Reportaje

Los últimos churreros de lujo y tronío

Rafael y Mari Carmen, los Reyes de las Mañanas

Publicada en MeliYa el 18 de julio de 2006

Salvador Ramírez

Son los últimos especímenes del glorioso gremio de churreros. Rafael y Mari Carmen. No quiere decir que en Melilla no se vendan otros churros pero sí que no hay más churreros de profesión, es decir, aquellos hosteleros que se dedican sólo a vender churros. ¡Y qué churros!.

Felizmente jubilado Manolo Aragón -quiosco del Perelló, calle Polavieja- demolido el puesto de churros del Mercado del Real, minusvalorados los churros del Mantelete con tanto cambio, sólo queda un churro de profesión y vocación: Rafael quien, junto a su mujer y compañera, Mari Carmen, desde el Paseo de Colón, Batería Jota, deleitan a Melilla con precios bajos y camaradería de postín.

Rafa, modesto pero riguroso, dice que el churro tiene poca historia: agua, harina, sal y azúcar. Hala qué fácil. Es, salvo los ingredientes, falso, completamente falso, porque el gran churrero se olvida -o calla- que a la masa hay que echarle cariño y profesión, como sólo la pareja del Mercado de Colón sabe hacer.

Todo Melilla pasa por el recoleto local de Rafael y Mari Carmen: empresarios, currantes, vecinos, amigos, forasteros, aborígenes y hasta instituciones.

Sí porque rara es la semana en la que la Gota de Leche,cuarteles de la ciudad, el Gámez Morón, colegios o grupos de matrimonios que quieren desayunar como Dios manda, llaman a Rafael y le encarecen -que no es pedir sino mucho más- 500 o 600 churros.

No hablaremos de precios, sólo afirmaremos que, quienes no conozcan la hoja de tarifas de la churrería quedarán admirados tanto por el importe de la factura como por la relación calidad precio, eso tan moderno que todo el mundo pone en su boca.

Y, además, el tratamiento. En la churrería de Rafael y Mari Carmen no existe relación empresario cliente, sino más bien amigo-amigo y se habla a las claras y en voz alta, como suelen las personas de bien. No está prohibida -sino todo lo contrario- la broma o el chascarrillo.

En suma: se viaja a Batería Jota a comer los mejores churros de Melilla pero también a pasar un rato entrañable, entre amigos.