de entretenimiento no es moralmente reprobable, por lo que nadie debería avergonzarse de ello. O quizás sí...
Otro cambio evidente en la sociedad española ha sido el deterioro de la educación. La tan discutida LOGSE no puede, desde luego, cargar con toda la culpa de que nuestros estudiantes universitarios actuales no sepan –con honrosas excepciones, claro- escribir una sola línea de texto sin faltas de ortografía. Hay algo más. Puede que parte de la causa esté en que el país no ha sabido prever las consecuencias de una incorporación masiva de la mujer al mercado laboral que ha dejado a muchos niños sin más tutor que la tele. Puede que la importancia demográfica que están adquiriendo los inmigrantes en España haya provocado que el nivel educativo baje para adaptarse a ellos. Qué sé yo. En cualquier caso, esto da para otro artículo (o para otra serie de ellos). ¿Influye el hecho de que la educación –entendida como cultura- general se haya mermado considerablemente para que los programas de los que se habla sean éxitos rotundos? Interesante cuestión, para la que no tengo respuesta.
El caso es que los espectadores consumen los programas basura con una glotonería que parece no conocer límites. Allá donde aparezca un chulo, un expresidiario, una meretriz bien pagada o un simple vividor, habrá un número de televidentes de siete cifras para oír lo que tengan que berrear. Las modas pasan, y los programas del tipo de Quién sabe dónde, por ejemplo, que no tenían rival en una época, ya no atraen tanto; tampoco los concursos televisivos, o las series de ficción norteamericanas, que han sido desplazadas en el gusto del público por las de producción nacional. No se sabe cuándo pasará la moda de los programas del corazón, e igualmente no me preocupa, porque todo pasa y todo queda, que dijo el poeta; lo que realmente me preocupa es lo que vendrá después. Pero no es éste el lugar para hacer predicciones.
¿Es posible conquistar a una gran audiencia con un programa de televisión medianamente cultural? Ha habido y hay programas que se han mantenido en antena con un número nada despreciable de seguidores fieles, que huyen de lo vulgar y se centran, o eso parece, en contenidos más “culturales”. Desde el concurso de cultura general ¿Quiere ser millonario? 50 x 15 hasta Redes, pasando por el veterano –y creo que ya desaparecido- Metrópolis y el decano Informe Semanal, no han sido pocos los que han sabido capear el temporal. Desde luego, sus audiencias, y su rentabilidad, que es lo que importa a los productores de una cadena de televisión, no han llegado nunca a rozar las de los programas que hemos analizado aquí. Pero no cabe duda de que una televisión que no sólo pretenda entretener a toda costa, sino ofrecer algún contenido de calidad cultural, tiene espacio en nuestra sociedad. El genio de la televisión Narciso Ibáñez Serrador ha anunciado una nueva etapa de su mítico concurso Un, dos, tres, en la que para participar será necesario leer un libro propuesto por la dirección del programa: cada emisión basará personajes, decorados y preguntas en el libro en cuestión. Es una idea encomiable de la que aún no sé el resultado. Ni que decir tiene que le deseo la mejor de las suertes. En televisión no atravesamos actualmente, sin duda, el mejor momento para los concursos con miga ni para la cultura.
La gente es libre de ver lo que quiera, y eso es bueno, sin necesidad de hacer más matizaciones. Pero me arriesgo –quizás- a pecar de retrógrado y reaccionario, deseando que fuese más gente la que viese Redes o Negro sobre blanco que la que consume Crónicas Marcianas. No por considerarlo de mal gusto ni nada de eso. Pero la televisión tiene el aura de sinceridad engañosa que confieren las imágenes, y casi todo el mundo piensa que una imagen vale más que mil palabras, por lo que a veces tomamos, conscientemente o no, modelos de conducta basados en lo que vemos. Quiero decir que hoy en día mucha gente quiere ser como Coto Matamoros, o como David Bustamante, y nadie quiere ser como José Saramago o Montserrat Caballé. No voy a decir que esto me preocupa. Pero sí diré claramente que no me gusta.
Hemos hablado en el artículo anterior de Ray Bradbury. Hablemos otra vez. En su novela Fahrenheit 451, el autor expone un futuro pesimista donde los bomberos, en lugar de sofocar incendios, tienen la ocupación de buscar los libros que la gente guarda clandestinamente en sus casas y quemarlos, ya que la lectura está prohibida. Se equivocó. No hizo falta prohibir los libros. La libertad para leer lo que uno quiera ha jugado irónicamente en contra de sí misma. No es necesario quemar los libros; ya nadie los lee.
De cualquier modo, es preferible sin duda una sociedad donde leer esté permitido pero nadie lo haga, que una como la de Fahrenheit 451 donde está prohibido leer, aunque algunos se salten esta norma. Veamos la televisión, leamos, escuchemos música. Cualquier cosa que se haga en nombre de la libertad propia y en respeto de la ajena nos hará dichosos. Pero ¿es la televisión un reflejo de la sociedad, o es la sociedad un reflejo de la televisión? No tengo la respuesta. Pero me gustaría pensar que es lo segundo. Aunque tampoco sea muy tranquilizador.
Elías Gómez F. correo-e: munzter@terra.es