Reportaje

El vendaval Murillo se estrella contra un muro azul y amarillo

Casi cien años después, la familia de La Salle "indivisa manent"

Publicada en MeliYa el 17 de mayo de 2006

Salvador Ramírez

Corría el año 1.651 y nacía en Reims Juan Bautista de la Salle, en el seno de una muy acomodada familia francesa. Rico y bien parecido, Juan Bautista resultaba arrebatador, era pendenciero, siempre ganada, pero su vida cambia desde muy temprana juventud porque Dios se le cruza en su opulento camino y le embriaga de una vocación a prueba de bombas.

A los 19 años, cuando está en París haciéndose sacerdote, la muerte de sus progenitores le obliga a cuidar de sus hermanos. No sólo los cuida con esmero sino que accede al clero en 1.678, acaso por esta razón su fe cristiana desembarca en el campo del magisterio y de la atención a los pequeños.

Tras no pocas vicisitudes, incomprensiones y no pocas traiciones, Juan Bautista dirige su propia congregación, abre colegios en toda Francia y fuera del país. Muere La Salle el 7 de abril de 1.719, Viernes Santo. El Papa Pío XII lo declara en 1.950 Patrono Universal de todos los Educadores Cristianos, ya era santo. De todo lo anterior, de lo bueno o lo malo, no tiene la culpa el director provincial del Ministerio de Educación y Ciencia (MEC), Juan José Murillo.

A una ciudad abatida por las continuas escaramuzas y guerras propias de las Campañas de África, llegan los descendientes de Juan Bautista. Corría el 1.912. No hacía mucho que había muerto, acribillado a pacazos, el general Margallo.

Los hermanos melillenses de La Salle no sólo se hacen cargo de tantos niños maltratados por el destino y la dificultad de las primeras décadas del siglo pasado, sino que ocupan un hueco sombrío en la sociedad melillense: la educación, los colegios, que casi no existían.

Llega la terrible matanza de Annual y el colegio, ya instalado en la calle de la Infantería, hoy plaza de San Juan Bautista de la Salle, se convierte en hospital de sangre para Cruz Roja y los hermanos se tornan en médicos, enfermeros y hasta camilleros. Fueron los primeros en llegar a Zelouán y Monte Arruit -con la Guardia Civil- para recoger los casi 2.000 cuerpos de españoles vilmente traicionados y asesinados en el infausto zoco de la aldea monteña.

Ha pasado el tiempo. Desde su albor, esta familia de docentes y discentes tiene la magnífica costumbre de acordarse del buen hombre de Reims, el apuesto Juan Bautista. Y lo hace cada mes de mayo escenificando una fiesta de deporte, camaradería, convivencia y sana competitividad. Es el festival de los 'azules y amarillos'.

Como los hermanos de la Salle, los azules y los amarillos han asistido al lento paso de dos repúblicas, dos monarquías -una de ellas sanamente en vigencia-, una dictadura, una democracia, han vivido la sublevación de 1.936 y hasta el 'tejerazo' del Congreso de los Diputados. Y jamás dejó de celebrarse el festival...hasta que llegó -ahora sí- Juan José Murillo.

Este curioso especimen de político revenido, con menos de un año de estancia en Melilla, es un iconoclasta por antonomasia o bien un rebelde sin causa -qué diría el pobre James Dean- que trata de imponer una muy propia y prepotente forma de entender la educación con evidentes síntomas de carecer de la misma.

Todo vale para el jerifalte Murillo. Ha podido con las clases de Educación Vial en horario lectivo, con las visitas al Museo de Arqueología e Historia, con cualquier iniciativa apuntada desde la Administración Local, hasta con la Asociación de Lucha Contra el Cáncer y lo ha intentado con el Festival de Azules y Amarillos del Colegio La Salle el Carmen.

Pero no ha podido. En vísperas del aniversario del santo francés, los móviles echaban fuego, el foro digital pestañeaba más que nunca. “Quieren cargarse el Festival”. O sea, quieren cargarse una tradición de 94 años que traspasa los muros del centro escolar hasta llegar a las más íntimas entrañas de la sociedad melillense.

Ha fracasado el petulante y soberbio director provincial del MEC. El Festival ha sido un éxito y Murillo se ha dado con un adoquín en los morros, el inquebrantable adoquín de las tradiciones históricas de una ciudad no menos histórica. Murillo -Juan José-, el intolerante e intolerable, se va a tener que desayunar con muchas fotos periodísticas relatadoras del acontecimiento colegial.

¿Se indigestará?. Acaso no, pero él, el director provincial de ¿Educación?, sí que está causando más de un ardor de estómago a sus jefes y a la propia comunidad educativa de Melilla. Lo que no puede ser, no puede ser y, además es imposible, decía el sabio. También Guerrita, cuando lo abroncaban en las plazas de toros, decía aquello de “hay gente pa tó”.

Lo que no puede ser es que la máxima responsabilidad educativa recaiga en manos de tan controvertido y dinamitero personaje. Y gente, pues claro que hay gente 'pa tó' en Melilla, sobre todo para recordarle -o informarle- al Murillo de turno cuáles son las señas de identidad de un pueblo y de sus habitantes, los melillenses.