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Iker Javier Lara es el triunfador moral de la Feria, El Cordobés corta tres orejas y Rivera Ordóñez se despide a la francesa

Mal ganado para una tarde de toros resuelta con éxito de público, entretenimiento y aluvión de anécdotas

Publicada en MeliYa el 6 de septiembre de 2006

Salvador Ramírez/ Fotos Fausto Más

Vaya tarde de toros. De toros y de todo, como en botica. Balance artístico: Iker Javier Lara, triunfador moral, el mejor torero de la Feria 2006. Francisco Rivera Ordóñez, esperpéntico, descarado y desconsiderado con sus compañeros de terna, abandonando la plaza antes de la finalización del festejo; tenía que coger un avión privado y dormir en Ronda, muy bonito.

Manuel Díaz El Cordobés, más listo que los ratones colorados, dos faenas de aliño y poses al tendido y tres orejas en su esportón, al menos supo distraer a los casi 6.000 melillenses que se han dado cita en La Mezquita del Toreo. El ganado, de Sancho Dávila, mejor no ahondar en la herida, malo de solemnidad.

De nazareno y oro se ha presentado -cuarta vez en su carrera profesional, Rivera Ordóñez en la laza melillense. A su primer rival “Concertisto” de Sancho Dávila lo recibe con verónicas, el toro se cae en el caballo, justísimo de fuerzas, y el propio Fran le instrumenta tres pares de rehiletes, uno de ellos al violín, o algo parecido.

La faena es aseada aunque de puro aliño y palmas fáciles. El diestro la remata con una fea y bajísima estocada y el toro, tras recorrer las tablas del rendondel, muere por aburrimiento. Una oreja.

Su segundo “Locatario”, colorado, ojo de perdiz y bociblanco tiene poca lidia, tan poca que Rivera ni lo recibe, le encomienda la primera briega a su subalterno de confianza. La faena fue un quiero y no puedo y además tengo que coger el avión. Nada, ni un pase ortodoxo. El toro llega a perder la verticalidad y el matador, en vez de intentar levantarlo, lo deja sobre la arena para que su personal intente apuntillarlo.

Se pone de pie el astado y el nieto de Ordóñez receta un pinchazo, una estocada trasera y cuatro descabellos, uno de ellos haciendo tornillo. Broncazo que sube de volumen cuando Fran Rivera y su cuadrilla enarbolan los capotes de paseo y dan por concluida su colaboración en el festejo. Para olvidar.

Manuel Díaz El Cordobés, también de nazareno y oro, ha venido a Melilla para reencontrarse con gente que le quiere. Las faenas las tenía perfectamente guionizadas, había que jugar con sus enemigos, dos toros muy sueltos, uno de ellos vareado pero con repetición y cierta nobleza.

Como estaban -lo mismo que el resto del encierro, escasos de fuelle, Manuel hizo lo que quiso y lo que le dejaron. Al primero, de nombre “Piedrecito” le marcó una estocada muy tendida y más trasera, convertida e dos apéndices. Al segundo un espadazo casi entero y un golpe de verduguillo, bastante como para alinear la tercera oreja de su participación. Ha sido el triunfador 'estadístico' de la corrida melillense.

Ha sido el estadístico porque si hablamos de arte, elegancia, pundonor y clase, la del 6 de septiembre ha sido la tarde del alavés Iker Javier Lara, únicamente empañada por la falta de acierto con los aceros. Pero un detalle, cuando sus dos oportunidades se esfumaban, porfió con el presidente y pidió un sobrero, el que sería el tercer toro y toreó tres veces.

A su primero le hizo primores con las dos manos, un primero que legó con polémica ya que el que tenía que salir “Abogado”, no salió, aunque lo hiciera después, y tuvo que arrear con un sobrero de Juan Albarrán. Cambio de hierros.

Su segundo, sexto del festejo, estaba muerto ya en el toril, antes de que sonara el clarín. Tenía peligro, derrotaba con violencia y lo mató como pudo, es decir, muy mal. Y entonces llegó el gesto: pidió el sobrero y, no sin antes mucha deliberación y apagado de luces, se lo concedieron y lo toreó de maravilla, una faena sobre ambas manos de regusto y torería.

Llegó la hora de matar y más de lo mismo pero, acaso, Iker Javier Lara se ha llevado la ovación más sincera, entendida y cariñosa de los melillenses. Tanto es así que obligaron al torero a dar una vuelta al ruedo, la vuelta del reconocimiento a su vergüenza torera, la misma que Rivera no tuvo.