Opinión
¡Odiosa publicidad!
Publicada en InfoMelilla el 20 de agosto de 2008
Esto es un artículo de opinión. Lo que dice es de Remitidos, no del portal.
Remitidos
Miren por donde hoy voy a tener que darle la razón a nuestro Gobierno, bueno, tampoco del todo, porque en este caso, en parte al menos, predica sobre algo que él mismo incumple. En efecto el problema de la saturación de publicidad en todos los medios de comunicación es algo que se está convirtiendo en una verdadera pesadilla para la ciudadanía. El caso de que sea un hecho generalizado y que sea común en todos los países llamados civilizados, no exime de que la proliferación indiscriminada y machacona del fenómeno no haya llegado a ser una de las causas que influyen en este estrés que, cada vez más y con mayor intensidad, se está convirtiendo en una enfermedad común a la mayoría de la población, en especial de los habitantes que pueblan las grandes concentraciones urbanas.
Si ya es insoportable la publicidad que uno se ve obligado a tragarse cuando va por las calles, pone la TV, escucha la radio o asiste a una función de cine; para acabar de remachar el clavo, de un tiempo a esta parte, los publicitas han descubierto una nueva manera de incordiar, de invadir la inviolabilidad del domicilio y de atentar contra nuestra intimidad, mediante el método de las llamadas telefónicas. Cuando usted, después de almorzar, está reposando tranquilamente recostado en su sofá o siestea tendido en su confortable lecho o está ocupado en deshacerse del sobrante de su digestión, cómodamente aposentado en la taza del servicio; entonces, sin aviso previo, con estridencia e insistencia machacona, empieza a sonar el desagradable tintineo del teléfono. Cuando, superado el primer sobresalto, consigue usted regresar a la realidad y descuelga el aparato rezongando por lo bajo, se sorprende al escuchar la voz, entre alegre y eficiente, de una señorita o un caballero que le saludan con efusión como si fueran viejos conocidos para, sin darle tiempo a replicar, comenzar a endosarle su perorata sobre las excelencias de contratar tal tipo de proveedor de telefonía o tal colección de CD’s que, por supuesto, le van a llevar a usted a conseguir, al precio más económico, obtener el mayor rédito de placer por la inversión. Es inútil que se resista, que intente decirles que no está interesado en nada y que los odia por haber interrumpido su descanso, porque ellos, impertérritos, le seguirán atormentando los oídos sin la menor misericordia ni compasión por haberle hecho puré su bien ganado reposo.
Por eso, la medida del Gobierno de poner coto a estos desmanes publicitarios, me parece un acierto. Pero ya que el señor Soria parece que se preocupa de nosotros, los ciudadanos de a pie, me gustaría sugerirle que, puestos en faena, no se quedase en lo de la publicidad telefónica y contribuyera a disminuir la morbilidad de la ciudadanía, reduciendo el estrés y también interviniera en un medio en el cual el Gobierno tiene vara alta. Me refiero a la TV pública. Es cierto que en el ámbito de las cadenas privadas también se podría conseguir mejorar mucho en este sentido pero, en un medio público, en la principal caja de resonancia de la vida política de la nación, en lo que debería ser la información pura, sin aditamentos ni influencias partidistas y en lo que convendría que diera ejemplo de sobriedad, de seriedad y de orientación cultural para la sociedad y la fuente informativa a la que se le podría exigir, con mayor razón, parquedad en sus gastos y moderación en sus contenidos; nos encontramos que, por mor de su administración defectuosa, sus programas millonarios, los desorbitados cachés que perciben determinados paniaguados, faranduleros amigos del partido del Gobierno y despilfarros en propaganda política; siempre andan entrampados hasta la coronilla.
Entonces es cuando, saltándose todas las normas comunitarias respecto a límites publicitarios (es curioso que esto pueda ocurrir en una cadena pública, sin que nadie se ocupe de ello) con el objeto de intentar paliar la situación de quiebra del medio, se ha dado manga ancha para contratar publicidad, tanta que, a los espectadores, hay momentos que nos llega a salir por las orejas. Resulta incomprensible que, para ver una película de hora y media de duración, se pueda llegar a tardar las dos horas y media. Es frecuente que cuando uno suspira aliviado porque parece que la tortura se ha acabado, vuelva a reanudarse el martirio con un bloque nuevo en el que, en ocasiones, se repiten los mismos spots que en el anterior.
No me quiero dejar en el tintero otra de las “perlas” que nos tienen reservados estos publicitarios de la TV. Está usted con su familia sentado a la mesa, almorzando tranquilamente y, mientras se lleva la cuchara a la boca, le ponen uno de esos spots en el que, con todo tipo de especificaciones y señales, le indican una formidable pomada para los hemorroides o una magnífica protección para la regla o un maravilloso producto para evitar el estreñimiento; todo ello acompañado de las correspondientes imágenes para acabar de redondear el panorama. Yo no sé si hay alguien encargado de velar por estos detalles o, como me imagino, lo que prima es la franja horaria por la que se paga más, pero, en todo caso, yo les aseguro que si yo tuviera que comprar alguno de estos productos tan “sugerentes” procuraría que no fuera ninguno de los que anuncian en la TV.
Claro que se me puede decir, con razón, que apague el receptor y se me acabó el problema. Es evidente, como lo es que si no cojo el coche no gasto gasolina o que, si no voy al trabajo no me cansaré o que, si procuro no irritarme me irá mejor para el corazón; pero da la casualidad que no soy don perfecto y que, en definitiva, no soy más que un pobre ciudadano de a pie, con todos su vicios y flaquezas, que soy incapaz de retenerme si ponen una película del oeste y además sale John Wayne con muchos indios galopando ¡cualquiera se resiste!
Miguel Massanet Bosch